En este reino había continuado mandando algún tiempo Don Luis Alejandro de Bassecourt, no muy atinado ni en lo político ni en lo militar, y que con deseos de granjearse el aura popular y de imitar a Cataluña, había convocado para 1.º de enero de 1811 un congreso compuesto de la junta y de diputados de la ciudad y la provincia. Las discusiones de esta corporación extemporánea fueron públicas, y en un principio se limitaron a proporcionar auxilios, y a las cuestiones puramente económicas; mas, tomando los nuevos diputados gusto a su magistratura, quisiéronle dar ensanches y empezaron a examinar la conducta del general. Escociole a este la idea, llevando muy a mal que hechuras que consideraba como suyas se tomasen tal licencia, Se disuelve. por lo que el 27 de febrero puso término a los debates y prendió a Don Nicolás Gareli y a otros de los más fogosos. Las cortes, a cuyo superior conocimiento subió la decisión de todo el negocio, mandaron soltar a los presos, cerrando al propio tiempo la puerta a los ambiciosos e inquietos de las provincias con el reglamento que por entonces dieron a las juntas, Don Carlos
O’Donnell
sucede
a Bassecourt. del que luego haremos mención, y al cual se sometieron todas. La regencia nombró interinamente a Don Carlos O’Donnell por sucesor de Bassecourt, cuyos procedimientos se miraron como nada cuerdos.
Operaciones
militares
del segundo
ejército
o sea de Valencia.
Tampoco en lo militar se había el Don Luis mostrado muy atentado. Vimos en el año último sus desaciertos en esta parte. Ahora había, sí, fortificado a Murviedro; pero no coadyuvado cual pudiera al alivio de Cataluña. Hasta el 22 de abril, que entregó el mando a O’Donnell, tornando a Cuenca, apenas hizo en estos meses movimiento alguno de importancia, no siéndolo uno que intentó sobre Ulldecona el 12 del mismo abril.
O’Donnell, ayudado de la marina inglesa, ordenó al principiar mayo una maniobra hacia el embocadero del Ebro. El comodoro Adams, a bordo del Invencible, con dos fragatas y dos jabeques españoles, cañoneó la torre de Codoñol, a 800 toesas de la Rápita, y el 9 obligó al enemigo a que la evacuase. Al mismo tiempo, el conde de Romré, con unos 2000 españoles, avanzó por tierra, y Pinot, comandante francés de la Rápita, acometido de ingleses y amenazado por españoles se replegó sobre Amposta, punto que inmediatamente rodearon los nuestros. Mas acudiendo sin tardanza los franceses de Tortosa y de los alrededores con fuerza superior, libraron a los suyos, no ocupando sin embargo la Rápita hasta después de la toma de Tarragona, y limitándose por esta vez a recobrar la torre de Codoñol.
Sucede
el marqués
del Palacio
a O’Donnell.
En lo demás, no tentó O’Donnell operación alguna notable sino la de enviar a Cataluña la división de Miranda, de que ya se habló, y hacer amagos vía de Aragón, los cuales no dieron motivo a empresa alguna señalada. El mando interino de Don Carlos O’Donnell cesó al fenecer junio, empuñando el bastón en su lugar el marqués del Palacio. Fueron de allí en adelante preparándose en Valencia acontecimientos de funesto remate, que reservamos para otro libro.
Castilla la Nueva.
Réstanos en este contar lo que pasó en Castilla la Nueva en la mitad del año de 1811, tiempo que ahora nos ocupa: seremos breves. Tenían los franceses encomendada la defensa de aquel territorio al ejército que llamaban del centro, puesto a las inmediatas órdenes de José, y casi el único de que podía disponer el intruso con libertad bastante amplia. En ayuda de este ejército acudían a veces tropas de otras partes. Y como no fuesen de ordinario suficientes las suyas propias para cubrir los distritos de su incumbencia, que eran Ávila, Segovia, Madrid, Toledo, Guadalajara, Cuenca y Mancha, apostábase en el último una división del 4.º cuerpo, o sea de Sebastiani, bajo el mando del general Lorge, con especial encargo de conservar libre el tránsito entre las Andalucías y la capital del reino. Cada distrito tenía un jefe militar, y sumaban las fuerzas de todos ellos de 25 a 30.000 hombres.
Juntas
y guerrilleros.
Las contrarrestaban los guerrilleros, rara vez tropas regladas, manteniéndose siempre en pie las juntas de Guadalajara y Cuenca: inducidora algún tanto la primera de desavenencias y discordias. Otra se formó en la Mancha, tampoco muy pacífica, la cual se albergaba en los montes de Alcaraz y, por lo común, en Elche de la Sierra, conservando como abrigo y apoyo de operaciones el castillo de las Peñas de San Pedro, fábrica de romanos, sito en un peñol empinado. Mandaba el cantón Don Luis de Ulloa. Imprimía esta junta una gaceta de composición no muy culta, pero en idioma propio a divertir y embelesar a la muchedumbre.