Vencida por este término la mayor de las dificultades, prosiguió aquel general vía del monasterio. Le habían precedido como para el ataque anterior muchos tiradores que hicieron esfuerzos por adelantarse y molestar desde los picachos y ermitas a los que defendían el edificio. Consiguieron los enemigos su objeto y aun se metieron dentro por una puerta trasera. Mas aquí, como el combate era singular, o sea de hombre a hombre, escarmentáronlos los somatenes; y cierta era la derrota de los contrarios, si Abbé no hubiese llegado al mismo tiempo y terminado en favor suyo la pelea. Evacuaron los españoles el convento, y los más, junto con su jefe Eroles, pudieron salvarse conocedores y prácticos de la tierra. Tres monjes ancianos y alguno que otro ermitaño fueron víctimas de la braveza del soldado francés. A dicha llegó a tiempo Suchet para poder salvar a dos de ellos que todavía quedaban vivos. Colígese de lo sucedido en Monserrat cuán dificultoso sea sostener tales puestos, por inexpugnables que parezcan, pues o menester es emplear fuerzas considerables que los defiendan, y entonces desaparece la utilidad de su conservación, o no es posible tapar las avenidas de modo que no columbre el acometedor resquicio por donde introducirse e inutilizar las precauciones más bien concertadas.

A pocos días de haber tomado a Monserrat, dejó allí de guarnición el Mariscal Suchet al general Palombini, asistido de su brigada y alguna artillería, poniendo en Igualada al general Frère, cuyas comunicaciones con Lérida por Cervera estaban asimismo aseguradas. Palombini no gozó de gran sosiego, molestado siempre, y el 5 y 9 de agosto Don Ramón Mas, al frente de los somatenes, atacole y le causó una pérdida de más de 200 hombres.

En el perseverar de los catalanes conoció Suchet no podía desamparar aquel principado hasta que los suyos recobrasen a Figueras, y pudieran las tropas que bloqueaban esta fortaleza enfrenar los desmanes del somatén y las empresas de Don Luis Lacy. Aproximábase por desgracia tan fatal momento.

Macdonald
estrecha
a Figueras.

Tenía el enemigo estrechamente cercado aquel castillo con línea doble de circunvalación. El mariscal Macdonald había en vano intimado varias veces la rendición al gobernador Don Juan Antonio Martínez, a quien no abatían los infortunios. Púsose el soldado a media ración, mermada esta aún más, y consumidos sucesivamente los víveres, los caballos, los animales inmundos: en fin, hambreada del todo la gente, y sin esperanza de socorro, trató Martínez el 10 de agosto de salvarla arrostrando peligros y abriéndose paso con la espada. Mas, muy en vela el enemigo, Se rinde
el castillo. y casi exánimes los nuestros, frustrose la tentativa, teniendo Martínez que rendirse el 19 del mismo agosto. Cayeron con él prisioneros 2000 hombres, sin que entren en cuenta los heridos y enfermos: entre los primeros hallaron a Floreta, Marqués y otros confidentes en la sorpresa, que fueron ahorcados en un patíbulo que el francés colocó en un revellín del castillo. Los Pous, con mejor estrella, se salvaron, habiendo salido cuando Eroles, y en premio de su servicio se les nombró capitanes de caballería.

No por eso
cesa la guerra
en Cataluña.

Ni por eso cesó la guerra en Cataluña, antes bien renacía como de sus propias cenizas. Lacy, activo y bravo, formaba batallones, sostenía a los débiles, enardecía a los más valerosos, y metiéndose por aquellos días en la Cerdaña francesa, repelió a 1200 hombres, exigió contribuciones y sembró el espanto en el territorio enemigo. Por todas partes rebullían los somatenes: Clarós apareció cerca de Gerona, en Besós Miláns, otros en diversos lugares, y no les era lícito a los invasores caminar sino como primero con fuertes escoltas. La junta del principado y Lacy decían en sus proclamas. «¿No hemos jurado ser libres o envolvernos en las ruinas de nuestra patria? Pues a cumplirlo.» Podíase exterminar tal gente, no conquistarla.

Suchet
pasa a Aragón,
inquieto siempre
este reino.

Sin embargo el mariscal Suchet, codicioso de tomar a Valencia, dejando por algún tiempo parte de su ejército en Cataluña, pasó a Zaragoza para hacer los preparativos convenientes a la empresa que meditaba y se le había ya encomendado en Francia. También urgía diese orden en las cosas de Aragón, en donde con su ausencia comenzaba la tierra a andar revuelta. En la ribera izquierda del Ebro los valencianos y el general Gasca, de que hemos hecho mención, con otros varios habían meneado aquellas comarcas y metido gran bulla. En la derecha, los generales Villacampa, Obispo, enviado de Valencia, y Durán, acudiendo de Soria, incomodaban a los destacamentos y guarniciones enemigas, de las que la de Teruel se vio muy apurada. Suchet procuró despejar el país y tranquilizarle algún tanto, estorbándole con todo para conseguirlo los partidarios de las otras provincias, y en especial los temores que le inspiraba la vecindad de Valencia.

Valencia.
Convoca
Bassecourt
un congreso.