Igualmente, no sirviéndole sino de inútil y pesada carga un gran número de oficiales y caballos, despidió a muchos de aquellos y a 500 de estos, con otros soldados desmontados, permitiéndoles ir a plantar bandera de ventura, o a unirse a otros ejércitos en que pudieran ser empleados con utilidad y mantenerse más fácilmente. De contar es, por cierto, el rumbo que tomaron. Partieron todos el 25 de julio a las órdenes del brigadier Don Gervasio Gasca, faldearon los Pirineos, vadearon ríos, y aunque perseguidos por las guarniciones francesas llegaron felizmente a Luesia el 5 de agosto. Allí les causó Chlopicki alguna dispersión, pero juntándose de nuevo en Éibar, en Navarra, dioles Mina guías, y cruzaron el Ebro el 12 de agosto. Gasca, prosiguiendo su marcha, se incorporó al ejército de Valencia, sin que le fuese posible al enemigo el estorbarlo. Los más de los soldados y oficiales acompañaron a aquel jefe hasta su destino, excepto unos cuantos que perecieron en el viaje y las peleas, y otros que tomaron sabor a la vida de los partidarios; de hambre y fatiga murieron bastantes caballos. Rodeo fue este y marcha de 186 leguas; prodigiosa, imposible de realizarse en otra clase de guerra.

Suchet
trata de atacar
la montaña
de Monserrat.

Cebado Suchet con los favores que le dispensaba la suerte, quiso proseguir la carrera de sus triunfos. En la distribución que Napoleón había hecho de las operaciones de Cataluña, al paso que encargó a dicho Suchet el sitio de Tarragona, dejó a la incumbencia de Macdonald, conforme en su lugar apuntamos, la reconquista de Figueras y la toma de Monserrat y plazas al norte. Pero absorbida la atención de este mariscal en recuperar aquella primera e importante fortaleza, circunvalábala asistido de la flor de sus tropas, y no le quedaba fuerza suficiente con que atender a otros objetos. Suchet, ahora más libre, se encargó de la toma de Monserrat. Para ello, después de perseguir a Campoverde hasta Vic, no habiendo podido impedir el embarco de los valencianos, dejó allí en observación de las reliquias del ejército español bastantes fuerzas, y regresó a Reus el 20 de julio decidido a verificar su intento. Es elevado
a mariscal
de Francia. En este pueblo se halló con pliegos en que se le noticiaba haberle elevado el emperador a la dignidad de mariscal de Francia, y en que también se le daba la orden de demoler las fortificaciones de Tarragona, excepto un reducto, y la de tomar a Monserrat, debiendo en seguida marchar sobre Valencia. Cumplíanse así con sobras los deseos de Suchet: se veía altamente honrado, y encargábasele concluir la empresa que él mismo meditaba.

Mercedes tales servían de espuela al celo ya fervoroso del nuevo mariscal. Derribó en breve, según se le prevenía, las obras exteriores de Tarragona, mas no el recinto de la ciudad ni el fuerte Real, disposición que aprobaron en París. Dejó dentro al general Bertoletti, con 2000 hombres, y tuvo el 24 de julio reunidas ya en las cercanías de Monserrat sus principales fuerzas, Eroles
en Monserrat. así como una columna procedente de Barcelona. Eroles mandaba allí y tenía a sus órdenes 2500 a 3000 hombres, los más de ellos somatenes.

Descripción
de este punto.

Es Monserrat encumbrada montaña que, por su naturaleza singular y religiosas fundaciones, se presenta como una de las curiosidades más notables de España. A siete leguas de Barcelona, domina los caminos y principales eminencias del riñón de Cataluña. Tiene 8 leguas de circunferencia por la base, compuesta de rocas altísimas y escarpadas, de ramblas y torrenteras que no dejan sino pocas y angostas entradas. A la mitad de la subida y algo más arriba está asentado en un plano estrecho un monasterio de benedictinos, vasto y sólido, bajo la advocación de la Virgen. A partir de allí, pelada del todo la montaña, forma en varios parajes hasta la cima picachos y peñoles, a manera de las torrecillas de un edificio gótico, que algunos han comparado a un juego de bolos. Para llegar desde el monasterio a lo alto se camina obra de dos horas, y en aquel trecho se hallan trece ermitas con sus oratorios, pegadas unas contra los lados de la peña viva, puestas otras en las mismas puntas. Llegando a la última, que nombran de San Jerónimo, se descubren las campiñas, los pueblos y los ríos, las islas y la mar: vista que se espacia deleitosamente por el claro y azulado cielo del Mediterráneo. En moradas tan nuevas, en otro tiempo tranquilas, residían de ordinario solitarios desengañados del mundo y únicamente entregados a la oración y vida contemplativa. De muy antiguo siendo este uno de los lugares más afamados por la devoción de los fieles, constantemente ardían en la iglesia del monasterio 80 lámparas de muchos mecheros cada una, y en lo que llamaban tesoro de la Virgen veíanse acumuladas ofrendas de siglos, a punto de ser innumerables las alhajas de oro y plata y las piedras preciosas. Un solo vestido de la imagen, dádiva de una duquesa de Cardona, tenía sobre exquisito recamado más de 1200 diamantes, montados en forma de 12 estrellas. Bien vino, para que no fuesen presa del invasor, que los prevenidos monjes hubiesen transferido con oportunidad a Mallorca lo más escogido de aquellas joyas.

Tan venerable albergue habíanle convertido los españoles en militar estancia durante la actual guerra, fortificando las avenidas. Está al cierzo la más importante de ellas, que desciende culebreando por medio de tajos y precipicios y va a dar a Casamasana. Dos baterías con cortaduras en la roca cubrían este lado, habiéndose además establecido un atrincheramiento a la entrada del monasterio, cuyas paredes se hallaban igualmente preparadas para la defensa. Por el mediodía corre un sendero que lleva a Collbató, y en él se había plantado otra batería. Cuidose no menos de los otros puntos, si bien los amparaba lo fragoso del terreno, en especial a levante, de caídas muy empinadas.

Preparose el barón de Eroles a sostener la estancia, y con tanta confianza que proveyó de mantenimientos para ocho días las baterías avanzadas. Al alborear del 25 de julio comenzaron los enemigos la embestida, mandándolos Suchet en persona. Dirigiose el general Abbé hacia la subida principal apoyado por Maurice Mathieu. Los otros caminos fueron igualmente amagados soltando además tiradores que procurasen trepar por las quiebras y vericuetos de la montaña con el objeto de flanquear nuestros fuegos.

Le ataca
y toma Suchet.

Empeñose el ataque por el frente, y los contrarios no adelantaban ni un paso, firmes los españoles y acompañando sus fuegos de todo género de instrumentos mortíferos, y de piedras y galgas. Mas a cabo de largo rato encaramándose por la montaña arriba las ya mencionadas tropas ligeras, lograron dominar a nuestros artilleros y acribillarlos por la espalda. Ni aun así cedieron los atacados, pereciendo casi todos sobre las piezas antes que Abbé se posesionase de ellas.