Se desvivía en tanto Suchet por la tardanza de los refuerzos que debían llegarle, sin los cuales juzgaba imprudente arremeter a los españoles en sus atrincheramientos, y difícil encerrarlos dentro de la ciudad. Cuantos más días pasaban, más crecía el desasosiego del mariscal francés, por el tiempo que se daba a Blake para fortalecerse, y huelgo a los naturales para rebullir y empezar por sí solos una guerra popular y destructiva.
Pero en medio de tan justos recelos, imposible se le hacía a Suchet acelerar el momento de la acometida. Dirigíase su plan a embestir nuestra izquierda y envolverla por flanco y espalda, amagando al propio tiempo nuestro centro y derecha. La ejecución requería previo y detenido examen, mayormente cuando no se trataba de presentar batalla en descampado, modo de combatir tan ventajoso para los franceses, sino de romper por medio de atrincheramientos, acequias y vallados, en donde pudiera su tropa recibir lección rigurosa y de consecuencias muy fatales.
Han motejado algunos a Blake por haber permanecido quieto con el ejército en los alrededores de Valencia, en lugar de ir a buscar al enemigo o de retirarse a otros puntos. Parécenos en esta parte la acusación injusta. Lo que más importaba era conservar aquella ciudad de muchos recursos, de nombradía y grande influjo. Aventurar una acción exponía los muros valencianos a inminente riesgo; alejarse, los descubría. Y en tanto que se consideró a nuestro ejército bastante numeroso y fuerte, ya que no para batallar a lo menos para defender las líneas, debieron sus soldados mantenerse en ellas, como poderoso y casi único medio de impedir la conquista. Varió el caso cuando, aumentadas las tropas francesas, pudieron rodear a las nuestras y bloquearlas.
Acabaron aquellas de engrosarse después de promediar diciembre. Napoleón, que deseaba dar un golpe y ganar terreno en España para imponer respeto en el norte de Europa, ya conmovido, determinó que no solo la división de Severoli, sino también la de Reille acudiesen a Valencia y se pusiesen bajo el mando de Suchet, la última momentáneamente, debiendo en el intermedio ser reemplazada en Navarra y frontera de Aragón con tropas de la división de Caffarelli, si bien este harto afanado en Vizcaya. Severoli y Reille trajeron consigo cerca de 14.000 hombres. Llegaron a Segorbe el 24 de diciembre, y en la noche del 25 empezaron a incorporarse al ejército de Suchet, quien juntó entonces unos 34.000 combatientes; 2644 de caballería: excelentes tropas, muy aguerridas.
No se limitó Napoleón al envío de las citadas divisiones; insistió también en que D’Armagnac, del ejército del centro, continuase en amagar por Cuenca, y mandó además que Marmont destacase del de Portugal una fuerte columna que, atravesando la Mancha, cayese a Murcia.
Pasa Suchet
el Guadalaviar el
26 de diciembre.
Tan reforzado ya el mariscal Suchet y sostenido, decidió poner en práctica su primer plan de atacar la posición española por la izquierda. Verificolo en efecto el 26 de diciembre, pasando por Ribarroja el Guadalaviar. Había preferido este punto con la mira de cruzar el río agua arriba de Manises, de no enmarañarse por el laberinto de las acequias, y de evitar cualquiera inundación apoderándose de las compuertas.
Durante la noche los enemigos echaron tres puentes: protegieron a los trabajadores 200 húsares que, llevando en las ancas a unos cuantos soldados de tropas ligeras, vadearon el río y ahuyentaron los puestos españoles. Por la mañana, el primero que atacó en lo más extremo de nuestra izquierda fue el general Harispe. Precedíale caballería que tropezó con la de Don Martín de la Carrera hacia Aldaya, entre la acequia de Manises y el barranco de Torrente, en medio de garroferos y olivos. Nuestros jinetes rechazaron a los contrarios, y el soldado del regimiento de Fernando VII Antonio Frondoso, hombre esforzado, hirió y dejó en el campo por muerto al general Boussart, en cuyo derredor perecieron defendiéndole un ayudante suyo y varios húsares. Mas rehechos los enemigos, arremetieron de nuevo con superiores fuerzas y recobraron a Boussart. Viose entonces obligado Don Martín de la Carrera a retirarse, tomando la dirección de Alcira. Casi al mismo tiempo embistió el general Musnier a Manises y San Onofre, de donde se alejó Don Nicolás Mahy, después de corta defensa, en busca también del Júcar por Chirivella.
Advertido Blake del ataque, salió de Valencia, y a las diez de la mañana, estando a medio camino de Mislata, recibió noticia de Mahy, pintándole su apuro y pidiendo instrucciones. La línea en aquella sazón estaba ya por todas partes acometida o amenazada. Zayas en Mislata andaba a las manos con la división de Palombini. Acudió por orden de Mahy a socorrerle desde Cuarte Creagh con alguna gente; mas Zayas no necesitando de aquel auxilio, mayormente por esperar de Valencia dos batallones, le despidió, y guardó solo dos obuses, defendiendo con brío su posición. Nuestro fuego aquí fue tan vivo y acertado que desordenó la brigada enemiga de Saint Paul y la arrojó contra el Guadalaviar. En vano Palombini quiso rehacerla, amenazando igual suerte a la otra suya de Balathier. Asegurada, pues, parecía de este lado la victoria, si no la inutilizaran el descuido y flojedad de que se adoleció en las otras partes.
Porque adelantando Harispe sobre Catarroja, y posesionado Musnier de Manises y San Onofre, vinieron algunos cuerpos enemigos sobre Cuarte, y venciendo los primeros atrincheramientos, obligaron a las tropas que guarnecían el pueblo a evacuarle. Volvía Creagh entonces de su excursión a Mislata, y a pesar de sus esfuerzos y de los de Don José Pérez al frente del batallón de la Corona, no se pudo contener el progreso de los franceses, teniendo al cabo los nuestros que retirarse. Se distinguieron aquí el cuerpo que acabamos de citar, el de tiradores de Cádiz, de Burgos, Princesa y Alcázar de San Juan con sus respectivos jefes. Los enemigos cada vez más impetuosamente cargaban, pues llegando a la sazón el general Reille, marchó en la dirección de Chirivella y favoreció las operaciones de Harispe y de Musnier. Inútilmente quisieron los españoles hacer rostro en dicho pueblo, y defender la posición cubierta con unas flechas. Los enemigos los arrollaron y con eso salió de ahogo Palombini, viéndose Zayas obligado a desamparar su estancia.