Don Juan
López Campillo.

Además dispuso Porlier que Don Juan López Campillo, que maniobraba desde la carretera del Escudo hasta las provincias vascongadas, fuese engrosado con cuadros instruidos por Renovales, y que ascendían a 800 hombres. Así se distrajo al enemigo, y Campillo consiguió el 26 de septiembre ventajas cerca de Valmaseda. Lo mismo Don Francisco de Longa en diversos ataques, especialmente el 2 del mismo mes en la Peña Nueva de Orduña; dando uno y otro, junto con el Pastor y más jefes, mucho en que entender al general Caffarelli, que allí mandaba. Longa, el Pastor
y Merino. Longa fue quien por lo común acompañó a Mendizábal en sus viajes, y en diciembre se avistaron ambos con Merino en tierra de Burgos. Unidos los tres, redoblose el celo de los pueblos, y se llamó grandemente hacia Castilla la atención de los franceses: diversión que servía al inglés en Portugal, y a los caudillos españoles que gobernaban en los puntos inmediatos.

Mina.

No necesitaba Mina de tales ejemplos para proseguir por el camino espinoso y de gloria que había emprendido. Vímosle maniobrando en Aragón para ayudar a Valencia, y vímosle alcanzar victorias y embarcar sus prisioneros en el Golfo de Vizcaya: ahora, al cerrar del año, hizo mansión en Navarra, más desembarazada de tropas enemigas a causa de las que habían corrido en socorro de Aragón, Valencia y Castilla. Respiró por tanto Mina momentáneamente en cuanto a ser perseguido, sin que por eso dejasen de afligirle otros cuidados. En Pamplona había el francés acrecido sus rigores, y poblado las cárceles y conventos con los padres, parientes y familias de los voluntarios que servían bajo las banderas de la patria, ahorcando a unos y conduciendo a otros a Francia desapiadadamente. Decreto suyo
de represalias.
(* Ap. n. [17-3].) Mina, con razón airado, dio en 14 de diciembre un decreto en que anunciaba represalias terribles. Decía en el preámbulo:[*] «Ni los sentimientos de humanidad, ni las leyes de la guerra admitidas entre los militares civilizados, ni la conducta generosa de los voluntarios de Navarra han contenido el espíritu sanguinario y desolador de los generales franceses y autoridades intrusas; ... no se da un paso sin oír tristes alaridos causados por la tiranía. Navarra es el país del llanto y amargura; se vierten lágrimas continuas por la pérdida de sus mejores amigos: padres que ven a sus hijos colgados en una horca por su heroicidad en defender la patria; estos a sus padres consumidos en la prisión y, por último, expirar en un palo sin más delito que ser padres de tan valientes defensores. Contínuamente he pasado a los generales franceses de la Navarra los oficios más enérgicos, capaces de reprimirlos y hacerlos entrar en el orden: no he perdonado diligencia alguna para reducir la guerra a su debida comprensión; estoy justificado de mis procedimientos... Para colmo... de la iniquidad francesa y perfidia de algunos malos españoles, he visto 12 paisanos fusilados en Estella, 16 en Pamplona, 4 oficiales y 38 voluntarios pasados por las armas en dos días...» Después, en el primer artículo, «declaraba guerra a muerte y sin cuartel a jefes y a soldados, incluso el emperador de los franceses.» Eran los otros artículos del propio tenor. En uno de ellos también se consideraba a Pamplona en estado de verdadero sitio, y proclamábanse de consiguiente varias resoluciones. Injusto y aun sañudo parecería este decreto a no haberle provocado sobradamente las crueldades inauditas del enemigo. La ejecución correspondió a la amenaza, y más adelante tuvieron los franceses que entrar en razón.

Sucesos militares
en Valencia.

Así corrían por acá las cosas: tristes eran las que se preparaban en Valencia. Dejamos aquí al principiar noviembre ambos ejércitos, español y francés, fronteros uno de otro en las opuestas orillas del Guadalaviar o Turia. Ocupaban los enemigos en la izquierda casi dos leguas de extensión, y fortificaron su línea con obras defensivas. En la derecha habían los españoles aumentado las suyas después de las anteriores tentativas de los franceses contra Valencia, de cuya ciudad dimos breve idea cuando hablamos del primer sitio de 1808. Habían ahora los nuestros cortado los puentes de la Trinidad y Serranos, dos de los cinco de piedra que cruzan el río, de cauce este no muy profundo, y sangrado además para el riego por muchas acequias. Conservaron los españoles por algunos días en la izquierda del Guadalaviar unas cuantas casas, el colegio de San Pío V y el convento de Santa Clara: levantaron en los puentes no destruidos varias obras, y derribaron, para facilitar la defensa, el suntuoso palacio llamado del Real. En el recinto principal y antiguo se hicieron algunas mejoras; pero se atendió con particularidad a construir un terraplén de 16 pies de alto y otro tanto de espesor, con flancos y foso, que empezaba al oeste junto al río enfrente del baluarte de Santa Catalina, y continuaba exteriormente por Cuarte, abrazando el arrabal de este nombre y los de San Vicente y Ruzafa hasta Monteolivete, en donde se levantó un reducto. De aquí al mar se practicaron cortaduras y se fabricaron escolleras, fortaleciendo también el lazareto al embocadero del río. Por el otro extremo, vía de Manises, se establecieron parapetos y otras fortificaciones de campaña no cerradas. Sin embargo de tales obras, estaba Valencia lejos de haberse convertido en una plaza respetable. Figuraban más bien aquellas la imagen de un campo atrincherado, y ese fue el objeto que se llevó al realizarlas. Y con razón advirtieron los inteligentes que para ello se habían desaprovechado muchas de las ventajas que ofrecía el terreno, porque ni se dispuso inundar debidamente los campos con las aguas de riego, ni tampoco se robustecieron varios conventos y edificios por allí esparcidos, cuya solidez se acomodaba muy mucho al establecimiento de una cadena de puntos fortificados.

Considerada de este modo la defensa, hallábase la clave de ella a una legua de Valencia, en Manises, sitio en que yacen las compuertas de las acequias mayores. Tenía en dicho punto Don Nicolás Mahy su cuartel general, y en él y en San Onofre estaban las divisiones de Villacampa y Obispo, permaneciendo apostada a la izquierda, y algo detrás, en Aldaya y Torrente, la caballería. Por la derecha, en Cuarte se situaba la otra división del mismo general, a las órdenes de Don Juan Creagh. En el pueblo de Mislata alojábase la de Don José Zayas, y próximo a Valencia la de Lardizábal. Se mantenía en el Monteolivete la de Miranda; componiendo la totalidad de las tropas unos 22.000 hombres. Proseguían guardando los puntos hasta el mar guerrilleros y paisanos. Recorrían la costa barcos cañoneros españoles y buques de guerra aliados.

No se descuidó Suchet por su parte en afianzar más y más desde el puerto del Grao hasta Paterna su línea, que podía llamarse justamente de contravalación. Proponíase en ello no solo enfrenar los ataques del ejército de Valencia y de cualesquiera partidas que se descolgasen de lo interior, sino también conservar con menos gente su estancia para tener disponible mayor número de tropas, llegado el caso de obrar ofensivamente. Por lo mismo, y ansioso de despejar toda la orilla izquierda, pensó antes de nada en arrojar a los españoles de las casas y edificios que allí ocupaban. Costole bastante, habiéndose defendido los nuestros con grande empeño, sobre todo en el convento de Santa Clara, que no evacuaron hasta que el enemigo, abierta brecha con sus hornillos, se preparaba al asalto. En lo demás, apenas se hizo durante mes y medio otra demostración hostil por ambas partes que fuego de artillería gruesa.

Blake llamó aún hacia el reino de Valencia más fuerza del tercer ejército, de cuyas tropas quedaron con eso ya muy pocas en la frontera de Granada. Las que ahora se alejaron componíanse de unos 4000 hombres a las órdenes de Don Manuel Freire, quien se dirigió primero a Requena, punto amagado por D’Armagnac de vuelta en Cuenca. Antes había destacado Blake hacia aquella parte a Don José Zayas, con más de 4000 hombres, por lo mucho que importaba cubrir flanco de tal entidad. Entró el último en la mencionada villa el 28 de noviembre. A su vista se retiraron los enemigos, temerosos también de las tropas del tercer ejército, que habían ya llegado a Iniesta. Adelantose en seguida Freire a Requena, e hizo allí alto. Zayas entonces restituyose a su antigua posición de Mislata, y la ocupó otra vez el dos de diciembre.

Fuera de eso, no pensó Blake en incomodar al enemigo, ni en fomentar guerrillas por la espalda y flanco; siendo así que algunas se habían mostrado en Nules, Castellón de la Plana y Villarreal. Desentendíase por lo general de cualquiera otro linaje de pelea que no fuese la reglada y puramente militar; de suerte que no hubo en Valencia, en favor de la defensa, aquel ardor que se notó en las ocasiones pasadas. Entibiábase por el despego del jefe hacia el paisanaje y su sobrada y casi exclusiva confianza en las tropas de línea.