Que iba Bonnet a entrar en aquel principado, sonrugíase por todas partes, y el jefe de estado mayor Moscoso enderezose a Oviedo a marchas forzadas, si no para evitar el golpe, al menos para disponer con orden la retirada de nuestras tropas y disminuir el desastre.
En Asturias mandaba, como antes, Don Francisco Javier Losada: tenía a su cargo la 1.ª división del 6.º ejército, recompuesta o trastrocada según el nuevo arreglo de Abadía. No había por eso el Don Francisco dejado de tomar durante su gobierno medidas militares bastante oportunas. En la puente de los Fierros había levantado algunas obras de campaña, y colocado allí, y en los puntos más fuertes de la avenida de Pajares, una de sus secciones al mando de Don Manuel Trevijano.
El general Bonnet no solo pensó en acometer al principado por dicho puerto, sino también por el de Ventana, más al occidente. Contaba para su expedición con 12.000 hombres, que dividió en dos trozos. El principal mandábalo Bonnet mismo, y se encaminó a Pajares, el otro lo regía el coronel Gauthier.
Informado Losada del plan del enemigo, trató de burlarle poniendo en movimiento de antemano sus tropas sobre el Narcea; pues de este modo impedía le cortasen los franceses la retirada hacia Galicia. En consecuencia, el 5 de noviembre, día en que se presentó Bonnet delante de la puente de los Fierros, no se hizo en ella otra resistencia sino la suficiente para ocultar lo proyectado; cuyo éxito fue tan feliz que el 7 reuniéndose todas las tropas en Grado, marcharon sin detenerse a tomar puesto en las alturas del Fresno y cubrir el paso del Narcea. La celeridad y buen orden con que se ejecutó la maniobra destruyó los intentos del enemigo, no siéndole dado a Gauthier ponerse a nuestra espalda: al bajar del puerto de Ventana, tuvo que contentarse con perseguir a los españoles, y alcanzó en Doriga la retaguardia; de donde repelido, cejó en breve, pensando ya solo en darse la mano con Bonnet que había entrado en Oviedo. Acompañaban a Losada Don Pedro de la Bárcena, restablecido de anteriores y honoríficas heridas, y Don Juan Moscoso: la presencia de ambos en la retirada favoreció la diligente actividad del primero. Artillería, municiones, efectos pertenecientes al ejército y real hacienda, todo se salvó, embarcándolo en Gijón o transportándolo por tierra. Los vecinos de la capital del principado, como los moradores de todos los pueblos, abandonaron por lo general sus casas: daban el ejemplo los pudientes, siendo aquella provincia una de las más constantes en su adhesión a la causa de la patria, y de las que más prodigaron la sangre de sus hijos y sus caudales.
Doliole amargamente a Bonnet entrar en Oviedo y ver la ciudad tan solitaria, porque si bien los asturianos le habían acostumbrado a ello, esperaba que los trabajos y el tiempo comenzarían ya a domeñar ánimos tan inflexibles. Pesole no menos encontrar vacías las fábricas de armas y los almacenes; lo cual le embarazaba para suplir los menesteres de su tropa, y emprender otras operaciones.
Sin embargo, trató de probar fortuna y obligó a Gauthier a revolver inmediatamente sobre los españoles. Losada juzgó entonces prudente retirarse aún más allá del Narcea, y el francés llegó a Tineo el 12 de noviembre. Mantúvose allí muy poco, porque combinando nuestros jefes un movimiento, atacole Bárcena con una sección y le forzó a retroceder. También Abadía quiso amagar por Astorga y el Órbigo para divertir la atención de los franceses de Asturias; pero la idea no tuvo resulta, dejándose para más adelante. A pesar de eso Bonnet apenas poseyó esta vez en el principado otro terreno sino la línea de Pajares a Oviedo, pues por el ocaso fuéronle estrechando sucesivamente Losada y Bárcena, y por el oriente Don Juan Díaz Porlier.
Séptimo ejército.
Este caudillo, y todos los que mandaban las divisiones y cuerpos francos de que constaba el 7.º ejército, hicieron por el mismo tiempo guerra continua al enemigo desde Asturias hasta la Navarra inclusive. La composición de las tropas de aquel distrito no era uniforme, ni para obrar a la vez en línea: no lo permitían las circunstancias del país en que se lidiaba, como tampoco lo vario del origen de la gente y la independencia tan necesaria entonces de sus distintos comandantes. Lo manda
Mendizábal. Don Gabriel de Mendizábal, general en jefe elegido meses atrás, apareció allí en el verano. No se puso al frente de ninguna división ni cuerpo especial. Recorriolos todos, principiando por el de Porlier, alojado comúnmente en Potes, montañas de Santander, y acabando por el de Merino, en Burgos, y el de Mina, en Navarra. La presencia del Don Gabriel alentaba a los pueblos, en particular a los de Vizcaya, de donde era natural. Algunas operaciones se ejecutaban con su anuencia; otras sin ella y solo por dirección de los mismos jefes. Húbolas señaladas.
Porlier.
Desde junio había organizado mejor y aumentado Porlier su fuerza, que pasaba de cuatro mil hombres. Había también acopiado en la Liébana ocho mil fanegas de trigo y muchos otros bastimentos, para lo cual, teniendo que recorrer la tierra e internarse en Castilla, hubo de marchar día y noche, burlar con ardides al enemigo, y combatir bizarramente en peligrosos reencuentros. Hechas estas correrías preliminares y necesarias, Entra en Santander. revolvió en agosto sobre Santander, y atacó el 14 la ciudad y los fuertes de Solia, Camargo, Puente de Arce y Torrelavega; porque aquí, a semejanza de las demás partes, habían los franceses fortalecido casi en cada pueblo algún grande edificio, o mejorado fuertes antiguos. Mandaba en Santander Rouget; y rompiendo Porlier el fuego por el sitio de los Molinos de Viento, colocose el general francés a la cabeza de la guarnición compuesta de 500 hombres, la cual, acorralada en las calles y las casas, quiso en vano sostenerse; y destrozada, con trabajo se salvaron de ella 100 hombres y el jefe. Al mismo tiempo, o sucesivamente, atacaron los de Porlier los demás puntos arriba indicados, y se apoderaron de Solia, Puente de Arce y Camargo, cuyos fuertes arrasaron. Mantuvieron los contrarios el de Torrelavega. La pérdida de estos en las diferentes acometidas pasó de 400 hombres, sin incluir muchos prisioneros, algunos de ellos oficiales de graduación. Recogieron asimismo los nuestros abundante botín, y estuvieron por cierto tiempo enseñoreados de casi toda la provincia de Santander. Tuvo Rouget que aguardar refuerzos antes de poder tornar a la ciudad, que evacuaron luego los españoles sin detenerse, inferiores en número, a hacer resistencia.