Continuando en Cáceres la fuerza principal de Girard, tenía destacamentos en algunos pueblos y señaladamente 300 caballos en Arroyo del Puerco, los cuales se recogieron el 25 a Malpartida por avanzar Penne Villemur con la caballería española. Quisieron los aliados atacarlos en aquel pueblo, mas los enemigos se replegaron a Cáceres, cuya ciudad también abandonó el general francés dirigiéndose a Torremocha.
Prosiguieron los nuestros su camino y el 27 se reunieron todos en Alcuéscar, en donde supieron con admiración que Girard se mantenía en Arroyomolinos, distante una legua corta. Pendía la confianza de los franceses de la persuasión en que siempre estaban de que el inglés no se metería muy adentro en España, y también de la fidelidad con que los habitantes guardaron el secreto de nuestra marcha.
Hill, que mandaba en jefe a los hispano-anglo-portugueses, determinó entonces acometer, y a las dos de la madrugada del 28 puso en movimiento todas las tropas. Diluviaba, soplando recio viento, mas el temporal, por dar a los nuestros de espalda, fue más bien favorable que contrario. Avanzando así en buen orden y calladamente, formáronse las columnas, siendo todavía de noche, en una hondonada no lejos de Arroyomolinos.
Pertenece esta villa, distante de Cáceres seis leguas, al partido de Mérida, y se apellida de Montánchez por hallarse situada a la falda de la sierra de aquel nombre. Está como aislada y sin otras comunicaciones que pocas y penosas subidas con malas veredas. Puestos los aliados en orden de ataque en el sitio indicado, moviéronse a las 7 de la mañana para sorprender al enemigo. Una columna anglo-portuguesa con artillería, mandada por el teniente coronel Stuart, marchó en derechura al pueblo; otra compuesta de la infantería española, bajo Morillo, se encaminó a flanquear las casas por la izquierda, y una tercera, también de peones, anglo-portuguesa, del cargo de Howard, tomó por la derecha y se adelantó a cortar los caminos de Mérida y Medellín, para de allí revolver sobre el francés y atacarle. Por el diestro costado de esta última columna iban los jinetes españoles, y por el opuesto los británicos, algo retrasados los postreros a causa de un extravío que padecieron en la noche.
Ignoraba del todo Girard el movimiento y proximidad de los aliados, manteniéndose hasta lo último los habitadores inmudables en su fidelidad. Así fue que llegaron aquellos sin ser sentidos, y en sazón que Girard emprendía su ruta a Mérida. Una brigada al mando de Remond le había precedido, saliendo de Arroyomolinos antes del quebrar del alba, mas la retaguardia, con alguna caballería y los bagajes, aún se conservaban dentro del pueblo. Cubría espesa niebla la cima de la sierra, y marchaba Girard descuidadamente, cuando le avisaron se acercaban tropas. No pensaban fuesen regladas, y menos inglesas. Figurósele que eran partidarios, por lo que mandó apresurar el paso y no detenerse a repeler las acometidas.
Pero, desengañado, grande fue su sorpresa y la de sus soldados. Resintiéronse de ella al tiempo de pelear, pues columbrarlos los nuestros, atacarlos y romperlos, casi fue todo uno. Parte de la columna anglo-portuguesa que se había dirigido al pueblo, entró en su casco; el resto persiguió a Girard ya en marcha, quien en vano formó dos cuadros, encerrados estos entre los fuegos de los que venían de Arroyomolinos, y los de la columna de Howard que se había antes adelantado a cortar los caminos. La caballería española dio también sobre el general francés, y la llegada de la inglesa, a las órdenes de Sir W. Erskine, acabó de trastornarle. Entonces aquel se salvó con pocos, trepando por peñas y riscos, y se acogió a la sierra. Continuó el alcance Morillo por el puerto de las Quebradas hasta la altura que da vista a Santa Ana. El cansancio de la gente no consintió ir más allá. Tenía ya la pelea ventajosísimo y honroso resultado. Perdieron los enemigos 400 muertos y heridos, entre ellos al general Dombrousky; quedaron prisioneros el general Brun, el duque de Aremberg, el jefe de estado mayor Idri, gran número de oficiales y 1400 soldados, cabos y sargentos. Se cogieron dos cañones y un obús, el tren, dos banderas, una por los españoles, otra por los anglo-portugueses; muchos fusiles, sables, mochilas, caballos: el bagaje entero. Desapareció, en fin, aquella división, excepto contados hombres que acompañaron a Girard, y la brigada de Remond que, como había salido con anticipación de Arroyomolinos, ni tomó parte en el combate, ni tuvo de él noticia hasta llegar a Mérida. Acreciose la satisfacción de los aliados en vista de la poca gente que perdieron: 71 hombres los anglo-portugueses, unos 30 los españoles. Obraron todos los jefes muy unidos y con destreza y tino: cierto que los nuestros, Girón, Morillo y Penne señalábanse, el primero en el dirigir, los otros en el ejecutar. Gran terror se apoderó de los franceses. Badajoz permaneció cerrado dos días y dos noches, muy vigilados los vados del Guadiana, y recogidos los destacamentos sueltos en los parajes más fuertes. Penne Villemur llegó a Mérida, tras de él Hill, en donde ambos se mantuvieron hasta que volviendo en sí Drouet y avanzando, se retiraron los españoles a Cáceres, y los anglo-portugueses a sus antiguos acantonamientos.
Otra vez
el 6.º ejército.
Mas si por la derecha de Lord Wellington había cabido tal fortuna y gloria, no acaeció lo mismo por la izquierda, en Galicia y Asturias, yendo las cosas allí muy de caída. Don Francisco Javier Abadía, prudente en un principio y cuerdo, cambió después de conducta. Medidas
desacordadas
de Abadía. Trató de dar nueva organización a su ejército sin motivo fundado, y alterando la actual, mudó jefes, oficiales, sargentos, cabos, soldados; trasladolos de unos cuerpos a otros, confundiolo todo; y a punto que resultó, hasta en los uniformes, mezcla rara de colores y variedades, y eso en presencia del enemigo. Liviano porte, ajeno de la reputación militar de que gozaba aquel jefe, haciéndose así más dolorosa la remoción súbita y poco meditada de Santocildes. Representó contra la organización nueva el jefe de estado mayor Moscoso, mas inútilmente. Sostuvo el capricho y la tenacidad lo que al parecer había dictado la irreflexión. Notose también que Abadía, en vez de presenciar el planteamiento de su obra, ausentose a tomar baños, pasando después a la Coruña. En su lugar envió al marqués de Portago, hombre de sana intención pero de limitada capacidad, originándose de tan indiscretas, mal dispuestas reformas y providencias que no saliese del Bierzo el ejército, ni asomase a sus antiguas estancias para inquietar al enemigo y distraerle de otras excursiones.
Invaden de nuevo
los franceses
a Asturias.
Viendo los franceses la mucha inacción, y persuadidos de que a lo menos durante el invierno no se moverían de Portugal los ingleses, pensaron en invadir de nuevo a Asturias, ya para tener más medios con que sustentar su ejército, ya porque agradaba al general Bonnet tornar adonde él campeaba con mayor independencia que bajo Drouet en Castilla. Alentaba también a ello el haber Abadía sacado de Asturias tropas aguerridas y enviado otras menos disciplinadas.