Severidad
de Castaños.
Aunque se extendía el mando de aquel jefe al 6.º ejército, y después comprendió también el del 7.º, su autoridad inmediata aparecían por lo común solo en Extremadura y puntos vecinos. Mostrose Castaños allí riguroso con desertores, infidentes y otros reos, lo que desdecía de su carácter al parecer blando. Bien es verdad que hubo ocasión en que ejerció la justicia contra delincuentes cuya conducta estremece aún y pone espanto. Pedrezuela
y su mujer. Fue horrible el caso de José Pedrezuela y de su mujer María Josefa del Valle. Barba el primero algún tiempo del coliseo del Príncipe de Madrid, fingiose comisionado regio del gobierno legítimo, y desempeñó el supuesto cargo en Piedralaves y Ladrada, pueblos de tierra de Toledo. Los habitantes y guerrillas de la comarca le obedecían ciegamente en la creencia de ser enviado por el gobierno de Cádiz. La ocupación enemiga daba favor al engaño. El Pedrezuela y su esposa fueron convictos de haber condenado a suplicios bárbaros, sin facultad ni debido juicio, a más de 13 personas. Ejecutaba aquel las sentencias por sí mismo, o las hacía ejecutar a media noche en un monte o heredad, cosiendo a sus víctimas a puñaladas, o matándolas de un fusilazo en el oído. Iba a veces la muerte acompañada de otros horrores, y si bien se probaron solo 13 asesinatos, se imputaban a los reos fundadamente más de 60. La mujer, hembra de ferocidad exquisita, condenaba en ausencia del marido y superaba a este en saña y encarnizamiento. Querían cohonestar sus crueldades con el patriotismo, y sacrificaron a varios sujetos respetables, entre otros a D. Marcelino Quevedo, asesor de las guerrillas de la provincia de Toledo. Alucinados así los pueblos, y contenidos por el respeto que tributaban al gobierno legítimo, se sometieron al pseudo-comisionado por espacio de tres meses. Descubierta a lo último la falsía y enredo, diose orden de prender a matrimonio tan sanguinario y bien apareado, y mandó Castaños formarles causa. Vista esta, condenaron los jueces al marido a la pena de horca, y a ser en seguida descuartizado; a la mujer a la de garrote. Ajusticiáronlos el 9 de octubre en Valencia de Alcántara. Digno castigo, aunque tardío, de tamaños crímenes.
El corregidor
Ciria.
Si no de color más subido, eran también sobrado feos los que se achacaban a Don Benito María de Ciria, capitán retirado y actual corregidor del rey José en Almagro. Llamábanle el Nerón de la Mancha. Obtuvo tal nombre por las extorsiones que causó, por los varios inocentes que llevó al cadalso. Le prendió el 29 de septiembre, cerca de aquella ciudad, el capitán Don Eugenio Sánchez, al tiempo que su jefe el sargento mayor Don Juan Vaca, de la partida, o sean húsares francos de Don Francisco Abad [Chaleco], atacaba la guarnición enemiga, la deshacía y tomaba bastantes prisioneros. Un consejo de guerra reunido por Castaños condenó a Ciria a la pena de garrote, ejecutada el 25 de octubre en el mismo Valencia de Alcántara. Pero apartemos los ojos de escenas tan melancólicas, deplorables efectos de disensiones civiles.
Temprano
el partidario.
Otros hechos verdaderamente nobles y sin rastro de duelo realizábanse, entre tanto, por aquellos pasajes. No nos detendrán los muchos y diversos de las guerrillas, aunque sí merece honrosa mención el partidario D. Antonio Temprano, quien el 8 del citado octubre, a las puertas mismas de Talavera, libertó al coronel inglés J. Grant, cogido antes prisionero en el Acehúche.
Combínanse
para una empresa
en Extremadura
ingleses
y españoles.
Combate de mayores resultas y muy glorioso pasará a delinear nuestra pluma. Habían los enemigos tratado de estrechar el corto ámbito que ocupaba el 5.º ejército en Extremadura, con la mira de privarle de los limitados recursos que sacaba de allí, y aumentar los suyos propios, también harto circunscriptos. Con tan doble objeto colocose en Cáceres y se extendió hasta las Brozas el general Girard, asistido de una columna de 4000 infantes y 1000 caballos, perteneciente al 5.º cuerpo francés, que seguía bajo el general Drouet enseñoreando las márgenes de Guadiana. Esta operación habíanla los franceses diferido, recelosos de empeñar choque no solo con los españoles, sino igualmente con los anglo-portugueses de Hill. Mas la inmovilidad de los últimos, metidos allá en el Alentejo sin ayudar a los nuestros, dio aliento a los enemigos para extenderse por los puntos arriba indicados. Hambreando de ese modo a los españoles, y no pudiendo la junta de la provincia, establecida en Valencia de Alcántara, ni siquiera suministrar las más indispensables raciones, acudió Don Francisco Javier Castaños a Lord Wellington y le propuso un movimiento en unión con las tropas aliadas.
Acción gloriosa
de
Arroyomolinos.
Accedió el general inglés a los deseos del español, y en consecuencia marchó Hill la vuelta de nuestra Extremadura. Tomó este consigo la mayor parte de su fuerza, que según dijimos ascendía a 14.000 hombres, y el 23 de octubre asomó ya por Alburquerque. Se le juntó el 24 en Aliseda Don Pedro Agustín Girón, segundo de Castaños y comandante de la columna destinada a obrar con los ingleses, la cual se componía de 5000 hombres, distribuidos en dos trozos, a las órdenes inmediatas del conde de Penne Villemur y de Don Pablo Morillo.