Este general, tan poco diligente y atinado el 26, mostrose después [menester se hace el confesarlo] aún más desatentado y flojo. Acordonada la ciudad, no le quedaba ya más arbitrio para salir con honra y airoso sino salvar a todo trance su ejército, o convertir a Valencia en otra Zaragoza. Veamos si empleó convenientes medios para alcanzar uno u otro de ambos extremos.
Hubiérale sido todavía el 26 muy asequible libertar a su ejército y sacarle de Valencia. Primero a la hora de mediodía, antes que Habert comunicase con Harispe, dirigiéndose al istmo entre la Albufera y el mar: después por la noche, no preparado bastantemente el enemigo para detener una súbita irrupción y salida de nuestras tropas. Así opinaron los generales que juntó Blake, quien no obstante decidió lo contrario, fundado en que, siendo preciso distribuir de antemano víveres, hacíase imposible verificarlo en tan breve espacio. Dejose pues la partida para el día siguiente. Renovó entonces Blake al anochecer el consejo de guerra, cuyos individuos insistieron en el dictamen dado la víspera de poner al ejército cuanto antes en salvo. Mas ocurriole al general en jefe otra dificultad. La artillería de batalla permanecía en los atrincheramientos, y removerla a deshora, como era indispensable para ejecutar de noche la salida, parecíale imprudente y motivo de espanto al pueblo. Así difiriose la operación por segunda vez. En vista de lo cual, ¿a quién no admirará tal negligencia después de dos meses que hubo para precaver todos los casos? ¿A quién no tanta lentitud e incertidumbre delante de un enemigo tan activo como el francés?
Vana tentativa
de Blake el 28
para salvar
su ejército.
Por último fijose la noche del 28 al 29 para efectuar la salida. Encargose antes a Don Carlos O’Donnell el cuidado de la plaza, asistido de pocas tropas, con orden de capitular a su debido tiempo, consultando los intereses del vecindario. El resto del ejército, bajo Don Joaquín Blake, debía dirigirse por la puerta de San José y puente inmediato, y salvarse penetrando por las líneas enemigas vía de Burjasot, punto menos guarnecido de franceses y terreno ya a las cuatro leguas quebrado. Era el orden de la marcha el siguiente. A la cabeza la división de Don José de Lardizábal, formando en ella vanguardia con un corto trozo el coronel Michelena; luego Don Joaquín Blake, la gente de Zayas, bagajes y varias familias; detrás Don José Miranda y su tropa.
Briosa conducta
del coronel
Michelena.
Abrió, pues, Michelena la marcha, y pasó entre Tendetes y Campanar; imitole Lardizábal, no encontrando al principio ningún estorbo. El enemigo se mantenía tranquilo, si bien algo cuidadoso por haber los nuestros explorado en la tarde aquel sitio. Yendo adelante, cruzaron ambos jefes una acequia que había primero, y llegaron a la de Mestalla, en donde les escasearon tablones que facilitasen el paso. Diligente Michelena, no por eso se arredró, y descubriendo un molino o casa con comunicación que daba a entrambas orillas, trató de atravesar por allí. Tenían los enemigos apostado cerca un piquete, y preguntando: «¿quién vive?», respondieron los españoles en lengua francesa: «húsares del 4.º regimiento»; y prosiguieron su camino con brío. Por desgracia, solo Michelena y su corta vanguardia tuvieron tan laudable y valerosa resolución. Lardizábal titubeó y, parándose, detuvo el movimiento de lo restante del ejército. Hallábase todavía Blake en el puente inmediato a la puerta de San José y no tomó partido alguno, aunque vio el entorpecimiento que experimentaban sus columnas. Impaciente Zayas, propúsole continuar y dirigirse, tomando río arriba, al pueblo de Campanar distante menos de media legua. Nada determinó el general en jefe.
Entre tanto Michelena, caminando sin interrupción, tropezó cerca de Beniferri con una patrulla enemiga, y para que esta no diese aviso a los suyos, se la llevó consigo prisionera. Al atravesar los nuestros la mencionada población, acaeció que algunos soldados de la artillería italiana que estaban en las calles, notando lo silencioso y apresurado del caminar de aquella tropa, tuvieron sospecha de que eran españoles, y encerrándose dentro de las casas, empezaron a hacer fuego desde las ventanas, poniendo así en arma el campo francés. No impidió eso a Michelena proseguir su ruta, con la dicha de llegar salvo por la mañana a Liria.
Mas Blake, fijo en el puente e irresoluto, sin escuchar en su atamiento consejo alguno, después de permanecer inmoble por un rato, temiendo al fin un ataque del enemigo por las demás partes, ordenó la retirada a la ciudad, y que cada uno volviese a ocupar su anterior y respectivo puesto: término infeliz del intentado movimiento. Erró Blake en haberle emprendido por solo un paraje, exponiendo así todo el ejército a una misma y precaria suerte. Merece también poca disculpa no haberse provisto de las herramientas y útiles necesarios para el paso de las acequias, y no haber en el aprieto tomado una atrevida y pronta determinación. Tampoco Lardizábal correspondió aquella noche a su fama de hombre intrépido y arrestado. Al revés el coronel Michelena, que se portó con inteligencia y esforzadamente.
Malograda la salida, redoblaron los franceses su cuidado, y crecieron más y más los obstáculos para los españoles. Con todo, pensaba Blake en repetir la tentativa dos o tres días después, como si fuera ya entonces fácil burlar la vigilancia de los enemigos y romper por medio de sus líneas. Desasosiego
en Valencia,
y reflexiones. Detuviéronle, según dijo, señales tumultuarias del pueblo de Valencia, que aquel general calificó de inconsideradas, y no así nosotros. Porque si bien somos opuestos a tal linaje de intervención en los asuntos públicos, graduándole de medio solo oportuno de favorecer las maquinaciones de los malévolos, nos parece que en el caso actual la paciencia de aquella ciudad había excedido los límites del sufrimiento más resignado. Durante dos meses dejaron sus habitadores a Don Joaquín Blake en entera libertad de obrar. Facilitáronle cuanto deseaba, no le ofrecieron resistencia alguna, ni siquiera levantaron un quejido. Y ¿qué resultó? Ya lo hemos visto. Y ¿será dado callar a los vecinos cuando se trata de la vida, de la hacienda, y de que no se despeñe en su perdición la ciudad en que nacieron? No, mayor silencio tachárase de servidumbre humilde.
Convocación
de una junta.