En esto, aflojando la fiebre amarilla y mejorándose por días el estado de la salud pública, levantose en toda España un deseo general y muy vivo de que se restituyese el gobierno al centro de la monarquía y a su capital antigua. Condescendiendo en ello las Cortes, decretaron suspender sus sesiones en la Isla de León el 29 de noviembre de 1813 para volverlas a abrir en Madrid el 15 del próximo enero de 1814. Tuvo lo cual efecto, poniéndose sin tardanza en camino la Regencia y las Cortes con sus oficinas, dependencias y largo acompañamiento. Consentían también la traslación los acontecimientos de la guerra, Estado
de la guerra. favorables siempre y más dichosos cada día. En el septiembre permanecieron, sin embargo, quietos los ejércitos en la parte occidental de los Pirineos, queriendo lord Wellington dar respiro y algún descanso a las tropas aliadas, reparar sus pérdidas, aguardar municiones y aprestos militares, y proceder en todo con detenimiento, para asegurar el logro de sus ulteriores planes.

Ejército aliado
en el Bidasoa.

Conservaban los ejércitos casi las mismas estancias de antes, prolongándose desde la desembocadura del Bidasoa hasta los Alduides, en donde formaba ahora la extremidad de la línea la octava división del cargo de Don Francisco Espoz y Mina, de la cual un trozo bloqueaba el castillo de Jaca y otro amagaba a San Juan de Pie de Puerto y valle de Baigorry. Por el lado opuesto colocose el general Graham, luego que se desembarazó del sitio de San Sebastián, hacia el estribo más fuerte del Aya, cubriendo el valle que forma con el Jaizquíbel, entre cuyos dos montes construyéronse obras a manera de segunda línea, reforzada la primera que se extendía por las orillas del Bidasoa, camino arriba de aquellas asperezas. Mantenía lord Wellington sus cuarteles en Lesaca.

Ejército del
mariscal Soult.

Los suyos el mariscal Soult en San Juan de Luz, a cuyo ejército se iban incorporando 30.000 conscriptos sacados al intento del mediodía de Francia, poniendo aquel caudillo especial conato en mejorar la organización y en castigar cualquier descarrío y falta de sus soldados con inflexible severidad. Había también él mismo enrobustecido las obras de campaña de su primera línea y levantado otros resguardos, según iremos viendo en el curso de nuestra narración.

Se dispone
Wellington
al paso
del Bidasoa.

Resuelto Wellington a acometer, recomendó de nuevo el buen orden y la disciplina, dando vigor a sus anteriores disposiciones, cuya observancia hacíase ahora más necesaria, yendo los ejércitos combinados a pisar el territorio enemigo. Repartió el 5 lord Wellington a los principales jefes una instrucción para el ataque, empezando los preparativos en la noche del 6, que fue muy borrascosa, con relámpagos, lluvia y truenos, pero favorable a los aliados que encubrían mejor así su marcha y maniobras, no ofreciéndoles bajo otro respeto el temporal impedimento alguno. Imposible, con todo, era emprender la arremetida hasta dadas las siete de la inmediata mañana, a causa de la marea, debiendo servir de señal para los ingleses un cohete disparado desde un campanario de Fuenterrabía, y para los españoles una bandera blanca plantada en San Marcial, o en su defecto tres grandes ahumadas.

Estaba convenido verificar a un tiempo el avance por toda la línea y cruzar el Bidasoa, término de España, cuyo reino acaba allí a la derecha del río, (* Ap. n. [23-1].) según se ve establecido desde muy antiguo y explícitamente reconoció [*] Luis XI de Francia en las vistas que tuvo con Enrique IV de Castilla por los años de 1463, conferenciando ambos monarcas en aquella misma ribera.

Verifícalo.

Dada la señal, moviéronse por la izquierda del ejército coligado las divisiones primera y quinta británicas y la brigada portuguesa del cargo de Wilson distribuidas en cuatro columnas, y atravesaron el río por tres vados fronteros a Fuenterrabía, y por otro que se divisaba cerca del antiguo puente de Behovia, en donde debía echarse prontamente uno de barcas. Verificaron los aliados el paso con distinguido valor, y tocando tierra de Francia acometieron desde Andaya la altura de Luis XIV, que ganaron esforzadamente, tomando 7 cañones en los reductos y baterías. Al propio tiempo empezó también la embestida Don Manuel Freire, Se distingue
el cuarto ejército
español. que continuaba rigiendo el cuarto ejército, con su tercera y cuarta división y con la primera brigada de la quinta, bajo la dirección inmediata de Don Pedro de la Bárcena y de Don Juan Díaz Porlier. Habíalo Freire dispuesto todo atentamente para atravesar el río por vados más arriba de los que cruzaban los anglo-portugueses: junto a los cuales y por el de Saraburo se adelantó la segunda brigada de la tercera división, a las órdenes de Don José Ezpeleta, cuyo jefe, viendo vacilar por un instante a sus tropas de resultas de la muerte del bizarro coronel de Benavente, Don Antonio Losada, empuñó una bandera y arrojándose al río con intrepidez esclarecida, mantuvo el ánimo en los suyos que a porfía le siguieron entonces, apoderándose sin dilación de los puestos fortificados y casas de la parte baja de Biriatou. Cruzó la cuarta división, al mando interino de Don Rafael de Goicoechea, el Bidasoa por los vados superiores al de Saraburo que llevan el nombre de Alunda y las Cañas, y queriendo trepar hasta la parte alta del mismo Biriatou, consiguiolo y rodeó además los atrincheramientos que tenían los enemigos en el descenso de la montaña de Mandale, cogiéndoles 3 cañones. Distinguiose aquí el regimiento de voluntarios de la Corona, capitaneado por Don Francisco Balanzat. En seguida acometieron los nuestros la Montaña Verde y desalojaron a los franceses, persiguiéndolos camino de Urrugne obstinadamente. Apoyaba las maniobras contra Biriatou, yendo de reserva y a las órdenes de Don Francisco Plasencia, la primera brigada de la quinta división. La también primera de la tercera vadeó el río por Orañibar, Lamiarri y Picagua, teniendo a su cabeza a Don Diego del Barco, y encaramose por la derecha de Mandale con sumo brío, posesionándose de la cumbre casi de corrida. De este modo ganaron los españoles del cuarto ejército todos los puntos que se les indicaron, fortalecidos y escabrosos, pero que cedieron a su valentía, probada ya tantas veces, y no desmentida ahora.