Viaje a Madrid
de la Regencia
y las Cortes,
y su llegada.
En medio de aclamaciones las más vivas y sinceras y de solemnes y espléndidos recibimientos, atravesó la Regencia del reino las ciudades, villas y lugares situados entre la Isla de León y la capital de la monarquía. Habíase aquella puesto en camino el 19 de diciembre, viajando a cortas jornadas y haciendo algunos descansos para corresponder al agasajador anhelo de los naturales, por lo que no llegó a Madrid hasta el 5 de enero de 1814; en donde no fue menos bien acogida y celebrada que en los demás pueblos, alojándose en el real palacio. Los diputados a Cortes, aunque por la índole de su cargo no iban juntos ni en cuerpo, tuvieron también parte en los obsequios y aplausos, ensanchados los corazones de los habitantes con la traslación a Madrid del gobierno supremo; indicante, al entender de los más, de la confianza que este tenía en que el enemigo no perturbaría ya con irrupciones nuevas la paz y sosiego de las provincias interiores del reino.
Abren las Cortes
allí sus sesiones.
Abrieron las Cortes sus sesiones el 15 de enero, suspendidas antes en la Isla de León, y nombraron por su presidente a Don Jerónimo Díez, diputado por Salamanca. El sitio en que se congregaron fue el teatro de los Caños del Peral, arruinado luego después, y en cuyo terreno y plazuela, denominada del Oriente, constrúyese desde años hace otro nuevo con suntuoso salón para bailes y grandes fiestas.
No ofrecieron al principio particular interés los negocios que las Cortes ventilaron en público, sí alguno de los que trataron en secreto, pero del cual no será bien hablar antes de volver atrás y referir, como necesario proemio, lo que por entonces había ocurrido en Francia.
Napoleón
en París
y sus medidas.
Llegado que hubo Napoleón a París el 9 de noviembre de 1813, buscó con diligencia suma modo de aventar lejos el nublado que le amagaba. Alistamientos, conferencias, manejos, nada olvidó, todo lo puso por obra, aunque prefiriendo a los demás medios el de las armas, rehuyendo, en cuanto podía, de una pacificación última y formal. Hiciéronle para ella los aliados desde Francfort proposiciones moderadas, atendiendo a los tiempos, según las cuales concedíanse a Francia por límites los Pirineos, los Alpes y el Rin, con tal que su gobierno abandonase y dejase libre la Alemania, la España y la Italia entera; pero Napoleón, esquivando dar una contestación clara y explícita, procuraba solo ganar tiempo avivando impaciente la ejecución de un decreto del Senado que disponía se levantasen 300.000 hombres en los ámbitos del imperio.
Declaración
de los aliados
del norte.
Puestos los aliados en algún sobresalto con esta nueva y hostil resolución, y descontentos de la evasiva respuesta que el emperador francés había dado a las proposiciones hechas, publicaron una declaración, fecha en Francfort el 1.º de diciembre, por la que anunciaban al mundo no ser a la Francia a la que hacían guerra, sino a la preponderante superioridad que, por desgracia suya y de la Europa, había ejercido Napoleón aun fuera de su mismo imperio, cuyos límites habían consentido los soberanos aliados en ensanchar, clavando las mojoneras más allá de donde concluía el territorio de la antigua monarquía francesa; deseosos de labrar la felicidad de la nueva, y penetrados de cuán importante sería su conservación y grandeza para el afianzamiento de todas las partes del edificio social europeo. A los discursos siguiéronse las obras; y resueltos los aliados del norte a internarse en Francia con tres ejércitos y por tres puntos distintos, Entran
en Francia. pisaron aquella tierra por primera vez, cruzando sus tropas el Rin al concluir el año de 1813 y comenzar el de 1814: las cuales correspondieron así a las operaciones de los anglo-hispano-portugueses que por el mediodía habían llevado ya la guerra anticipadamente hasta las orillas del Adour y el Nive.