Entabla
Napoleón
negociaciones
con
Fernando VII.

Diestro Napoleón en las artes del engaño y de enredadora política, figurose ser también oportuno, para enflaquecer a sus enemigos y sembrar entre ellos cizaña y fatal disensión, tener a hurtadillas y por medio de emisario seguro algún abocamiento con Fernando VII, a quien, como antes, guardaba cautivo en el palacio de Valençay.

No bien lo hubo pensado, cuando al efecto envió allá, bajo el fingido nombre de Mr. Dubois, al conde de Laforest, consejero de estado, sujeto práctico y de sus confianzas, quien desde luego, y ya el 17 de noviembre de 1813, se presentó a Fernando y a los infantes Don Carlos y Don Antonio, Su carta
a este rey. siendo su primer paso entregar al rey, de parte de Napoleón, una carta del tenor siguiente:

«Primo mío: Las circunstancias actuales en que se halla mi imperio y mi política me hacen desear acabar de una vez con los negocios de España. La Inglaterra fomenta en ella la anarquía y el jacobinismo, y procura aniquilar la monarquía y destruir la nobleza para establecer una república. No puedo menos de sentir en sumo grado la destrucción de una nación tan vecina a mis estados, y con la que tengo tantos intereses marítimos y comunes.

»Deseo, pues, quitar a la influencia inglesa cualquier pretexto, y restablecer los vínculos de amistad y de buenos vecinos que tanto tiempo han existido entre las dos naciones.

»Envío a V. A. R. [todavía no le trataba como a rey] al conde de Laforest, con un nombre fingido, y puede V. A. dar asenso a todo lo que le diga. Deseo que V. A. esté persuadido de los sentimientos de amor y estimación que le profeso.

(* Ap. n. [24-1].)

»No teniendo más fin esta carta, ruego a Dios guarde a V. A., primo mío, muchos años. Saint Cloud, 12 de noviembre de 1813. — Vuestro primo. — Napoleón.»[*]

Conferencias
de los príncipes
en Valençay
con el conde
de Laforest.

Siguiose a la lectura de esta carta, de la cual tomaron conocimiento el rey y los infantes con reserva y aparte, un largo discurso que de palabra pronunció el conde de Laforest, inculcando lo expresado en su misión con nuevas explicaciones, y tratando al rey Fernando, a imitación de su amo, solo de príncipe y de Alteza Real. «El emperador [decía] que ha querido que me presente bajo de un nombre supuesto para que esta negociación sea secreta, me ha enviado para decir a V. A. R. que queriendo componer las desavenencias que había entre padres e hijos, hizo cuanto pudo en Bayona para efectuarlo; pero que los ingleses lo han destruido todo, introduciendo la anarquía y el jacobinismo en España, cuyo suelo está talado y asolado, la religión destruida, el clero perdido, la nobleza abatida, la marina sin otra existencia que el nombre, las colonias de América desmembradas y en insurrección, y en fin todo en ella arruinado. Aquellos isleños no quieren otra cosa que erigir la monarquía en república, y sin embargo, para engañar al pueblo, en todos los actos públicos ponen a V. A. R. a la cabeza. Yo bien sé, Señor, que V. A. R. no ha tenido la menor parte en todo lo que ha pasado en este tiempo; pero no obstante se valen para todo del nombre de V. A. R., pues no se oye de su boca más que Fernando VII. Esto no impide que reine allí una verdadera anarquía, pues al mismo tiempo que tienen las Cortes en Cádiz y aparentan querer un rey, sus deseos no son otros que el de establecer una república. Este desorden ha conmovido al emperador, que me ha encargado haga presente a V. A. R. este funesto estado, a fin de que se sirva decirme los medios que le parezcan oportunos, ya para conciliar el interés respectivo de ambas naciones, ya para que vuelva la tranquilidad a un reino acreedor a que le posea una persona del carácter y dignidad de V. A. R. Considerando pues S. M. I. mi larga experiencia en los negocios (pues hace más de cuarenta años que sigo la carrera diplomática, y he estado en todas las cortes), me ha honrado con esta comisión, que espero desempeñar a satisfacción del emperador y de V. A. R., deseando que se trate con el mayor secreto, porque si los ingleses llegasen por casualidad a saberla, no pararían hasta encontrar medios de impedirla...»