(* Ap. n. [24-2].)

Concluida la arenga respondió el rey: «que un asunto tan serio como aquel, y que le había cogido tan de sorpresa, pedía mucha reflexión y tiempo para contestarle, y que cuando llegase este caso se lo haría avisar.»[*]

No aguardó a tanto el desvivido emisario, sino que al día siguiente pidió nueva audiencia. Reprodujéronse en ella por ambas partes las mismas razones y pláticas, hasta que Laforest terminó por decir al rey: «Que si aceptaba la corona de España que el emperador quería volverle, era menester que se concertase con él sobre los medios de arrojar a los ingleses de ella.» Contestó Fernando y apoyáronle su hermano y tío: «Que de nada podía tratar hallándose en las circunstancias en que estaba en Valençay, y que además no podía dar ningún paso sin el consentimiento de la nación representada por la Regencia.» Hubo sucesivamente de una y otra parte nuevas vistas, observaciones y réplicas, variando de tema en uno de los casos Mr. de Laforest, para quien ya no era república lo que querían introducir los ingleses en España, sino otra estirpe real, en unión con los portugueses, cual era la de Braganza. Tan mudable y poco seguro mostrábase el francés en sus alegaciones y propósitos. En fin, un día exigió del rey que le dijera si al volver a España sería amigo o enemigo del emperador. Contestó S. M. «Estimo mucho al emperador; pero nunca haré cosa que sea en contra de mi nación y de su felicidad; y por último declaro a V. que sobre este punto nadie en este mundo me hará mudar de dictamen. Si el emperador quiere que yo vuelva a España, trate con la Regencia, y después de haber tratado, y habérmelo hecho constar, lo firmaré; pero para esto es preciso que vengan aquí diputados de ella, y me enteren de todo. Dígaselo V. así al emperador, y añádale que esto es lo que me dicta mi conciencia.» Firme y noble respuesta, si así fue dada, propia de quien ceñía la diadema de antiguos, gloriosos y dilatados reinos.

Viniendo a cabo la negociación puso S. M. en manos de Mr. de Laforest una carta en contestación a la del emperador concebida en estos términos:

«Señor: El conde de Laforest me ha entregado la carta que V. M. I. me ha hecho la honra de escribirme fecha 12 del corriente; e igualmente estoy muy reconocido a la honra que V. M. I. me hace de querer tratar conmigo para obtener el fin que desea de poner un término a los negocios de España.

»V. M. I. dice en su carta que la Inglaterra fomenta en ella la anarquía, el jacobinismo, y procura aniquilar la monarquía española. No puedo menos de sentir en sumo grado la destrucción de una nación tan vecina a mis estados y con la que tengo tantos intereses marítimos comunes. Deseo pues quitar [prosigue V. M.] a la influencia inglesa cualquiera pretexto, y restablecer los vínculos de amistad y de buenos vecinos que tanto tiempo han existido entre las dos naciones. A estas proposiciones, Señor, respondo lo mismo que a las que me ha hecho de palabra de parte de V. M. I. y R. el señor conde de Laforest; que yo estoy siempre bajo la protección de V. M. I., y que siempre le profeso el mismo amor y respeto de lo que tiene tantas pruebas V. M. I.; pero no puedo hacer ni tratar nada sin el consentimiento de la nación española, y por consiguiente de la Junta. V. M. I. me ha traído a Valençay, y si quiere colocarme de nuevo en el trono de España, puede V. M. hacerlo, pues tiene medios para tratar con la Junta, que yo no tengo; o si V. M. I. quiere absolutamente tratar conmigo, y no teniendo yo aquí en Francia ninguno de mi confianza, necesito que vengan aquí con anuencia de V. M., diputados de la Junta para enterarme de los negocios de España; [S. M. tenía idea muy confusa de ellos, según se ve por el modo como habla, no estando informado sino por el vicioso conducto de los diarios censurados del imperio.] ver los medios [prosigue la carta] de hacerla verdaderamente feliz, y para que sea válido en España todo lo que yo trate con V. M. I. y R.

»Si la política de V. M. y las circunstancias actuales de su imperio no le permiten conformarse con estas condiciones, entonces quedaré quieto y muy gustoso en Valençay, donde he pasado ya cinco años y medio, y donde permaneceré toda mi vida si Dios lo dispone así.

»Siento mucho, Señor, hablar de este mondo a V. M.; pero mi conciencia me obliga a ello. Tanto interés tengo por los ingleses como por los franceses; pero sin embargo debo preferir a todo los intereses y felicidad de mi nación. Espero que V. M. I. y R. no verá en esto mismo más que una nueva prueba de mi ingenua sinceridad y del amor y cariño que tengo a V. M. Si prometiese yo algo a V. M. y que después estuviese obligado a hacer todo lo contrario, ¿qué pensaría V. M. de mí? Diría que era un inconstante y se burlaría de mí, y además me deshonraría para con toda la Europa.

»Estoy muy satisfecho, Señor, del conde de Laforest que ha manifestado mucho celo y ahínco por los intereses de V. M., y que ha tenido muchas consideraciones para conmigo.

»Mi hermano y mi tío me encargan los ponga a la disposición de V. M. I. y R.