Suelta Napoleón
a Fernando.
Estrechado este por todos lados, apresurose a concluir la negociación entablada con Fernando, poniéndole en libertad, y trató también de restituir a su silla de Roma al soberano pontífice, a quien tenía como aprisionado hacía años. Aligerábase con esto de embarazos y odiosas enemistades, esperando igualmente sacar útil fruto de esta generosidad, aunque aparente y forzada. Cuenta Escóiquiz que la libertad repentina del rey debiose a lo que él y Mr. de Laforest alegaron en su apoyo; pero parécenos no fue así, y que solo la provocó el apuro en que Napoleón se veía y el anhelo de que se le juntasen en todo o parte las tropas suyas que quedaban en Cataluña y algunas de las que combatían en el Pirineo, dejando a los ingleses solos y privados del sostenimiento de España.
Coincidió la resolución del emperador francés con la vuelta a Valençay del duque de San Carlos, trayendo la negativa de la Regencia al tratado de que había sido portador. Grandes temores se suscitaron allí de que desbaratase tal incidente la determinación de Napoleón, y por eso pasó a París San Carlos tras del emperador, para remover cualesquiera estorbos que pudieran nacer; pero no le encontró ni en la capital ni en ninguna parte por donde le buscara, mudando Napoleón de lugar a cada paso, según lo exigía la guerra que llevaba entonces, andando siempre por caminos y veredas, y como quien dijera, a campo travieso. Sin embargo, absorbido él mismo en asuntos de la mayor importancia, no paró mientes en lo que la Regencia respondiera, y aguijado por el tiempo y por los acontecimientos, no desistió de su propósito sobre dejar a Fernando libre y en disposición de restituirse a España. En consecuencia, mandó se le expidiesen los convenientes pasaportes, que se recibieron en Valençay el 7 de marzo, a las diez y media de la noche, con indecible júbilo de S. M. y AA., bien así como de los demás que allí asistían; no estuvo de vuelta el de San Carlos hasta el 9. Precede Zayas
al rey
en su viaje. Quiso el rey le precediese en su viaje el mariscal de campo Don José Zayas, quien salió de Valençay el 10 con carta para la Regencia y orden de que se preparase lo necesario para el recibimiento de S. M. en los pueblos del tránsito. Llegó Zayas el 16 a Gerona, a la sazón cuartel general del primer ejército, y al día siguiente, acompañado de un oficial de estado mayor, partió en posta para Madrid, en donde fue bien acogido, ya por lo que se estimaba su nombre, (* Ap. n. [24-18].) ya por la carta [*] de que era portador, en cuyo contexto no se esquivaba, como en las otras, hablar de Cortes ni de lo que se había hecho durante la ausencia de S. M., dando a entender que merecería lo obrado su real aprobación en cuanto fuese útil al reino: modo de expresarse ambiguo, pero preferible al silencio guardado hasta entonces. Produjo la lectura de la carta en el seno de la representación nacional gran regocijo por anunciarse la próxima llegada de S. M., y también por lo que hemos dicho de no advertirse en su contenido aquella extrañeza y estudiado desvío que se había notado en las anteriores. Diose en conformidad un decreto que atestiguaba la satisfacción de las Cortes, y el aprecio que las mismas hacían, con tan fausto motivo, del general Don José Zayas.
Sale el rey
de Valençay.
No tardó S. M. en seguir los pasos de este, saliendo de Valençay el 13 de marzo, acompañado de SS. AA. los infantes Don Carlos y Don Antonio, y demás personas que concurrían a su lado. Dirigiose por Tolosa con rumbo a Perpiñán, según orden de Napoleón, para huir de cualquiera encuentro o relación con los ingleses. Venía el rey bajo el nombre de conde de Barcelona. Llega a Perpiñán. Entró en Perpiñán el 19 de marzo, en donde le aguardaba el mariscal Suchet, a quien recibió S. M. con distinción, dándole gracias por el modo como se había portado en las provincias donde había hecho la guerra. Mas aquí empezaron ya los tropiezos. Quería el rey continuar su viaje y pasar a Valencia sin detenerse; pero oponíanse a ello las instrucciones que tenía el mariscal, según las cuales debía pasar el rey Fernando a Barcelona y permanecer en aquella plaza en rehenes, hasta que se realizase la vuelta a Francia de las guarniciones bloqueadas en las plazas de Cataluña y Valencia. Precaución ofensiva, que siendo ignorada de Fernando al salir de su confinación, representábase como alevosía nueva que afortunadamente no se consumó del todo, persuadido Suchet de cuán odioso e inútil sería llevarla a cabo. Quédase allí
el infante
Don Carlos. Pidió en consecuencia nuevas instrucciones a París, aviniéndose a que en el entretanto quedase solo en Perpiñán como en prendas el infante Don Carlos.
Entra el rey
en España.
Pisó el 22 el territorio español S. M. Fernando VII, y parose el 23 en Figueras a causa de las muchas aguas que había cogido el Fluviá, furioso y muy aplayado. Suplicó en aquel día al rey el mariscal Suchet que se suavizase la suerte de los prisioneros, reiterando sus instancias para la vuelta a Francia de las diversas guarniciones de Cataluña y Valencia. Contestósele dándole buenas y seguras palabras en cuanto a lo primero, y extendiendo San Carlos en cuanto a lo segundo una promesa formal por escrito, en la que puso el rey de su (* Ap. n. [24-19].) puño al margen,[*] «Apruebo este oficio. Fernando.» Dícese si también ofreció entonces S. M. a dicho mariscal que le conservaría la propiedad de la Albufera de Valencia, que Napoleón le había donado en premio de la conquista de aquella ciudad.
Recibe Copons
al rey
en el Fluviá.
Habíase dispuesto a recibir al rey a su entrada en España Don Francisco de Copons, general del primer ejército, trasladando el 21 de marzo de Gerona a Báscara su cuartel general. Avisado de que S. M. se acercaba, colocó el Don Francisco sus tropas el día 24 al nacer del sol a la derecha del Fluviá. Lo mismo hicieron los jefes franceses en la orilla opuesta con las suyas, formando unas y otras vistoso anfiteatro. Oyéronse muy luego alternativamente en ambos campos salvas y músicas que retumbaban por el valle, y se mezclaron al ruido y algazara de los soldados y paisanos que acudieron a bandadas de las comarcas vecinas. Un saludo de nueve cañonazos precedido de un parlamento anunció la llegada del rey Fernando, quien a poco dejose ver en la ribera izquierda del Fluviá, acompañado de su tío el infante Don Antonio y del mariscal Suchet con alguna caballería. El jefe de estado mayor francés, Mr. Saint-Cyr Nugues, adelantose para poner en conocimiento del general español Don Francisco de Copons que iba a pasar S. M. el río, límite entonces de ambos ejércitos. Sucedió así, y al sentar el rey a hora de mediodía el pie en la margen derecha, solo ya con el infante su tío y la comitiva española, ofreciole Don Francisco de Copons, hincada la rodilla en tierra y con el acatamiento correspondiente, sus respetos, y pronunció un breve y gratulatorio discurso adecuado al caso, poniendo además en las reales manos un pliego cerrado y sellado que le había sido remitido por la Regencia del reino, conforme a lo que prevenía el artículo 3.º del decreto de 2 de febrero, bajo cuya cubierta venía una carta para S. M. informándole del estado de la nación con varios documentos y comprobantes adjuntos. Llegó entonces al mayor colmo la alegría y entusiasmo, dando los asistentes crédito apenas a sus ojos, viendo al rey entre ellos al cabo de seis años de ausencia y después de tropel tan grande de sucesos y portentos. Revistó en seguida S. M., acompañado del infante Don Antonio, las tropas que desfilaron por delante formadas en columna, aclamando los soldados unánimemente al rey con vivas de efusión verdadera, no prorrumpidos en virtud de mandato anterior y expreso.
Entra el rey
en Gerona.