Pasaban de 30.000 hombres, sin contar la guardia urbana, los que tenía Soult a sus órdenes, distribuidos como antes en tres grandes trozos bajo el mando de los generales Clauzel, D’Erlon y Reille, y repartidos estos en varias divisiones que se colocaron en torno de la ciudad y en sus fortificaciones y reductos. Excedían mucho a los franceses en número los aliados, bien que no favorecidos como los otros por sus estancias.

Batalla de Tolosa.

A las siete de la mañana del 10 de abril trabose la acción anunciada ya, empezando Sir Thomas Picton al frente de la tercera división por arrojar las avanzadas francesas de donde los canales de Languedoc y Brienne se juntan en un mismo álveo, y extendiéndose por su izquierda la división ligera bajo el barón Alten hasta dar con el camino de Albi, paraje destinado al ataque que se reservaba a los españoles. Habíanse estos movido al amanecer y encontrádose en la Croix-Daurade con el mariscal Beresford, quien se desvió allí tirando vía de Montblanc y Montaudran, para encargarse de los acometimientos concertados por aquella parte. Eran el punto principal de la embestida las colinas de Montrave y el Calvinet, en donde los franceses, haciendo cara al L’Hers, aguardaban a los aliados con sereno y fiero ademán. Correspondía a los españoles acometer la izquierda y centro de semejantes estancias, y a los de Beresford la derecha; recayendo por tanto sobre unos y otros el mayor y más importante peso de la batalla.

Marcharon con bizarría suma al ataque las divisiones españolas cuarta y provisional, regidas por Don José Ezpeleta y Don Antonio Garcés de Marcilla. Asistía también allí el general en jefe Don Manuel Freire, que llevaba a su lado, haciendo de segundo, a Don Pedro de la Bárcena y asimismo a Don Gabriel de Mendizábal, si bien este solo como voluntario. Fue de furioso ímpetu la primera acometida de los españoles que arrollaron a los franceses, y desalojaron del altozano de la Pujade, delantero de la posición enemiga, la brigada de Saint Paul perteneciente a la división del general Villatte, la cual, estrechada por los nuestros, tuvo que refugiarse en las líneas del reducto grande, que era el más robusto de los cinco construidos en las cumbres. Dueños los nuestros de la Pujade, plantaron allí la artillería portuguesa a las órdenes del teniente coronel Arentschild, y dejaron de reserva en el mismo paraje una brigada de la división provisional, manteniéndose detrás la caballería de Ponsonby. La otra brigada y la cuarta división dispusiéronse a proseguir en su avance, esta por la izquierda de la carretera de Albi, aquella en derechura contra dos reductos de los cinco de las colinas, situados en la parte septentrional, a saber; el grande ya nombrado, y el triangular, dicho así a causa de su figura. Mientras tanto había ido marchando el mariscal Beresford por el L’Hers arriba con las divisiones cuarta y sexta británicas, del cargo ambas de Sir Lowry Cole y de Sir Enrique Clinton, y continuado hasta el punto por donde debían sus fuerzas ceñir y abrazar la derecha enemiga. Luego que llegó aviso de estar Beresford pronto ya a realizar su ataque, emprendió Don Manuel Freire el suyo en el indicado orden. Aguardábanle fuerzas de Villatte y Harispe, y la división Darmagnac, aquellas en las líneas y reductos, la última emboscada entre estos y el canal, en unas almácigas y jardines, favorecidos los enemigos del terreno y de las fortificaciones, en cuya parte baja colocaron alguna artillería por disposición del general Tirlet, para que rasantes los fuegos causasen mayor estrago en nuestras filas. Metralla horrorosa, granadas, balas inundaron a porfía el campo y esparcieron el destrozo y la muerte por los batallones españoles que, serenos e impávidos, llevando a su cabeza al mismo general Freire, adelantaron sin disparar casi un tiro hasta gallardearse en el escarpe de las primeras obras de los enemigos, titubeantes y próximos a abandonarlas. Era dirigido dicho ataque contra los reductos. El otro de la carretera de Albi, auxiliar suyo, venturoso al comenzar, estrellose después contra fuegos muy vivos y a quemarropa, que de repente descubrieron los enemigos en el puente de Matabiau, conteniendo a los nuestros y haciéndolos vacilar en su marcha. Advirtiolo Soult, y no desaprovechó tan feliz coyuntura, lanzando contra la izquierda de los españoles al general Darmagnac, quien arrancó de su puesto dando una arremetida a la bayoneta que desconcertó a los nuestros, muy acosados ya y oprimidos con mortíferos y cruzados fuegos. Ciaron pues algunos atropelladamente en un principio; pero volvieron luego en sí, por acudir a sostenerlos en su repliegue la brigada española que había quedado de reserva en Pujade, y también algunos cuerpos portugueses de la división ligera del barón Alten, que se corrió hacia nuestro costado derecho, infundiendo tales movimientos respeto a los enemigos y causándoles diversión. Señaláronse entonces entre los nuestros unos cuantos húsares de Cantabria al mando de Don Vicente Sierra, y brilló extraordinariamente el regimiento de tiradores de igual nombre, que se mantuvo firme y denodado bajo los atrincheramientos enemigos hasta que Wellington mismo le mandó retirarse; dando ejemplo su valeroso coronel Don Leonardo Sicilia, quien pagó con la vida su noble y singular arrojo. Muchos y grandes fueron los esfuerzos de los caudillos españoles, y en especial los del general Freire, para contener al soldado e impedirle hacer quiebra en la honra, muchos los del lord Wellington, que voló en persona al sitio del combate acompañado de los generales D. Luis Wimpffen y Don Miguel de Álava, consiguiendo rehacer la hueste y ponerla en estado de despicarse y correr de nuevo a la lid. Pero, ¡ah!, ¡qué de oficiales quedaron allí tendidos por el suelo, o le coloraron con pura y preciosa sangre! Muertos fueron, además de Sicilia, Don Francisco Balanzat, que gobernaba el regimiento de la Corona, Don José Ortega, teniente coronel de estado mayor, y otros varios, contándose entre los heridos a los generales Don Gabriel de Mendizábal y Don José Ezpeleta, como también a Don Pedro Méndez de Vigo y a Don José María Carrillo, jefes los dos de brigada, con muchos más que no nos es dado enumerar, bien que merecedores todos de justa y eterna loa.

Afortunadamente reparábase a la sazón tal contratiempo por el lado de Beresford, a quien tocaba embestir la derecha enemiga. Había en efecto empezado este mariscal a desempeñar su encargo con tino y briosamente, acaudillando la cuarta y sexta división británicas del mando de Sir Lowry Cole y de Sir Enrique Clinton, cuyos soldados, formados en tres líneas, marchaban como hombres de alto pecho, sin que los detuviese ni el fuego violentísimo del cañón francés ni lo perdido de la campiña, llena en varios parajes con las recientes lluvias de marjales y ciénagas. Enderezose particularmente el general Cole contra la parte extrema de la derecha enemiga y contra el reducto de la Cepière allí colocado, al paso que el general Clinton avanzaba por el frente para cooperar al mismo intento. Sucedieron bien ambos ataques, alojándose los ingleses en las alturas y enseñoreándose del reducto dicho, que guarnecía con un batallón el general Dauture. Pero habiendo dejado los ingleses su artillería en la aldea de Montblanc por causa de los malos caminos, corrió algún tiempo antes de que llegase aquella y pudiesen ellos proseguir adelante; lo que también dio vagar a que reforzase el mariscal Soult su derecha con la división del general Taupin, la cual ya de antes se había aproximado a las colinas para sostener las operaciones que por allí se efectuasen. Vino pues sobre los aliados esta división y vinieron otras tropas, mas todo lo arrolló la disciplina y valor británico, quedando muerto el general Taupin mismo. Acometieron en seguida los ingleses los dos reductos del centro llamados Les Augustins y Le Colombier, y entrolos la brigada del general Pack, herido allí. En vano quiso entonces el enemigo recobrar por dos veces el de la Cepière, como clave de la posición: viose rechazado siempre, no restándole ya al francés en las colinas sino los dos reductos situados al norte. Hacia ellos se dirigieron los aliados victoriosos, caminando lo largo de las cumbres, y ayudándolos por el frente Don Manuel Freire, seguido de sus divisiones rehechas ya y bien dispuestas. Cedieron los enemigos y abandonaron reductos, atrincheramientos, todas sus obras en fin por aquella parte, y las dejaron en poder de las tropas aliadas, recogiendo solo la artillería que salvaron por un camino hondo que iba al canal.

Por su lado el general Picton, al propio tiempo que atacaban los de Beresford la derecha francesa, quiso también probar ventura con la tercera división aliada, tratando de apoderarse del puente doble o Jumeau en el embocadero del canal, y amagar al inmediato llamado de los Mínimos. Mas opúsosele y le rechazó el general Berlier, y herido este, Fririon; teniendo que ciar el inglés para evitar terrible fuego de fusilería y artillería que le abrasaba por su frente y flanco, no habiendo guiado aquí a su valor venturosa ni alegre estrella.

Distrajo durante la batalla el general Hill con sus fuerzas [en las que se comprendía una brigada de Morillo] al general Reille, que defendía con la división Maransin el arrabal de Saint Cyprien, y le arrojó de las obras exteriores, obligándole a refugiarse dentro de la antigua muralla.

A las cuatro de la tarde concluyose la acción, dueños los aliados de las colinas de Montrave o Calvinet, sojuzgada la ciudad con artillería que plantaron en las cumbres. Dio también orden a la misma hora el mariscal Soult al general Clauzel de no insistir en nuevos ataques contra el terreno perdido, y ceñirse a rodear solo con varias divisiones el canal de Ambos mares, escogido para servir entonces como de segunda línea. Fogueáronse, sin embargo, y aun se cañonearon hasta el anochecer por lo más extremo de la derecha francesa algunas tropas de los aliados provocadas a ello por otras de los enemigos.

Sangrienta y empeñada lid esta de Tolosa, en la que tuvieron de pérdida los anglo-hispano-portugueses 4714 hombres, a saber: 2124 ingleses, 1983 españoles y 607 portugueses. Presúmese no fue tanta la de los enemigos, abrigados de su posición; contaron, sin embargo, estos entre sus heridos a los generales Harispe, Gasquet, Berlier, Lamorandière, Baurot y Dauture.

Los habitantes de Tolosa, amedrantados, ocultáronse al principio en lo más escondido de sus casas; más animosos después, salieron de su retiro y se pusieron a contemplar la batalla desde los tejados y campanarios, adelantándose algunos hasta las líneas; pero suspensos y pendientes todos del progreso y conclusión de una refriega en la que les iba la vida, la hacienda, y quizá la honra. Mal estaban por eso con el mariscal Soult, a quien culpaban de haberlos comprometido y puesto en trance tan riguroso y duro.