Asalto dado
a la plaza.
Diose principio a la embestida el 6 de abril a las diez de la noche, y le dieron los ingleses con su habitual brío. Escalaron el castillo, y le entraron después de tenaz resistencia. Enseñoreáronse también del revellín de San Roque, y llegaron por el lado occidental hasta el foso de las brechas; mas se pararon, estrellándose contra la maña y ardor francés. Allí apiñados, desoyendo ya la voz de sus jefes, sin ir adelante ni atrás, dejáronse acribillar largo rato con todo linaje de armas y mortíferos instrumentos.
Apesadumbrado lord Wellington de tal contratiempo, iba a ordenar que se retirasen todos para aguardar al día, cuando le detuvo en el mismo instante el saber que Picton era ya dueño del castillo, e igualmente que sucediera bien el ataque que había dado una de las brigadas de la quinta división al mando de Walker, la cual, si bien a costa de mucha sangre, vacilaciones y fatiga, había escalado el baluarte de San Vicente y extendídose lo largo del muro. Incidente feliz que amenazando por la espalda a los franceses de las brechas, los aterró; y animó a los ingleses a acometerlas de nuevo y apoderarse de ellas.
Tómanla
los anglo-portugueses.
Lográronlo en efecto, y se rindió prisionera la guarnición enemiga. El general Philippon con los principales oficiales se recogió al fuerte de San Cristóbal y capituló en la mañana siguiente. Ascendía la guarnición francesa al principiar el sitio a unos 5000 hombres. Perecieron en él más de 800. Tuvieron los ingleses de pérdida, entre muertos y heridos, obra de 4900 combatientes: menoscabo enorme, padecido especialmente en los asaltos de las brechas.
Los franceses desplegaron en este sitio suma bizarría y destreza: los ingleses sí lo primero, mas no lo último. Probolo el mal suceso que tuvieron en el asalto de las brechas, y su valor en el triunfo de la escalada. Así les acontecía comúnmente en los asedios de plazas.
Maltratan
a los vecinos.
Trataron bien los ingleses a sus contrarios: malamente a los vecinos de Badajoz. Aguardaban estos con impaciencia a sus libertadores, y preparáronles regalos y refrescos, no para evitar su furia, como han afirmado ciertos historiadores británicos, pues aquella no era de esperar de amigos y aliados, sino para agasajarlos y complacerlos. Más de cien habitantes de ambos sexos mataron allí los ingleses. Duró el pillaje y destrozo toda la noche del 6 y el siguiente día. Fueron desatendidas las exhortaciones de los jefes, y hasta lord Wellington se vio amenazado por las bayonetas de sus soldados que le impidieron entrar en la plaza a contener el desenfreno. Restableciose el orden un día después con tropas que de intento se trajeron de fuera.
Gracias
concedidas.
Sin embargo, las Cortes decretaron gracias al ejército inglés, no queriendo que se confundiesen los excesos del soldado con las ventajas que proporcionaba la reconquista de Badajoz. Condecoró la regencia a lord Wellington con la gran cruz de San Fernando. Pusieron los ingleses la plaza en manos del marqués de Monsalud, general de la provincia de Extremadura.