El general Elío.

Pero quien más que todos imprimió impulso y determinado rumbo a los negocios, fue el capitán general de Valencia Don Francisco Javier Elío, desafecto a las reformas, y agraviado por lo que de él se dijo en las Cortes y en los diarios después de la segunda acción de Castalla. Habíale también desazonado entonces un acontecimiento ocurrido en aquellos días. Fue, pues, que al llegar a Valencia el infante Don Antonio, pasando aquel a cumplimentar a S. A., pidiole el santo por inadvertencia o de propósito para mostrar su aversión a las disposiciones de las Cortes, estando allí presente el cardenal arzobispo de Borbón. Lo que sucedió
con el cardenal
Borbón. Pero apenas había Elío soltarlo semejante palabra, cuando el prelado, tenido por hombre manso y sin hiel, alterose en extremo e increpole de ignorancia en el cumplimiento de su obligación, debiendo saber que a él solo como presidente de la Regencia tenía que dirigirse para pedir el santo. Quedaron todos atónitos de arranque tan inesperado en el cardenal, que no se aplacó sino a ruegos del mismo infante. Callose Elío y aguardó a que llegase el rey para despicarse y tomar venganza.

Sale Elío
a recibir al rey.

En efecto al aproximarse S. M. le salió al encuentro aquel general, y pronunció un discurso en el que no solo vertió amargas quejas en nombre de los ejércitos, sino que también suplicó al rey empuñase el bastón de general que llevaba, cuya señal de mando [decía Elío] adquiriría con eso valor y fortaleza nueva.

Lo mismo
al cardenal.

A poco encontrose también S. M. con el cardenal arzobispo cerca de Puzol, e imbuido ya malamente contra la persona de este, recibiole con ceño ofreciéndole la mano para que se la besase. Hay quien dice tardó el cardenal en ceder a semejante insinuación, creyendo se lo prohibía el decreto de las Cortes, y que Fernando le mandó claramente entonces que obedeciese y que le besase la mano; hay quien asienta por el contrario no haberse opuesto S. Ema. a los deseos del rey, no viendo en aquel acto sino una muestra de puro respeto conforme al uso. De todas maneras cosas eran estas que descubrían sobradamente lo que amagaba ya.

Entró por fin el rey en Valencia el 16, y al día siguiente pasó a la catedral a dar gracias al Todopoderoso por los beneficios que le dispensaba; presentándole aquella tarde el general Elío la oficialidad del ejército que mandaba, a la cual preguntó estando delante de S. M. «¿Juran VV. sostener al rey en la plenitud de sus derechos?» Respondieron todos: «Sí, juramos.» Y con eso empezó Fernando a ejercer en Valencia la soberanía sin miramiento alguno a lo que las Cortes habían resuelto; envalentonándose los adversarios de las reformas, y desbocándose del todo un papel subversivo que se publicaba en aquella ciudad bajo el título de Lucindo, o Fernandino, obra de un tal Don Justo Pastor Pérez, empleado en rentas decimales.

Representación
de los diputados
llamados Persas.

Tenían íntimo enlace con semejantes pasos y sucesos otras tramas que se urdían en Madrid a fin de empeñar a muchos diputados a que pidiesen ellos mismos la destrucción de las Cortes. Húbolos que tal osaron, principalmente de los que anduvieron mezclados en las marañas de Córdoba con el del Abisbal, y en las de Madrid, cuando quisieron algunos mudar de súbito la Regencia del reino. Hacía cabeza Don Bernardo Mozo Rosales, ya mencionado, quien acordó con otros compañeros suyos elevar a S. M. una representación enderezada al deseado intento. Llevaba esta la fecha de 12 de abril, y era una reseña de todo lo ocurrido en España desde 1808, como también un elogio [*] de (* Ap. n. [24-22].) «la monarquía absoluta...» [obra decíase en su contexto] «de la razón y de la inteligencia... subordinada a la ley divina...» acabando no obstante por pedirse en ella, «se procediese a celebrar Cortes con la solemnidad y en la forma que se celebraron las antiguas.» Contradicción manifiesta, pero común a los que se extravían, y procuran encubrir sus yerros bajo apariencias falaces. Llevaba la representación por principal mira alentar al rey a no dar su asenso ni aprobación a la nueva ley constitucional, ni tampoco a las otras reformas planteadas en su ausencia. Llamaron en el público a esta representación la de los Persas por comenzar del modo siguiente: «Era costumbre en los antiguos persas...» cláusula que pareció pedantesca y risible, como fuera de su lugar, y propio el nombre de un pueblo que los antiguos tenían por bárbaro, para ser aplicado a los autores de un papel que recordaba tales actos, y sostenía ideas rancias opuestas a las que reinaban en el siglo actual.

Fueron pocos los diputados que firmaron en un principio esta representación, creciendo el número hasta el de 69 al derribarse la Constitución; unos por temor, por ambición otros y bastantes por irse al hilo de la corriente del día. Tacharon los desapasionados de muy culpables a los autores y primeros firmantes, pues como colegas faltaron a los miramientos que debían a los otros diputados, y como hombres públicos a sus más sagradas obligaciones; no forzándolos nadie a permanecer en el asiento que ocupaban, ni a dar con su presencia y voto aunque fuese negativo, sello de aprobación y legitimidad, a lo que juzgaban nulo y hasta dañoso al orden social. Más excusables se presentaban los que firmaron después, rendidos al miedo o a flaquezas a que está tan sujeta la humanidad. Desapareció de las Cortes Don Bernardo Mozo Rosales, llevando en persona a Valencia la representación, entre cuyos nombres distinguíase el suyo como el primero de todos.