Buen recibo
en esta ciudad.
Llegaron el rey y Don Carlos a Zaragoza el 6 de abril, tiempo de Semana santa. Fueron recibidos allí ambos príncipes con indecible amor y entusiasmo, realzado uno y otro por el aparecimiento de Don José de Palafox, ídolo entonces muy reverenciado y querido de los habitadores. Mostrábase S. M. aquí todavía incierto sobre el partido a que se inclinaría en la parte política; pudiendo solo colegirse de algunas palabras que vertió, que no desaprobaba del todo lo que se había hecho durante su ausencia en punto a reformas. Sin embargo, aguijón grande era para que procediese a su antojo la adhesión sin límites que manifestaban los pueblos hacia su persona, y las insinuaciones y consejos extraviados que le venían de varias partes; muy diligentes en esta ocasión los enemigos de novedades, no menos que los descontentos de cualquiera linaje que con ellos se abanderizaban. Partió el rey de Zaragoza el 11, y llegó a Daroca aquel mismo día.
Junta en Daroca.
Estrechando el tiempo, afanábanse los que venían con el rey porque se tomase una determinación respecto de la conducta política que convenía se adoptase, celebrando al efecto una junta en la noche del 11, en la que se apareció el conde del Montijo. Fueron de dictamen todos los que allí concurrieron que no jurase el rey la Constitución, excepto solo Don José de Palafox, quien no pudiendo rebatir los argumentos de los demás y apurado ya, llamó en su ayuda a los duques de Frías y de Osuna, que habían acudido a Zaragoza a cumplimentar al rey y le seguían en el viaje. Juzgaba Palafox que su dictamen en la materia se arrimaría al suyo, y le daría gran peso por la elevada clase y riqueza de ambos duques y por su porte desde 1808; habiendo el de Frías, según ya hemos dicho, no desamparado nunca los estandartes de la patria, y expuéstose mucho el de Osuna por haberse fugado de Bayona en aquel año, no queriendo autorizar con su firma los escándalos que a la sazón ocurrían en la misma ciudad. Reunidos pues uno y otro a las personas que se hallaban ya en junta, sentó el de San Carlos la cuestión de si convendría o no que jurase el rey la Constitución. Opinó él mismo que no, mostrándose en especial muy contrario el conde del Montijo, abultando los riesgos y las dificultades que resultarían de la jura. Apartose de este parecer Don José de Palafox y le apoyó el duque de Frías, bien que respetando este los derechos que compitiesen al rey para introducir o efectuar en la Constitución las alteraciones convenientes o necesarias. Anduvo indeciso el de Osuna, separándose todos de la junta sin convenirse en nada; pero acordes en que antes de resolver cosa alguna acerca de semejante cuestión, se congregarían de nuevo. A pesar de eso determinó el rey pocos instantes después, siguiendo el consejo de San Carlos sugerido por el del Montijo, que sin tardanza y en derechura saldría este para Madrid, a fin de calar lo que tratasen allí los liberales, y de disponer los ánimos del pueblo a favor de las resoluciones del rey, cualesquiera que ellas fuesen, o más bien de pervertirlos; en lo que era gran maestro aquel conde, muy ligado siempre con gente pendenciera y bulliciosa.
Entrada
en Teruel.
Continuando S. M. el viaje a Valencia entró en Teruel el 13, en cuya ciudad, muy afecta a la Constitución, esmeráronse los habitantes en poner entre los ornatos escogidos para el recibimiento del rey, muchos alegóricos al caso, que miró S. M. atentamente y aun aplaudió, amaestrado desde la niñez en la escuela del disimulo. Hasta aquí había acompañado al rey en el viaje el capitán general de Cataluña Don Francisco de Copons y Navia, cuya presencia contuvo bastante a los que intentaban guiar al rey por sendero errado y torcido. Volvió el Don Francisco a su puesto, y con su ausencia no quedó apenas nadie al lado de S. M. de influjo y peso que balancease los consejos desacertados de los que aprisionaban su voluntad o le daban deplorable sesgo.
Junta en Segorbe.
El 15 llegaron Fernando y su hermano el infante a Segorbe y multiplicáronse allí las marañas y enredos, arreciando el temporal declarado contra las Cortes. Juntose en aquella ciudad con sus sobrinos el infante Don Antonio, viniendo de Valencia, en donde había entrado el 17 acompañado de Don Pedro Macanaz. Acudieron también a Segorbe el duque del Infantado y Don Pedro Gómez Labrador, procedentes de Madrid; quienes, en unión con Don José de Palafox y los duques de Frías, Osuna y San Carlos celebraron la noche del mismo 15 nuevo consejo, siempre sobre el consabido asunto de si juraría o no el rey la Constitución. No asistió Don Juan Escóiquiz, que se había adelantado a Valencia para avistarse con sus amigos, y sondear por su parte el terreno y los ánimos. Prolongose la reunión aquella noche hasta tarde, y ventilábase ya la cuestión, cuando se presentó como de sorpresa el infante Don Carlos. Frías y Palafox reprodujeron en la junta los dictámenes que dieron en Daroca. También Osuna, pero más flojamente, influido, según se creía, por una dama de quien estaba muy apasionado, la cual muy hosca entonces contra los liberales, amansó después y cayó en opinión opuesta y muy exagerada. Dijo el duque del Infantado; «Aquí no hay más que tres caminos; jurar, no jurar o jurar con restricciones. En cuanto a no jurar participo mucho de los temores del duque de Frías...» dando a entender en lo demás que expresó, aunque no a las claras, que se ladeaba a la última de las tres indicaciones hechas. Se limitó Macanaz a insinuar que tenía ya manifestado su parecer al rey, lo mismo que al infante, sin determinar cuál fuese. Otro tanto repitió San Carlos, perdiendo los estribos al especificar la suya Don Pedro Gómez Labrador, quien en tono alborotado y feroz votó «porque de ningún modo jurase el rey la Constitución, siendo necesario meter en un puño a los liberales...» con otras palabras harto descompuestas, y como de hombre poco cuerdo y muy apasionado. Disolviose no obstante la junta actual como la anterior de Daroca, esto es, sin decidirse nada en ella, pero sí descubriéndose ya cuál sería la resolución final.
Entrada del rey
en Valencia.
Al día inmediato 16 de abril pasó el rey a la ciudad de Valencia, adonde le habían precedido personas de partidos opuestos y de diversa categoría. Por de pronto, el cardenal arzobispo de Toledo Don Luis de Borbón, presidente de la Regencia, acompañado de Don José Luyando, ministro interino de estado, y de algunas personas de la misma secretaría. También Don Juan Pérez Villamil y Don Miguel de Lardizábal, ambos muy resentidos contra las Cortes y de grande influjo en las resoluciones que se tomaron en Valencia, si bien no tanto el último por la imposibilidad a que le redujo, durante algún tiempo, un vuelco que dio en el camino.