Volvamos ahora a Tolosa. Salieron de allí, según antes empezamos a referir, los coroneles Cook y Saint Simon, y encamináronse a los cuarteles de Soult y Suchet para informarles de las grandes mudanzas y acontecimientos ocurridos, como también para entregarles las órdenes del gobierno provisional establecido en París. No quiso por de pronto someterse el primero a lo que se le ordenaba, manifestando carecían tales nuevas y comunicaciones de la autenticidad debida; y solo añadió que entraría en un armisticio con los aliados, hasta recibir órdenes u avisos del emperador, si lord Wellington convenía en ello. Desechó el inglés la propuesta, creyéndola, por lo menos, intempestiva y fuera de su lugar. Avínose mejor Suchet, pues habiendo reunido los principales jefes de su ejército, decidió de conformidad con ellos reconocer el gobierno provisional de París y someterse a sus mandatos y resoluciones. Al saber el mariscal Soult esta determinación, forzoso le fue ceder y obrar al son de los demás.
Conclúyese
un armisticio
entre Wellington
y los mariscales
franceses.
Abriéronse en seguida y sin dilación tratos para una suspensión de armas, la cual se concluyó en los días 18 y 19 de abril entre los mariscales Soult y Suchet por una parte, y lord Wellington por otra, como general en jefe de todas las tropas aliadas. Celebráronse para ello dos convenios, exigiéndolo así el mariscal Suchet, que no quería reconocer ninguna supremacía en el otro, tenido por orgulloso y por de predominante condición. En consecuencia cesaron las hostilidades no solo en los ejércitos respectivos, sino también delante de las plazas bloqueadas, debiendo entregarse a los españoles en un breve término las que todavía estuviesen en poder del francés.
Finalizó aquí y de este modo la guerra gloriosa de la independencia peninsular, fecunda en acontecimientos varios, y muy instructiva para el militar y hombre de estado: habiéndose combinado en ella las operaciones regulares de sitios, marchas y peleas en los trances descompuestos, repetidos y azarosos de una lucha nacional y, por decirlo así, perdurable. Inmarcesibles lauros cogieron en el prolongado curso de tanto lidiar los diferentes ejércitos que tomaron parte; pero como naciones descollaron en el caso actual, y levantarán por ello siempre su cabeza erguida, Portugal y España, escenario vivo de perseverancia constante.
Asuntos políticos.
Mas al propio tiempo que cesaron honrosa y felizmente los estruendos bélicos, crecieron los políticos, cuyo retemblor y zumbido abrieron grietas por donde se atropellaron lástimas y desdichas. Pero necesario es para narrar lo acaecido en el asunto volver atrás y seguir en su viaje al rey Fernando VII a quien dejamos en Gerona con los infantes Don Carlos y Don Antonio. Salen el rey
y los infantes
de Gerona. Salieron de esta ciudad S. M. y AA. el 28 de marzo, yendo a Tarragona sin pasar por Barcelona; bien que así en esta plaza como en las demás en que aún se conservaba guarnición francesa, recibieron orden los gobernadores de no cometer hostilidad alguna al paso por ellas o sus cercanías de Fernando VII, y de tributar a S. M. los honores y obsequios que eran debidos a su augusta persona.
Llegan
a Tarragona
y Reus.
De Tarragona trasladáronse el rey y los infantes a Reus, en donde permanecieron el 2 de abril, no indicando nada hasta ahora el rumbo cierto que en lo político tomaría S. M. Generales, autoridades y pueblos habíanse conformado con lo dispuesto por las Cortes, y la familia real y sus consejeros tampoco se desviaban de ello, a lo menos en público. Verdad es que crecían los manejos y ofrecimientos reservados de descontentos y ambiciosos; pero sin difundirse por fuera, ni dar lugar más que a leves rumores y sospechas. Agrandáronse estas aquí en Reus. Según la ruta señalada por la Regencia con arreglo al decreto de 2 de febrero, tenía el rey que continuar su viaje siguiendo la costa del mediterráneo a Valencia, para de allí pasar a Madrid. Estábase en vía de dar cumplimiento a esta providencia, cuando la diputación provincial de Aragón, movida por sí o por sugestión ajena, dirigió a Don José de Palafox, que acompañaba al rey, una exposición gratulatoria pidiendo se dignase S. M. en su tránsito para la capital del reino honrar con su presencia a los zaragozanos, ansiosos de verle y contemplarle de cerca. Accedió Fernando a la súplica, ora que no quisiese este desairar a ciudad tan ilustre y tan merecedora de su particular atención, ora que mirasen sus consejeros aquella coyuntura como muy propicia para comenzar a romper las trabas que los ligaban, molestas en sumo grado y depresivas a su entender de la majestad real.
Va el rey
a Zaragoza.
Salió el rey de Reus el 3, y por Poblet encaminose a Lérida. Iba ya solo con su hermano Don Carlos, habiéndose quedado en la primera villa el infante Don Antonio, a causa de una indisposición leve y de estar resuelto a tomar en derechura el camino de Valencia.