Sale el rey
de Valencia.
Dispuesto todo en Valencia según los fines a que se tiraba, salió el rey de aquella ciudad el 5 de mayo, trayendo en su compañía a los infantes Don Carlos y Don Antonio, y escoltando a todos una división del segundo ejército regida por el general en jefe Don Francisco Javier Elío. Venían en la comitiva varios de los que se habían agregado en el camino, y los de Valençay, excepto Don Juan Escóiquiz, que desde Zaragoza ganaba siempre la delantera, haciendo de explorador oficioso. Recibieron al propio tiempo una real orden para regresar a Madrid el cardenal de Borbón y Don José Luyando, ignorando ambos del todo lo que de oculto se trataba; y sin que el último, según obligación más peculiar de su cargo, gastase mucho seso ni aun siquiera en averiguarlo.
Lo que ocurre
en el camino.
Fue acogido el rey en los pueblos del tránsito con regocijo extremado que rayó casi en frenesí, aunándose todavía para ello los hombres de todas clases y partidos. Enturbiaron sin embargo a veces la universal alegría soldados de Elío y gente apandillada de los antirreformadores, prorrumpiendo en vociferaciones y grita contra las Cortes, y derribando en algunos lugares las lápidas que con el letrero de Plaza de la Constitución se habían colocado en las plazas mayores de cada pueblo, conforme a un decreto promulgado en Cádiz a propuesta del señor Capmany, desacertado en verdad y que sirvió después de pretexto a parcialidades extremas para rebullir y amotinarse en rededor de aquella señal.
Diputación
de las Cortes
para ir a recibir
al rey.
Luego que supieron las Cortes que se acercaba el rey a Madrid, nombraron una comisión de su seno para que saliera a recibirle al camino y cumplimentarle. Componíase esta de seis individuos, teniendo a su frente a Don Francisco de la Dueña y Cisneros, obispo de Urgel, de condición algo instable, aunque no propenso a exageraciones ni destemplanzas. Encontró la diputación al rey en la Mancha y en medio del camino mismo, por lo que juzgó oportuno retroceder, para presentar a S. M. en el pueblo inmediato sus obsequiosos respetos y felicitaciones. Mas no lo consiguió, negándose el rey a darle allí audiencia, y mandando a sus individuos que aguardasen en Aranjuez, esquivando así todo contacto o ludimiento con la autoridad representativa, próxima ya a desplomarse, como todas las que se derivaban de ella.
Tal había sido la resolución acordada en Valencia, cuyo cumplimiento tuvo ya principio allí donde el rey estaba; mandando S. M. al cardenal de Borbón y a Don José Luyando que se retirasen ambos, yendo el primero destinado a su diócesis de Toledo, y el segundo, como oficial de marina, al departamento de Cartagena.
Prenden
en Madrid
a los regentes,
y a varios ministros
y diputados.
Casi a la propia sazón llevábanse también a efecto en Madrid providencias semejantes, aunque, si cabe, más inauditas en los anales de España. Fueron pues arrestados en virtud de real orden durante la noche del 10 al 11 de mayo los dos regentes Don Pedro Agar y Don Gabriel Ciscar, los ministros Don Juan Álvarez Guerra y Don Manuel García Herreros, y los diputados de ambas Cortes Don Diego Muñoz Torrero, Don Agustín Argüelles, Don Francisco Martínez de la Rosa, Don Antonio Oliveros, Don Manuel López Cepero, Don José Canga Argüelles, Don Antonio Larrazábal, Don Joaquín Lorenzo Villanueva, Don Miguel Ramos Arispe, Don José Calatrava, Don Francisco Gutiérrez de Terán y Don Dionisio Capaz. Estuvieron en igual caso el literato ilustre Don Manuel José Quintana, y el conde, hoy duque, de Noblejas, con su hermano y otros varios.
Procedió a ejecutar estas y otras prisiones Don Francisco Eguía, nombrado al propósito, de antemano y calladamente, por el rey capitán general de Castilla la Nueva; obrando bajo sus órdenes asistidos de mucha tropa y estruendo, con el título de jueces de policía, Don Ignacio Martínez de Villela, Don Antonio Alcalá Galiano, Don Francisco Leiva y Don Jaime Álvarez de Mendieta, diputados a Cortes algunos de ellos en las extraordinarias, y colegas por tanto de varios de los perseguidos. Negose a desempeñar encargo tan criminal y odioso Don José María Puig, magistrado antiguo, a quien ensalzó mucho ahora proceder tan noble como poco imitado. Fueron encerrados los presos en el cuartel de guardias de corps y en otras cárceles de Madrid, metiendo a algunos en calabozos estrechos y fétidos, sin luz ni ventilación, a manera de lo que se usa con forajidos o delincuentes atroces.