LIBRO VIGÉSIMO.
Campaña
de Salamanca.
Rumbo cierto, y que conducía a puerto más seguro y cercano, tomó ahora la guerra peninsular. Decidido lord Wellington a obrar activamente en lo interior de Castilla, constituyose, por decirlo así, centro de todos los movimientos militares, que si bien eran antes muchos y gloriosos, carecían de unión, y no estribaban en una base sólida, cual se requiere en la milicia para alcanzar prontos e inmediatos resultados.
Movimiento
de Wellington.
Empezó el general inglés su marcha, y levantó sus reales de Fuenteguinaldo el 13 de junio. Llevaba repartido su ejército en tres columnas; la de la derecha, mandada por el general Graham, tomó el camino de Tamames; la del centro, a cuyo frente se divisaba lord Wellington, el de San Muñoz; y se dirigió al de Sancti Spiritus la de la izquierda, mandada por Picton. Agregábase a la última la fuerza de Don Carlos de España, que formaba como una cuarta columna. El 16 se pusieron los aliados sobre el Valmuza, riachuelo a dos leguas cortas de Salamanca, cuya ciudad evacuó aquella noche el ejército enemigo yendo la vuelta de Toro, después de dejar unos 800 hombres en las fortificaciones erigidas sobre las ruinas de conventos y colegios que los mismos franceses habían demolido.
Fuertes
de Salamanca.
Tres eran los puntos fortalecidos que se contaban en Salamanca, defendiéndose uno a otro por su posición y distancia: el principal el de San Vicente, trazado en el sitio del colegio de benedictinos del propio nombre, que se hallaba colocado en el vértice del ángulo interior de la antigua muralla sobre un peñasco perpendicular al río. Habían los franceses tapiado y aspillerado las ventanas del edificio, y unídole por cada lado con el antiguo recinto, tirando unas líneas que amparaban foso y camino cubierto, con escarpas y contraescarpas revestidas de mampostería. No resultaba encerrado dentro de aquellas el ángulo entrante del convento, y por eso le cubrieron con una batería de fajinas, protegida de una pared o muro atronerado, que tenía además por delante una empalizada. A la distancia de 250 varas levantábanse los otros dos fuertes o reductos, el de San Cayetano y el de la Merced; el último, cercano al río. Llamábanse así por haberse formado con los escombros de dos conventos de la misma denominación, dispuestos por los franceses de manera que se convirtieron en dos fuertes con escarpas verticales, fosos profundos, y contraescarpas acasamatadas. Construyéronse varias obras a prueba de bomba, y otros reparos.
En el espacio intermedio de los puntos fortificados y en su derredor, como igualmente en otros parajes, habían derribado los franceses para despejar el terreno, o con otros intentos, muchos de los famosos edificios que adornaban a Salamanca. De veinticinco colegios, hubo veintidós más o menos arruinados, señaladamente los de Cuenca y Oviedo, fundación de los ilustres prelados Villaescusa y Muros; y el del Rey, magnífico monumento erigido en el reinado de Felipe II, según el plan del muy entendido arquitecto Juan Gómez de Mora. ¡Suerte singular y adversa! Que cuanto la piedad y la ciencia de los españoles había levantado en aquella ciudad, morada célebre del saber, casi todo fuese destruido o trastornado por la mano asoladora de soldados de Francia, nación por otra parte tan humana y culta.
Los ataca
Wellington.