Servían las fortificaciones allí construidas, no precisamente para reprimir a los habitadores de Salamanca, sino más bien para vigilar el paso del Tormes y su puente, antigüedad romana de las más notables de España. Como le dominaban los fuegos del enemigo, tuvieron los ingleses que pasar el río el día 17 por los vados del Canto y San Martín, asediando después e inmediatamente los fuertes; para cuyo objeto destinaron la sexta división del cargo del general Clinton. Al penetrar los aliados por la ciudad, prorrumpieron los vecinos en increíbles demostraciones de júbilo y alegría, no pudiendo contener sus pechos aliviados repentinamente de la opresión gravosa que los había molestado durante tres años. Corrían todos a ofrecer comodidad y regalos a sus libertadores; y a la hora del pelear hasta las mujeres anduvieron solícitas, sin distinción de clase, en asistir a los heridos y enfermos. Superabundaron a los aliados en Salamanca víveres y todo lo necesario, especialmente buena y desinteresada voluntad, muestra del patriotismo de Castilla que les causó profunda y apacibilísima sensación.

Los 800 franceses que guarnecían los fuertes habían sido entresacados de lo más granado del ejército, y sus jefes eran mirados como selectos: al paso que los aliados, azarosos en esto del sitiar, se sorprendieron al ver obras más robustas de lo que se imaginaban, hallándose por tanto desprevenidos para atacarlas, sin municiones ni tren correspondiente. Conociendo la falta, dieron modo de abastecerse de Almeida, principiando empero los trabajos y el fuego que continuaron hasta el 20, en cuyo día tornó a aparecer el mariscal Marmont, apoyada su derecha en el camino real de Toro, su izquierda en Castellanos de los Moriscos, y colocado el centro en la llanura intermedia. Los aliados se situaron enfrente, teniendo la izquierda en un ribazo circuido por un barranco, el centro en San Cristóbal de la Cuesta, y la derecha en una eminencia que hacía cara al Castellanos nombrado. Permanecieron en mutua observación ambos ejércitos el 20, 21 y 22, sin más novedad que una ligera escaramuza en este día.

Tomaron por su parte diversas precauciones los sitiadores de los fuertes, desarmaron las baterías, y pasaron los cañones al otro lado del río. Sin embargo el 22 levantaron una nueva, con intento de aportillar la gola del reducto de San Cayetano, y con la esperanza de apoderarse de esta obra, cuya ocupación facilitaría la toma de San Vicente, la primera y más importante de todas. Maltratado el parapeto y la empalizada de San Cayetano, resolvieron los sitiadores escalar el fuerte el 23, como asimismo el de la Merced, mas se les malogró la tentativa, pereciendo en ella 120 hombres y el mayor general Bowes.

En el propio día Marmont, que ansiaba introducir socorro en los fuertes, varió de posición tomando otra oblicua, de que se siguió quedar alojada su izquierda en Huerta de Tormes, su derecha en las alturas cerca de Cabezabellosa, y el centro en Aldearrubia. Lord Wellington, para evitar que al favor de este movimiento se pusiesen los enemigos en comunicación con los fuertes por la izquierda del Tormes, mudó también el frente de su ejército prolongando la línea, de forma que cubriese completamente a Salamanca, y pudiese ser acortada en breve, caso de una reconcentración repentina: se extendían los puestos avanzados a Aldealengua. El 24, antes de la aurora, 10.000 infantes franceses y 1000 jinetes cruzaron el Tormes por Huerta; contrapúsoles Wellington su primera y séptima división, que pasaron también el río, al mando de sir Thomas Graham, juntamente con una brigada de caballería: se apostó lo restante del ejército inglés entre Castellanos y Cabrerizos. Hora de mediodía sería cuando avanzó el enemigo hasta Calvarrasa de Abajo; mas vislumbrando a sus contrarios apercibidos, y que estos le seguían en sus movimientos, parose, y tornó muy luego a sus estancias del 23.

Se apodera
de ellos.

Entre tanto recibieron los ingleses el 26 las municiones y artillería que aguardaban de Almeida, y renovaron el fuego contra la gola del reducto de San Cayetano, en la que lograron romper brecha a las diez de la mañana del día siguiente: al propio tiempo consiguieron también incendiar, tirando con bala roja, el edificio de San Vicente.

En tal apuro, los comandantes de todos tres fuertes dieron muestra de querer capitular; pero sospechando Wellington que era ardid, a fin de ganar tiempo y apagar el incendio, solo les concedió cortos minutos para rendirse, pasados los cuales ordenó que sin tardanza fuesen asaltados los reductos de San Cayetano y la Merced. Se apoderaron los aliados del primero por la brecha de la gola, del segundo por escalada. Entonces el comandante del fuerte de San Vicente pidió ya capitular, y Wellington accedió a ello, si bien enseñoreado de una de las obras exteriores. Quedó prisionera la guarnición, y obtuvo los honores de la guerra. Cogieron los ingleses vestuarios y muchos pertrechos militares, pues los enemigos habían considerado por muy seguros aquellos depósitos, en cuyas obras habían trabajado cerca de tres años, y expendido sumas cuantiosas. Eran acomodados los fuertes para resistir a las guerrillas, comprimir cualquier alboroto popular, y evitar una sorpresa, no para contrarrestar el ímpetu de un ejército como el aliado. Después de la toma se demolieron por inútiles, lo mismo que otras obras que habían levantado los franceses en Alba de Tormes, de donde, escarmentados, sacaron a tiempo la guarnición. El mariscal Marmont, que no parecía sino que había acudido a Salamanca para presenciar la entrega de los fuertes, se alejó la noche del 27, llevando distribuida su gente en tres columnas, una la vuelta de Toro, las otras dos hacia Tordesillas. Al retirarse, pusieron fuego los franceses a los pueblos de Huerta, Babilafuente, Villoria y Villoruela: causaron estrago en los demás, y talaron y quemaron la cosecha que ofrecía rico y precioso esquilmo. Prosiguieron los ingleses en su marcha el 28 tras sus contrarios, y, poniéndose sobre el Trabancos, se alojó su vanguardia en la Nava del Rey.

Va Wellington
tras del ejército
de Marmont.

Tampoco se pararon aquí los franceses, juzgando prudente, antes de emprender cosa alguna, aguardar refuerzos de su ejército del Norte; por lo cual, hostigados de los ingleses, atravesaron el Duero en Tordesillas el día 2 de julio por su hermoso puente, de estructura, según se cree, del tiempo de los Reyes Católicos. Situáronse en esta nueva estancia, apoyando su derecha enfrente de Pollos, el centro en el mismo Tordesillas, y la izquierda en Simancas sobre Pisuerga. No desaprovechó Marmont aquí su tiempo, y tardando en llegar los refuerzos del ejército del Norte, viendo también que la superioridad inglesa consistía principalmente en su caballería, trató de aumentar la suya propia despojando de sus caballos a los que no correspondía tenerlos por ordenanza, y lo mismo a los que gozando de este derecho se hallaban con un número excedente de ellos, por cuyo medio aumentó su fuerza con más de 1000 jinetes. También se aumentó esta con la división de Bonnet, que se juntó al ejército francés el 7 de julio, viniendo de Asturias por Reinosa.

Movimientos
de los franceses
y de los ingleses
en el Duero.