El golpe disparado contra Don José O’Donnell hirió de rechazo a su hermano Don Enrique, conde del Abisbal,[1] regente del reino, quien agraviado de algunas palabras que se soltaron en la discusión, juzgó comprometido su honor y su buen nombre si no hacía dejación de su cargo, como lo verificó, por medio de una exposición que elevó a las Cortes.

[1] Nota. Del Abisbal. Escribimos así este nombre, porque comúnmente se firmaba de ese modo El conde del Abisbal. Mas el pueblo de donde tomó el título, en Cataluña, se escribe La Bisbal.

Varios diputados, especialmente los más distinguidos entre los de la opinión reformadora, se negaban a admitir la renuncia del Don Enrique, conceptuándole el más entendido de los regentes en asuntos de guerra, empeñado cual ninguno en la causa nacional, no desafecto a las mudanzas políticas y de difícil sustitución, atendida la escasez de hombres verdaderamente repúblicos. Se la admiten
las Cortes. Muchos de la parcialidad antirreformadora y los americanos fueron de distinto dictamen; estos llevados siempre del mal ánimo de desnudar al gobierno de todo lo que le diese brío y fortaleza, aquellos por creer al del Abisbal hombre de partes aventajadas y de arrojo bastante para abalanzarse por las nuevas sendas que se abrían a la ambición honrosa. Hubo también diputados que sensibles por una parte a lo de Castalla, de cuya infeliz jornada achacaban alguna culpa a Don Enrique por el tenaz empeño de conservar a su hermano en el mando, y enojados por otra de que se mostrase tan poco sufrido de cualquier desvío inoportuno, o personalidad ofensiva que hubiese ocurrido en la discusión, se arrimaron al dictamen de los que querían aceptar la dimisión que voluntariamente se ofrecía; lo cual se verificó por una gran mayoría de votos en sesión celebrada en secreto. Esta resolución apesadumbró al conde del Abisbal, quien, arrepentido de la renuncia dada, hizo gestiones para enmendar lo hecho. A este fin nos habló entonces el mismo conde; mas era ya tarde para borrar en las Cortes el mal efecto que había producido su exposición poco meditada.

Nómbrase
regente
a Don Juan
Pérez Villamil.

Nació discordancia en los pareceres acerca de la persona que debería suceder al conde del Abisbal, distribuyéndose los más de los votos entre Don Juan Pérez Villamil y Don Pedro Gómez Labrador, recién llegados ambos de Francia, en donde los habían tenido largo tiempo mal de su grado. El primero volvía con permiso de aquel gobierno; el segundo escapado y a escondidas de la policía imperial. Humanista distinguido Villamil y erudito jurisconsulto al paso que magistrado íntegro y adicto a la causa de la independencia, como autor que fue, según apuntamos, del célebre aviso que dio el alcalde de Móstoles en 1808 a las provincias del mediodía, disfrutaba de buen concepto entre los ilustrados, realzado ahora con su presentación en Cádiz. Pues si bien tornó a Madrid de Francia con la correspondiente licencia de la policía, y bajo el pretexto de continuar una traducción que había empezado años antes del Columela, mantuvo intacta su reputación y aun la acreció con haber usado de aquel ardid solo para correr a unirse al gobierno legítimo. No obstante, los que tuvieron ocasión de tratarle a su llegada a Cádiz advirtieron la gran repugnancia que le asistía en aprobar las innovaciones hechas, y su inalterable apego a rancias doctrinas y a la gobernación de los consejos, tan opuestos a las Cortes y sus providencias. Por eso, desconfiando de él la parcialidad reformadora, no pensó en nombrarle sino que al contrario fijó sus miras en Don Pedro Gómez Labrador, a quien se reputaba hombre firme después de las conferencias de Bayona, en las que, según dijimos, tuvo intervención, y se le creía además sujeto de luces e inclinado a ideas modernas; principalmente viendo que le sostenían sus antiguos condiscípulos de la universidad de Salamanca, de que varios eran diputados, y alguno como Don Antonio Oliveros, tan amigo suyo que meses antes anduvo allegando dineros en Cádiz para facilitarle la evasión y el costo del viaje. El tiempo probó lo errado de semejante juicio.

Jura Villamil.

Disputose de consiguiente la elección; pero vencieron en fin los antirreformadores, quedando electo regente, aunque por una mayoría cortísima, Don Juan Pérez Villamil, quien tomó posesión de su dignidad el 29 de septiembre de este año de 1812. La experiencia acreditó muy luego que el partido liberal no se había equivocado en el concepto que de él formara, bien que al prestar Villamil en el seno de las Cortes el juramento debido, (* Ap. n. [20-8].) manifestó entre otras cosas [*] «que le alentaba la confianza de que le facilitaría su desempeño en tan ardua carrera el rumbo señalado ya de un modo claro y distinto por los rectos y luminosos principios del admirable código constitucional que las Cortes acababan de dar a la nación española.» Expresiones que salieron solo de los labios, y cuya falsía no tardó en mostrarse.

Expedición
anglo-siciliana.

Volvamos a Valencia. Allí, en medio de la aflicción que produjo el desastre de Castalla, repusiéronse los ánimos con la pronta llegada de la expedición anglo-siciliana ya enunciada. Había salido de Palermo en junio: constaba de 6000 hombres, sin caballería, a las órdenes del teniente general Tomás Maitland, y la convoyaban buques de la escuadra inglesa del Mediterráneo, bajo el mando del contralmirante Hallowell. Arribó a Mahón a mediados del propio mes. Se le junta
la división
de Whittingham. Debía reunírsele, como lo verificó, la división que formaba en Mallorca el general Whittingham, de composición muy varia y no la más escogida, cuya fuerza no pasaba de 4500 hombres. Tomadas diferentes disposiciones, y juntas todas las tropas, salió de nuevo la expedición a la mar en los últimos días de julio, y ancló el 1.º de agosto en las costas de Cataluña hacia la boca del Tordera.

Dio señales Maitland de querer desembarcar, pero dejó de realizarlo, conferenciado que hubo con Eroles, quien se acercó allí autorizado por el general en jefe Don Luis Lacy. Temían los jefes del principado no llamase sobradamente la atención del enemigo la presencia de aquellas fuerzas, en especial siendo inglesas, y preferían continuar guerreando solos como hasta entonces, a recibir auxilio extraño; por lo cual aconsejaron a Maitland dirigiese el rumbo a Alicante, cuya plaza pudiera ser amenazada después de lo acaecido en Castalla. Desembarca
la expedición
en Alicante. Pareciéronle fundadas al general inglés las razones de los nuestros, y levando el ancla surgió el 9 de agosto con su escuadra en Alicante, saltando sus tropas en tierra al día siguiente.