Acaudillaba a estos en su descontento Don Francisco Ballesteros,[2] quien abiertamente trató de desobedecer al gobierno. Capitán general de Andalucía, encontrábase a la sazón en Granada al frente del cuarto ejército, y mal avenido en todos tiempos con el freno de la subordinación, gozando de cierta fama y popularidad, pareciole aquella acomodada coyuntura de ensanchar su poder y dar realce a su nombre, lisonjeando las pasiones del vulgo, opuestas en general al influjo extranjero.

[2] Nota. Hemos escrito siempre el apellido de Ballesteros con B, con arreglo a la verdadera ortografía de su procedencia, seguida por todos los periódicos de aquel tiempo. Sin embargo, este general se firmaba Vallesteros, con V.

Descubrió a las claras su intento en un oficio dirigido al ministro de la guerra con fecha 23 de octubre, en cuyo contenido, haciendo inexacta y ostentosa reseña de sus servicios en favor de la causa de la independencia, antes y después del 2 de mayo de 1808, que se hallaba en Madrid, y no hablando con mucha mesura de la fe inglesa, requería que antes de conferir el mando a lord Wellington, se consultase en la materia a los ejércitos nacionales y a los ciudadanos, y que si unos y otros consintiesen en aquel nombramiento, él aun así y de todos modos se retiraría a su casa, manifestando en eso que solo el honor y bien de su país le guiaban, y no otro interés ni mira particular. Dañoso tan mal ejemplo, si hubiera cundido, no tuvo afortunadamente seguidores, a lo que contribuyó una pronta y vigorosa determinación de la Regencia del reino, Se le separa
del mando. la cual, resolviendo separar del mando a Ballesteros, envió a Granada para desempeñar este encargo al oficial de artillería Don Ildefonso Díez de Ribera, hoy conde de Almodóvar, el cual, ya conocido en el sitio de Olivenza, había pasado últimamente a Madrid a presentar de parte del gobierno a lord Wellington las insignias de la orden del Toison de oro. Iba autorizado Ribera competentemente con órdenes firmadas en blanco para los jefes, y de las que debía hacer el uso que juzgase prudente. Era segundo de Ballesteros Don Joaquín Virués, y a falta del general en jefe recaía en su persona el mando según ordenanza; mas no conceptuándose sujeto apto para el caso, echose mano del príncipe de Anglona, de condición firme y en sus procederes atinado, quien todavía se mantenía en Granada, si bien pronto a separarse de aquel ejército, disgustado con Ballesteros por sus demasías. Avistáronse el príncipe y Ribera, y puestos de acuerdo, llevaron a cumplido efecto las disposiciones del gobierno supremo. Para ello apoyáronse particularmente en el cuerpo de guardias españolas, sucediendo que las otras tropas, aunque muy entusiasmadas por Ballesteros, luego que vislumbraron desobedecía este a la Regencia y las Cortes, abandonáronle y le dejaron solo. Intentó Ballesteros atraerlas, pero desvaneciéndosele en breve aquella esperanza, sometiose a su adversa suerte, y pasó a Ceuta, a donde se le destinó de cuartel. En el camino no se portó cuerdamente, dando ocasión con sus importunas reclamaciones, tardanzas y desmanes a que no se desistiese de proseguir contra él una causa ya empezada, la cual a dicha suya no tuvo éxito infausto, tapando las faltas hasta el mismo príncipe de Anglona, quien en su declaración favoreció a Ballesteros generosamente. La Regencia, sin embargo, graduó el asunto de grave, y publicó con este motivo en diciembre un manifiesto especificando las razones que había tenido presentes para separar del mando del cuarto ejército a aquel general, de suyo insubordinado y descontentadizo siempre. Cierto que la popularidad de que gozaba Ballesteros, y el atribuir muchos su desgracia al ardiente deseo que le asistía de querer conservar intactos el honor y la independencia nacional, eran causas que reclamaban la atención del gobierno para no consentir se extraviase sin defensa la opinión pública. Adornaban a Ballesteros, valeroso y sobrio, prendas militares recomendables en verdad, mas oscurecidas algún tanto con sus jactancias y con el prurito de alegar ponderados triunfos que cautivaban a la muchedumbre incauta. Creíala dicho general tan en favor suyo que se imaginó no pendía más de tener universal séquito cualquiera opinión suya que de cuanto él tardase en manifestarla. Pone también maravilla que hubiera quien sustentase que en conferir el mando a Wellington se comprometía el honor y la independencia española. Peligra esta y se pierde aquel, cuando un país se expone irreflexivamente a una desmembración, o concluye estipulaciones que menoscaban su bienestar o destruyen su prosperidad futura. En la actualidad ni asomo había de tales riesgos, y cuando estos no amagan, todos los pueblos en parecidos casos han solido depositar su confianza en caudillos aliados. La Grecia antigua vio a Temístocles sometido al general de Esparta tan inferior a él en capacidad y militares aciertos. Capitaneó Vendôme las armas aliadas hispano-francesas en la guerra de sucesión, y en nuestros días el mismo Wellington ha tenido bajo sus órdenes los ejércitos de las principales potencias de Europa, sin que por eso resultase para ellas desdoro ni mancilla alguna.

Continúa el sitio
del castillo
de Burgos.

A la insubordinación y desobediencia de Ballesteros acompañó también el malograrse la toma del castillo de Burgos. Dejamos allí a los ingleses dueños del hornabeque de San Miguel, preliminar necesario para continuar las demás acometidas. Establecieron en seguida una batería por el lado izquierdo del hornabeque, decidiendo lord Wellington, aun antes de concluirla, escalar el recinto exterior en la noche del 22 al 23 de septiembre. Frustrose la tentativa, y entonces hicieron resolución los anglo-portugueses de continuar sus trabajos, queriendo derribar por medio de la mina los muros enemigos. Abrieron al efecto una comunicación que arrancaba del arrabal de San Pedro, y convirtieron en una paralela un camino hondo colocado a 50 varas de la línea exterior. En la noche del 29 jugó con poco fruto la primera mina, siendo rechazados los aliados en el asalto que intentaron. No por eso desistieron todavía de su empresa, y con diligencia practicaron una segunda galería de mina, también enfrente del arrabal de San Pedro. Lista ya esta el 4 de octubre, se puso fuego al hornillo; habíase apenas verificado la explosión cuando ya coronaban las brechas las columnas aliadas. Fue en el trance gravemente herido el teniente coronel de ingenieros Jones, diligente autor de los sitios de estas campañas.

Alojados los ingleses en el primer recinto, comenzaron a cañonear el segundo, y a practicar al propio tiempo un ramal de mina que partía desde las casas cercanas a San Román, antes iglesia, ahora almacén de los franceses. La estación mostrábase lluviosa e inverniza, y las balas de a 24 no dejaban ya de escasear para los sitiadores. Descércanle
los aliados. Sin embargo, juzgando estos accesible la brecha del segundo recinto, le asaltaron el 18 de octubre, mas con éxito desgraciado y a punto que los desalentó en gran manera. Por eso, y porque los movimientos del enemigo ponían en cuidado a lord Wellington, determinó este descercar el castillo, como lo verificó el 22 del propio mes a las cinco de la mañana, sin conseguir tampoco, según intentó, la destrucción del hornabeque de San Miguel.

Bien preparados los ingleses, hubieran debido tomar los fuertes de Burgos en el espacio de solo 8 días. Disculparon su descalabro con la falta de medios, y con no haber calculado bastantemente la resistencia con que encontraron. Mas entonces ¿para qué emprender un sitio tan inconsideradamente?

Movimientos
de los franceses.

Eran de gravedad los movimientos que forzaron a lord Wellington a alejarse de Burgos. Verificábanlos los ejércitos franceses del Mediodía y Centro y los llamados de Portugal y el Norte. Los primeros pusiéronse en marcha luego que en Fuente la Higuera celebró el rey José una conferencia con los mariscales Jourdan, Soult y Suchet. Hizo este grandes esfuerzos para que no se evacuase a Valencia, y lo consiguió; revolviendo solo sobre Madrid por Cuenca y por Albacete las tropas de los otros mariscales.

De José
sobre Madrid.