LIBRO VIGÉSIMO SEGUNDO.


Estado en Europa
de las potencias
beligerantes.

Había cesado algún tanto en el invierno de 1813 el ruido de las armas, harto estrepitoso en el otoño y estío anteriores, así por el norte como por el mediodía de la Europa; conviniendo a todos hacer pausa en los combates, para cobrar aliento y emprender de nuevo otras campañas.

Vencido Napoleón en Rusia, y destrozadas sus huestes por el furor de los hombres y la cruda inclemencia del cielo, hallábase de regreso en París al terminar del año de 1812, y menester le era cierto respiro para reponerse de sus descalabros, y allegar medios con que hacer frente, no solo ya a las numerosas tropas regladas y tribus bárbaras que poco ha le habían acosado hasta el Berezina, sino también a casi todas las demás potencias de Europa que, segregándose de la alianza francesa, se confederaban entre sí, queriendo vengar injurias pasadas, y asegurar su independencia tan en riesgo antes y a la continua. El estado que todavía tenían los asuntos políticos y militares obligaba a la Rusia a caminar despacio, y a no internarse ligeramente en el riñón de Europa, esperando se le uniesen los pueblos y gobiernos de Alemania, que unos y otros procedían de conformidad en la ocasión actual. Verificolo en febrero el rey de Prusia, meses después el emperador de Austria, agrupándose en seguida alrededor de ambos monarcas, como más grandes y poderosos, otros príncipes y estados inferiores en importancia. Así podía de firme y confiadamente la Rusia continuar en su marcha progresiva y triunfal, sin temor de que la incomodasen por la espalda, e interrumpiesen sus comunicaciones las fuerzas francesas que ocupaban aún las respetables plazas que amparan los países y riberas del Vístula, Oder y Elba.

En España.

No menor necesidad teníamos en España de tomar descanso, porque si bien se había señalado la campaña última por sus agigantados pasos hacia un feliz remate, preciso era para empujar al enemigo más allá, y aun arrojarle del otro lado del Pirineo, obrar al son de los intentos y operaciones de las potencias beligerantes del norte, y dar lugar a que Wellington reparase las pérdidas que experimentó en su retirada, como también a que los españoles uniformasen sus ejércitos, e introdujesen en ellos mayor disciplina y orden.

Siguiose pues este plan, huyendo de empeñar acciones campales y reñidas contiendas antes de asomar el verano, y contentándose con lidiar a veces en aquellas comarcas, en donde mezclados y sin distinción dominaban todavía soldados amigos y enemigos. Por tanto mantuviéronse en lo general quietos durante el invierno los ejércitos aliados, no separándose de sus respectivas provincias y estancias.

Ejército
anglo-portugués.