Expedición aliada
sobre Tarragona.
Obstáculos estos que impedían a los españoles y anglo-sicilianos obrar cual quisieran y con arreglo al bien entendido plan de campaña de Wellington, quien había ordenado se distrajese por allí a los franceses para obligarlos a mantener siempre unidas sus fuerzas de levante, sin consentir destacasen ninguna del lado de Navarra. En cumplimiento de semejante mandato, y pasando por cima de dificultades, determinaron los jefes aliados amagar y aun acometer al enemigo por varios y distantes puntos, enviado una expedición marítima a las costas de Cataluña al mismo tiempo que los ejércitos españoles segundo y tercero atacasen por frente y flanco la línea del Júcar, de manera que se pusiese a Suchet en el estrecho o de abandonar a la suerte el Ebro y las plazas cercanas, o de enflaquecer, queriendo ir en socorro suyo, las fuerzas que defendían y afianzaban la dominación francesa en el reino de Valencia.
Por más que se intentó preparar la expedición a las calladas, traslució Suchet lo que había, y de consiguiente púsose muy sobreaviso. Lista aquella, embarcáronse las tropas en número de 14.000 infantes y 700 caballos, todos de los anglo-sicilianos y de la división española de Whittingham, a las órdenes unos y otros de Sir Juan Murray. Dieron a la vela desde Alicante el 31 de mayo, dirigiendo el convoy y escuadra el contralmirante británico Hallowell. Hicieron rumbo los buques a las aguas de Tarragona, y surgieron en la tarde del 2 de junio frente a Salou, puerto poco distante de aquella ciudad.
Efectuose el 3 muy ordenadamente el desembarco, y ante todo destacó Murray una brigada a las órdenes del teniente coronel Prevost para apoderarse del castillo del Coll de Balaguer, que sojuzgaba el camino que va a Tarragona, único transitable para la artillería. Cooperó al ataque con cuatro batallones Don Francisco de Copons y Navia, general en jefe del primer ejército, quien advertido de antemano de la expedición proyectada, se arrimó a la costa, ocupando ya a Reus cuando aquella anclaba. Fue embestido vivamente el castillo el 5, y tomado el 7, amedrentada la guarnición francesa de solos 80 hombres con la explosión de un almacén de pólvora y las pérdidas que se siguieron.
Mientras tanto, aproximose a Tarragona el general Murray, y determinó acometer la plaza por poniente, lado más flaco y preferible para la embestida, que favoreció Copons colocándose en el camino de Altafulla con objeto de interceptar los socorros que pudieran enviarse de Barcelona.
Continuaba mandando en Tarragona por parte de los franceses el general Bertoletti, quien, lejos de acobardarse por lo que le amagaba, tomó bríos y convenientes disposiciones, rehabilitando varias obras anteriores arruinadas y aun demolidas en parte después del primer sitio. Al contrario Murray, que si bien se mostró valeroso, a manera de los de su nación, careció de tino y de suficiente serenidad de ánimo. Necesitábase en el caso usar de presteza y enseñorearse de la plaza casi de rebate; pero diéronse largas, y sin unión y flojamente se comenzó y siguió el ataque, teniendo espacio los contrarios para aumentar sus defensas y aguardar a los socorredores que se acercaban.
No anduvo al efecto perezoso el mariscal Suchet, pues dejando en el Júcar al general Harispe, marchó con fuerzas considerables la vuelta de Tarragona, presentándose ya su vanguardia el 10 de junio en el Perelló. También llegaron el 11 a Villafranca, procedentes de Barcelona, 8000 hombres que traía el general Maurice Mathieu, anunciando además que venía tras él Decaen con el grueso del ejército de Cataluña.
Se desgracia.
Recibió avisos Murray de estos movimientos, y aunque próximo a asaltar el mismo día 11 una de las obras exteriores más importantes, azorose de modo que sin dar oídos a consejo alguno determinó reembarcarse y abandonar la artillería de sitio y otros aprestos, antes de empeñarse en acción campal que creía arriesgada. Y como se requiriesen tres días para poner a bordo la expedición entera, empezó Murray a verificarlo desde el día 12. Notaron los franceses de la plaza, asomados a los muros, lo que ocurría en el campo de los aliados, y apenas daban crédito a lo que con sus propios ojos veían, temiendo fuese ardid y encubierta celada, por lo que permanecieron quietos dentro y muy recogidos.
Sir Juan se embarcó el mismo día 12 por la tarde, dirigiendo parte de la caballería y artillería con alguna fuerza más al Coll de Balaguer para destruir el castillo y sacar a los que le guarnecían. A la sazón avanzaba Suchet por aquel lado, y tropezando con los ingleses y descubriendo no lejos la escuadra, ignorante de lo que pasaba, admirose; y no encontrando explicación ni salida a cuanto notaba, suspendió el juicio, y en la duda echose atrás vía del Perelló.