Quería Suchet aprovechar la coyuntura propicia que le ofrecía el malogro de la expedición sobre Tarragona, y ya empezaba a verificarlo, no solo adelantándose por el lado del Júcar, según acabamos de ver, sino también aventando de hacia Requena y Liria gente de Elío allí avanzada y la división de Villacampa que maniobraban por aquella parte para favorecer las operaciones de la línea del Júcar, y estrechar por el flanco derecho a los franceses de Valencia. Animoso Suchet ahora con su buena ventura en Cataluña, nada le hubiera arredrado ya en la ejecución de sus intentos, si no hubiera venido a desvanecerlos la noticia de la batalla de Vitoria, y la de haber repasado los Pirineos José y su ejército muy mal parados. Con tales nuevas suspendiolo todo, y resolvió desamparar a Valencia, retirándose camino de las orillas del Ebro.
Tiempo atrás el ministro de la guerra de Francia habíale indicado conservase sus conquistas tenazmente, dando lugar a que libre Napoleón en el norte de compromisos y estorbos, pudiese acudir a lo de España. Tal era el anhelo de Suchet, muy apesarado de abandonar a Valencia, en donde poseía opulentos estados y de cuya tierra considerábase señor y régulo. Por eso determinó mantener ciertos puntos fortificados como medio de facilitar a su vez nuevas invasiones y aun la reconquista.
Evacúa Suchet
la ciudad.
El 5 de julio evacuó a Valencia el mariscal francés, casi al cumplirse los 18 meses de ocupación. Iba al frente de sus columnas con dirección a Murviedro, haciendo la retirada por escalones, e inclinándose a Aragón; todo muy ordenadamente. Tan luego como se verificó la salida entró en la ciudad Don Francisco Javier Elío, viniendo de Requena, lo mismo que la división de Don Pedro Villacampa, con alguna caballería y la gente del brigadier Don Francisco Miyares.
Al retirarse, arruinó Suchet en Valencia las obras que había construido, más para enfrenar desmanes de la población que para defender la ciudad contra ataques exteriores. No dejó, por tanto, allí ningún punto fortalecido. Al mediodía, y más avanzado, guardó el reducido castillo de Denia con 120 hombres, al mando del jefe de batallón Bin. Metió en el de Murviedro, o sea Sagunto, 1200 a las órdenes del general Rouelle, con vituallas para un año, reparados sus muros y muy aumentados. Tampoco desamparó a Peñíscola, punto marítimo no despreciable, y púsole al cuidado del jefe de batallón Bardout, con 500 hombres. Igualmente dejó 120 bajo del capitán Boissonade en el castillejo de Morella, que atalayaba el camino montuoso y de herradura que viene de Aragón, y por donde podía en todo tiempo embocarse dentro del reino de Valencia un cuerpo de infantería a la ligera y sin cañones. Daba fuerza y servía como de apoyo a esta ocupación la plaza de Tortosa, de cuya importancia persuadido Suchet, aumentó la guarnición hasta con 4500 hombres, poniendo a su cabeza al general Robert, militar de su confianza.
Prosigue
su retirada.
Inclinose Suchet en su retirada, conforme apuntamos, hacia Aragón, noticioso de que Clauzel, apremiado por las circunstancias, se alejaba y metía en Francia, dejando su artillería en Zaragoza bajo la custodia del general Paris. Libertar a este, amenazado por Mina y Durán, y cubrir los movimientos de las demás tropas que en Aragón había, fueron causa del rodeo o desvío que en su camino hizo aquel mariscal. Consiguió así que se reuniese a Musnier, que caminaba por el país montuoso, una brigada de la división de Severoli apostada en Teruel y Alcañiz, cuyos castillos, al ser evacuados, fueron destruidos también. Y juntos todos cayeron el 12 de julio hacia Caspe, alojando Suchet entonces su derecha en este pueblo, su centro en Gandesa y su izquierda en Tortosa.
Tenía asimismo orden el general Paris de abandonar a Zaragoza y de arrimarse a Mequinenza, caso de que pudiese ejecutar semejante movimiento libre de compromisos y desahogadamente. Deseos de verificarlo sin desprenderse de un grueso convoy, y la proximidad de Durán y Mina pusieron a la ejecución insuperables estorbos. Dejamos al último de los expresados caudillos no lejos de Zaragoza, y allí permanecía a 2 leguas, en el pueblo de Casetas, teniendo fuerza en Alagón, y en Pedrola a Don Julián Sánchez, cuando el coronel Tabuenca, enviado por el general Durán, que se hallaba en Ricla, vino a avistarse con él y proponerle atacar a Zaragoza, obrando ambos mancomunadamente. No se mostró Mina al principio muy propicio, ya porque no le pareciese fácil lo que se proyectaba, ya porque no le gustase tener en el mando compañeros, y menos rivales. Solo al fin, y después de largo conferenciar, avínose y ofreció concurrir a la empresa. Pero antes los enemigos, que se preparaban a abandonar la ciudad, queriendo encubrir su intento, adelantáronse en busca de los nuestros. Fue Mina con quien encontraron, y viéronse rechazados, haciendo también estrago en ellos por el flanco y del lado del puente de la Muela el coronel Tabuenca asistido de su regimiento. Avanzó este a la Casa Blanca y Monte Torrero, y Mina a las alturas de la Bernardona, alejándose los franceses de aquellos puestos sin resistencia. Intentó, a pesar de eso, Paris nueva arremetida, que Mina repelió sustentado por el mismo Tabuenca y los lanceros de Don Julián Sánchez, escarmentando a los enemigos con pérdida de más de 200 hombres. Allí se le juntó Durán, habiendo ocurrido estos acontecimientos en los días 5, 6 y 7 de julio.
Evacúan
los franceses
a Zaragoza.
Pensaron entonces los nuestros apoderarse por fuerza de Zaragoza, aunque todavía reacio Mina; y apercibíanse a verificarlo cuando recibieron aviso de que los enemigos desamparaban la ciudad. Era en efecto así; saliendo toda la guarnición francesa y sus parciales al caer de la tarde del 8, con numeroso convoy de acémilas y carruaje, de grande embarazo para una marcha que tenía que ser rápida y afanosa. Solo dejaron 500 hombres al mando del jefe Roquemont en la Aljafería, y volaron un ojo del puente de piedra, con deseo de retardar el perseguimiento de los nuestros.