Medidas
que toma Soult.

Posesionose del nuevo cargo aquel mariscal el 12 del propio mes en San Juan de Pie de Puerto, y refundió en uno solo los diversos ejércitos que antes se apellidaran del Norte, Portugal, Mediodía y Centro, denominando al formado ahora ejército de España, y distribuyéndole en nueve divisiones repartidas en tres grandes trozos, a saber: el de la derecha a las órdenes del conde de Reille, el del centro a las del conde d’Erlon, y el de la izquierda a las del general Clauzel. Compuso además una reserva que gobernaba el general Villatte, junto con dos divisiones de caballería pesada conducidas por los generales Tilly y Trelliard, y otra ligera de la misma arma que regía el general Soult, hermano del mariscal.

Proclama que da.

Al encargarse este del mando en jefe dio a las tropas una proclama, en cuyo tenor al paso que comprometía la fama y buen nombre de sus antecesores, mostraba abrigar en su pecho esperanzas harto lisonjeras sobre la campaña que iba a emprenderse. «Culpa es de otros [decía] el estado actual del ejército; sea gloria nuestra el mejorarle. — He dado parte al emperador de vuestro valor y de vuestro celo. — Son sus órdenes echar al enemigo de esas cumbres, desde donde atalaya nuestros fértiles valles, y forzarle a repasar el Ebro. — Plantaremos en breve nuestras tiendas en tierra española, y de ella sacaremos los recursos que nos sean necesarios. — Fechemos en Vitoria nuestros primeros triunfos, y celebremos allí el día del cumpleaños del emperador.» No correspondiendo los hechos a confianza tan sobrada y ciega, convirtiose esta proclama en simple despavorizadero de pomposas palabras.

El día mismo en que tomó el mando el mariscal Soult partieron de San Juan de Pie de Puerto el rey José y el mariscal Jourdan, este para lo interior de Francia, aquel para Saint-Esprit, arrabal de Bayona, al otro lado del Adour. Terminó José así y de un modo tan poco airoso su transitorio reinado, graduando con razón de ofensa el que le desposeyera del trono hasta su propio hermano, quien, sin tener cuenta con su persona, había conferido a Soult la lugartenencia de España, a nombre solo y en representación de la corona de Francia.

Queriendo, pues, el nuevo general dar principio al plan anunciado en su proclama, hizo resolución de socorrer desde luego a Pamplona y San Sebastián, asediadas ya; animándole también a ello el malogro de las primeras tentativas de los aliados contra la última de dichas plazas, cuyo cerco empezaremos a narrar.

Sitian los ingleses
a San Sebastián.

Asiéntase San Sebastián, ciudad de 13.000 habitantes, con puerto de reducida concha y no muy hondable, en una especie de península al pie de un monte entre dos brazos de mar, desaguando en el que está más al cierzo el Urumea, río de caudal no abundoso. Comunica con tierra la plaza solo por un istmo, representándose a primera vista, yendo de lo interior, como muy robusta, no teniendo otro camino para llegar a ella sino el del referido istmo, amparado del hornabeque de San Carlos y del recinto principal, dominados y defendidos ambos por el castillo de Santa Cruz de la Mota, puesto en lo alto del monte en que se respalda la ciudad. Mas su flaqueza descúbrese en breve; pues si la resguardan por tierra convenientes obras provistas de doble recinto, contraescarpa y camino cubierto, no así del lado de la Zurriola y el Urumea; fiado quizá quien trazó allí el muro en las aguas que por el pie le bañan, sin echar de ver los puntos que quedan vadeables y aun en seco a baja mar, con el padrastro además de ciertas dunas o méganos que corren lo largo de la margen del río y sojuzgan la línea. Defecto de que ya se aprovechó en 1719 el mariscal de Berwick para rendir la plaza, y en que no se había puesto remedio, a pesar de ir transcurrido desde entonces casi un siglo.

Habían aumentado los franceses la guarnición de San Sebastián hasta el número de unos 4000 hombres bajo del general Rey, militar de concepto; y si bien los españoles bloquearon en un principio la plaza, solo formalizaron el sitio los anglo-portugueses, según se apuntó en otro libro, a las órdenes siempre de Sir Thomas Graham, quien resolvió encaminar el ataque contra el lado descubierto y débil de la Zurriola.

Plantaron al efecto los aliados fuertes baterías en las alturas a la derecha del Urumea, anhelando abrir brecha entre el cubo de los Hornos y el de Amezqueta, situados en el lienzo de muralla frontero. Dirigieron los demás fuegos contra el castillo y hornabeque de San Carlos, adelantando por la lengua o istmo otros trabajos.