En él y a su entrada levantábase a 700 u 800 varas de la plaza el convento de San Bartolomé, del cual quisieron apoderarse los aliados, juzgándolo paso conveniente y previo al acometimiento de las otras obras y del recinto principal.
Comenzó el ataque en la noche del 13 al 14, tirando los ingleses hasta con bala roja. Destruyose el convento, mas los sitiadores todavía no le entraron, permaneciendo en las ruinas los contrarios y sosteniéndose vigorosamente: de lo que, enojados los ingleses, cargaron a la bayoneta, acabando por apoderarse el día 17 de aquellos escombros, después de quedar tendidos 250 de los defensores. Avanzaron de resultas los aliados, pero no mucho, detenidos hasta el 20 por un reducto circular que en el istmo había.
Asalto
infructuoso.
En vano Graham intimó al día siguiente la rendición a la plaza, pues ni siquiera admitió al parlamento el gobernador Rey; motivo por el cual decidieron los ingleses dar el asalto, juzgando ya practicable la brecha aportillada entre los dos cubos. Efectuose la embestida al amanecer del 25 formando la columna de ataque la brigada del mayor general Hay, que tenía en reserva otras bajo el mando todas del mayor general Oswald. Pero malogrose la tentativa a pesar del brío y esfuerzos de los aliados, ya por estar todavía intactos los demás fuegos de la plaza que abrasaron a los acometedores, ya por la distancia considerable que mediaba entre las trincheras y la brecha, y ser aquel tránsito de piso muy pedregoso, lleno de plantas marinas y aguazales.
Acercose poco después Wellington a San Sebastián viniendo de Lesaca, en donde ahora tenía sus cuarteles, y trataba ya de repetir el asalto, cuando sabedor de ciertos movimientos de Soult, suspendiolo, y aun dispuso convertir en bloqueo el sitio, embarcando la artillería en Pasajes, sin desamparar por eso las trincheras y algunos trabajos.
Intentos de Soult.
No eran en realidad engañosos los avisos que recibió Wellington, porque entonces dio Soult la señal de abrir su proyectada campaña. Socorrer a Pamplona y San Sebastián debían ser los estrenos de ella, empezando por acudir a la primera, pudiendo la otra alcanzar más fácilmente auxilios con la cercanía y proporción del mar.
Ponían a lord Wellington en apurado estrecho los intentos del mariscal Soult, incierto todavía de cuáles fuesen. Porque teniendo que atender a dos puntos bloqueados, distante uno de otro dieciséis leguas, y que cubrir muchos pasos en país montañoso, a veces inaccesible o falto de comunicaciones laterales, arduo se hacía salir airoso de tamaña empresa, importando por una parte no dejar indefenso ningún paraje, y siendo arriesgado por otra debilitarse, subdividiendo su fuerza en sazón que el enemigo era dueño de escoger el punto de ataque y de acometerle con golpe de gente muy superior y más respetable.
Estancias
de los ejércitos.
De antemano se había preparado Soult para meterse de nuevo en España, recogiendo en San Juan de Pie de Puerto gran copia de víveres y muchos pertrechos. Acampaban ambos ejércitos en las respectivas fronteras sobre cumbres distantes entre sí medio tiro de cañón, aproximándose las centinelas o puestos avanzados hasta unas 150 varas. Los franceses, alegres y joviales según su natural condición, y más gozosos por estar en su tierra; los ingleses, al contrario, taciturnos y con pensativo y serio ademán, si bien satisfechos, complacido su nacional orgullo con poder amenazar de cerca la Francia, su antigua y poderosa rival.