Y alzándose el antifaz, el dominó verde me enseñó la cara de mi abandonada, de mi rechazada, de mi desdeñada María... Aprovechando mi estupor, corrió, saltó al coche que la aguardaba, y al quererme precipitar detrás de ella, oí el estrépito de las ruedas sobre el empedrado.
Desde tan triste episodio carnavalesco sé que lo único que nos trastorna es un trapo verde—la Esperanza, la máscara eterna, la encubierta que siempre huye, la que todo lo promete...—la que bajo su risueño disfraz oculta el descolorido rostro del viejo Desengaño.
La aventura del ángel
POR falta menos grave que la de Luzbel, que no alcanzó proporciones de caída, un ángel fué condenado á pena de destierro en el mundo. Tenía que cumplirla por espacio de un año, lo cual supone una inmensa suma de perdida felicidad: un año de beatitud es un infinito de goces y bienes, que no pueden vislumbrar ni remotamente nuestros sentidos groseros y nuestra mezquina imaginación. Sin embargo, el ángel, sumiso y pesaroso de su yerro, no chistó: bajó los ojos, abrió las alas, y con vuelo pausado y seguro descendió á nuestro planeta.
Lo primero que sintió al poner en él los pies, fue dolorosa impresión de soledad y aislamiento. A nadie conocía, y nadie le conocía á él tampoco bajo la forma humana que se había visto precisado á adoptar. Y se le hacía pesado é intolerable, pues los ángeles ni son hoscos ni huraños, sino sociables en grado sumo, como que rara vez andan solos, y se juntan y acompañan y amigan para cantar himnos de gloria á Dios, para agruparse al pie de su trono, y hasta para recorrer las amenidades del Paraíso: además, están organizados en milicias y los une la estrecha solidaridad de los hermanos de armas.
Aburrido de ver pasar caras desconocidas y gente indiferente, el ángel, la tarde del primer día de su castigo, salió de una gran ciudad, se sentó á la orilla del camino, sobre una piedra miliaria, y alzó los ojos hacia el firmamento que le ocultaba su patria, y que estaba á la sazón teñido de un verde luminoso, ligeramente franjeado de naranja á la parte del Poniente. El desterrado gimió, pensando cómo podría volver á la deleitosa morada de sus hermanos: pero sabía que una orden divina no se revoca fácilmente, y entre la melancolía del crepúsculo apoyó en las manos la cabeza, y lloró hermosas lágrimas de contrición, pues aparte del dolor del castigo, pesábale de haber ofendido á Dios por ser quien es, y por lo mucho que le amaba. Ya he cuidado de advertir, que, á pesar de su desliz, este ángel era un ángel bastante bueno.
Apenas se calmó su aflicción, ocurrióle mirar hacia el suelo, y vió que donde habían caído las gotas de su llanto, nacían y crecían y abrían sus cálices con increíble celeridad muchas flores blancas, de las que llaman margaritas, pero que tenían los pétalos de finas perlas y el corazoncito de oro. El ángel se inclinó, recogió una por una las maravillosas flores, y las guardó cuidadosamente en un pliegue de su manto. Al bajarse para la recolección, distinguió en el suelo un objeto blanco,—un pedazo de papel, un trozo de periódico.—Lo tomó también y empezó á leerlo, porque el ángel de mi cuento no era ningún ignorante á quien le estorbase lo negro sobre lo blanco; y con gozo profundo, vió que ocupaban una columna del periódico ciertos desiguales renglones, bajo este epígrafe:
Á UN ÁNGEL