¡A un ángel! ¡Qué coincidencia!—Leyó afanosamente, y, por el contexto de la poesía, dedujo que el ángel vivía en la tierra y habitaba una casa en la ciudad, cuyas señas daba minuciosamente el poeta, describiendo la reja de la ventana tapizada de jazmín, la tapia del jardín de donde se desbordaban las enredaderas y los rosales, y hasta el recodo de la calle, con la torre de la iglesia á la vuelta. «Alguno de mis hermanos—pensó el desterrado—ha cometido, sin duda, otro delito igual al mío, y le han aplicado la misma pena que á mí. ¡Qué consuelo tan grande recibirá su alma cuando me vea! ¡Qué felicidad la suya, y también la mía, al encontrar un compañero! Y no puedo dudar que lo es. La poesía lo dice bien claro: que ha bajado del cielo, que está aquí, en el mundo, por casualidad, y teme el poeta que se vuelva el día menos pensado á su patria... ¡Oh ventura! A buscarle inmediatamente.»
Dicho y hecho. El ángel se dirigió hacia la ciudad. No sabía en qué barrio podría vivir su hermano, pero estaba seguro de acertar pronto. Hasta suponía que de la casa habitada por el ángel se exhalaría un perfume peculiar que delatase su celestial presencia. Empezó, pues, a recorrer calles y callejuelas. La luna brillaba, y á su luz clarísima el ángel podía examinar las rejas y las tapias, y ver por cuál de ellas se enramaba el jazmín y se desbordaban las rosas.
Al fin, en una calle muy solitaria, un aroma que traía la brisa hizo latir fuertemente el corazón del ángel; no olía á gloria, pero sí olía á jazmín; y el perfume era embriagador y sutil como un pensamiento amoroso. A la vez que percibía el perfume, divisó tras los hierros de una reja una cara muy bonita, muy bonita, rodeada de una aureola de pelo obscuro... No cabía duda; aquel era el otro ángel desterrado, el que debía aliviarle la pena de la soledad. Se acercó á la reja trémulo de emoción.
No archivan las historias el traslado fiel de lo que platicaron al través de los hierros el ángel verdadero y el supuesto ángel, que escondía su faz entre el follaje menudo y las pálidas flores del fragante jazmín. Sin duda desde el primer momento, sin más explicaciones, se convino en que, efectivamente, era un ángel la criatura resguardada por la reja; habituada á oírselo llamar en verso, no extrañó que una vez más se le atribuyese en prosa naturaleza angélica.—Así es como los ripios falsean el juicio, y los poetas chirles hacen más daño que la langosta.
Lo que también comprendió el ángel desterrado, fué que el otro ángel era doblemente desdichado que él, pues se quejaba de no poder salir de allí, de que le guardaban y vigilaban mucho, de que le tenían sujeto entre cuatro paredes, y de que su único desahogo era asomarse á aquella reja á respirar el aire nocturno y á echar un ratito de parrafeo. El desterrado prometió acudir fielmente todas las noches á dar este consuelo al recluso, y tan á gusto cumplió su promesa, que desde entonces lo único que le pareció largo fué el día, mientras no llegaba la grata hora del coloquio.
Cada noche se prolongaba más, y por último, sólo cuando blanqueaba el alba y se apagaban las dulces estrellas, se retiraba de la reja el ángel, tan dichoso y anegado en bienestar sin límites, como si nadase todavía en la luz del Empíreo, y le asistiese la perfecta bienaventuranza. Sin embargo, el recluso iba mostrándose descontento y exigente. Sacando los dedos por la reja y cogiendo los de su amigo, preguntábale, con asomos de mal humor, cuándo pensaba libertarle de aquel cautiverio.
El ángel, para entretenerle, fué regalándole las margaritas de corazón de oro y pétalos de perlas; hasta que, muy estrechado ya, hubo de decir que sin duda el encierro era disposición de Dios, y que no se debían contrariar sus decretos santos. Una carcajada burlona fué la respuesta del encerrado, y á la otra noche, al acudir á la reja, el ángel vió con sorpresa que por la puertecilla del jardín salía una figura velada y tapada, que un brazo se cogía de su brazo, y una voz dulce, apasionada y melodiosa le decía al oído: «Ya somos libres... Llévame contigo... escapemos pronto, no sea que me echen de menos.»
El ángel, sobrecogido, no acertó á responder: apretó el paso y huyeron, no sólo de la calle, sino de la ciudad, refugiándose en el monte. La noche era deliciosa, del mes de Mayo: acogiéronse al pie de un árbol frondoso, él saboreando plácidamente, como ángel que era, la dicha de estar juntos; ella—porque ya habrán sospechado los lectores que se trataba de una mujer—nerviosa, sardónica, soltando lagrimitas y haciendo desplantes.
No podía explicarse—ahora que ya no se interponía entre ellos la reja—cómo su compañero de escapatoria no se mostraba más vehemente, cómo no formaba planes de vida; cómo no hablaba de matrimonio y otros temas de indiscutible actualidad. Nada: allí se mantenía tan sereno, tan contento al parecer, extasiado, sonriendo, abrigándola con su manto de anchos pliegues, y mirando al cielo, lo mismo que si de la luna fuese á caerle en la boca algún bollo. La mujer, que empezó por extrañarse, acabó por indignarse y enfurecerse; alejóse algunos pasos, y como el ángel preguntase afectuosamente la causa del desvío, alzó la mano de súbito y descargó en la hermosa mejilla angélica solemne y estruendoso bofetón... después de lo cual rompió á correr como una loca en dirección de la ciudad. Y el abandonado, sin sentir el dolor ni la afrenta, murmuraba tristemente:
—¡El poeta mentía! ¡No era un ángel! ¡No era un ángel!