Al decir esto vió abrirse las nubes y bajar una legión de ángeles, pero de ángeles reales y efectivos, que le rodearon gozosos. Estaba perdonado: había vencido la mayor tentación, que es la de la mujer, y Dios le alzaba el destierro. Mezclándose al coro luminoso, ascendió el ángel al cielo, entre resplandores de gloria; pero al ascender, volvía la cabeza atrás para mirar á la tierra á hurtadillas, y un suspiro hinchaba y oprimía su corazón. Allí se le quedaba un sueño... ¡Y olía tan bien el jazmín de la reja!

El fantasma

CUANDO estudiaba carrera mayor en Madrid, todos los jueves comía en casa de mis parientes lejanos los señores de Cardona, que desde el primer día me acogieron y trataron con afecto sumo. Marido y mujer formaban marcadísimo contraste: él era robusto, sanguíneo, franco, alegre, partidario de las soluciones prácticas; ella pálida, nerviosa, romántica, perseguidora del ideal. El se llamada Ramón; ella llevaba el anticuado nombre de Leonor. Para mi imaginación juvenil, representaban aquellos dos seres la prosa y la poesía.

Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana cáscara de huevo, y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del mismo tono obscuro y caliente á la vez que el café, se fijaban en mí de un modo magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma.

Los señores de Cardona eran ricos y estimados. Nada les faltaba de cuanto contribuye á proporcionar la suma de ventura posible en este mundo. Sin embargo, yo dí en cavilar que aquel matrimonio entre personas de tan distinta complexión moral y física, no podía ser dichoso.

Aunque todos afirmaban que á Don Ramón Cardona le rebosaba la bondad y á su mujer el decoro, para mí existía en su hogar un misterio. ¿Me lo revelarían las pupilas color café?

Poco á poco, jueves tras jueves, fui tomándome un interés egoísta en la solución del problema. No es fácil á los veinte años permanecer insensible ante ojos tan expresivos, y ya mi tranquilidad empezaba á turbarse y á flaquear mi voluntad. Después de la comida, el señor de Cardona salía; iba al casino ó á alguna tertulia, pues era sociable, y nos quedábamos Leonor y yo de sobremesa, tocando el piano, comentando lecturas, jugando al ajedrez ó conversando. A veces, las vecinas del segundo bajaban á pasar un ratito; otras estábamos solos hasta las once, hora en que acostumbraba á retirarme, antes de que cerrasen la puerta. Y, con fatuidad de muchacho, pensaba que era bien ridículo que no tuviese D. Ramón Cardona celos de mí.

Una de las noches en que no bajaron las vecinas,—noche de Mayo, tibia y estrellada,—estando el balcón abierto y entrando el perfume de las acacias á embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y resolví declararme. Ya balbuceaba entrecortadas palabras, no precisamente de pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oir las de la dama, y me fué poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza, la narración de un episodio amoroso. «Mi único remordimiento, mi único yerro—murmuró acongojada doña Leonor—se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.» Y vi, á la luz de los brilladores astros, que se deslizaba de las pupilas obscuras una lágrima lenta...