Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal resolución. El Marqués, á quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en artístico fumoir, y á las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente:
—No me sorprende el paso que usted da, pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy á decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos á que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto...—porque gusto sería—de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor!
Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del Marqués, yo puse cara escéptica, quizás hasta insolente.
—Veo que no me cree usted—añadió el Marqués entonces.—No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted ni nadie tiene derecho á suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene á su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo ó de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho al señor. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido todo... es decir, nada... pero todo para ella; y el marido ha venido aquí, como usted, sólo que más enojado, naturalmente, á pedirme cuentas, á querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, á estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., ó él me habría matado á mí (no digo que no pudiese suceder). Por fortuna no me aturdí, y preguntando á Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que á la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla ó en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa señora, á quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre le juro á usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted á saber por qué! ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará á no admirarse casi de nada.
Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible. No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del dandy, me dediqué desde aquel punto, no á cortejar á Leonor, sino á observar á Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fuí sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad conyugal, á los lances que pueden originar un error, á las alucinaciones que á veces sufrimos, á los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión á sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara á cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó:
—¿Qué? ¿Ya te han enviado allá á ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura!
No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo:
—Has de saber que cuando fuí á casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado á Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba. Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné á la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos á hablar de esto en la vida!
Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme á solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la quimera.