—Calma—la dije.—Busquemos, que parecerá.
Excuso decir que empezamos á mirar y registrar por todas partes, recorriendo la alfombra, sacudiendo las cortinas, alzando los muebles, escudriñando hasta cajones que Lucila afirmaba no haber abierto desde un mes antes. A cada pesquisa inútil, los ojos de Lucila se arrasaban de lágrimas. Mientras revolvíamos, se me ocurrió preguntarla:
—¿Has salido esta tarde?
—Sí... creo que sí...—respondió titubeando.
—¿A dónde?
—A varios sitios... es decir... Fuí... por ahí... á compras...
—Pero... ¿á qué tiendas?
—¡Qué sé yo! A la calle de Postas... á la plazuela del Angel... á la Carrera...
—¿A pie ó en coche?
—A pie... Luego tomé un cochecillo.