—¿No recuerdas el punto... el número?

—¿Cómo quieres que lo recuerde? ¡Válgame Dios! Si era un coche que pasaba—objetó nerviosamente Lucila, que rompió á sollozar con amargura.

—Pero las tiendas sí las recordarás... Dímelas, que iré una por una, á ver si en el suelo ó en el mostrador... Pondremos anuncios...

—¡Si no me acuerdo! ¡Por Dios, déjame en paz!—exclamó tan afligida, que no me atreví á insistir, y preferí aguardar á que se calmase.

Pasamos una noche de inquietud y desvelo; oí á Lucila suspirar y dar vueltas en la cama, como si no consiguiese dormir. Yo, entretanto, discurría modos de recuperar la perla rosa. Levantéme temprano, me vestí, y á las ocho llamaba á la puerta de Gonzaga Llorente. Había oído decir que la policía, en casos especiales, averigua fácilmente el paradero de los objetos perdidos ó robados, y esperaba que Gonzaga, con su influencia y sus altas relaciones, me ayudaría á emplear este supremo recurso.

—El señorito está durmiendo, pero pase usted al gabinete, que dentro de diez minutos le entraré el chocolate y preguntaré si puede usted verle—dijo el criado, al notar mi insistencia y mi premura.

Me avine á esperar. El criado abrió las maderas del gabinete, en cuyo ambiente flotaban esencias y olor de cigarro. ¡Cuando pienso en lo distinta que sería mi suerte si aquel criado me hace pasar inmediatamente á la alcoba...!

Lo cierto es... que al primer alegre rayo de sol que cruzó las vidrieras, y antes de que el criado me dijese «tome usted asiento», yo había visto brillar sobre el ribete de paño azul de la piel de oso blanco, tendida al pie del muelle diván turco, ¡la perla, la perla rosa!

Si esto que me sucedió le sucede á usted, y usted me pregunta qué debe hacerse en tales circunstancias, yo respondo de seguro con gran energía: «Coger una espada de la panoplia que supera el diván, y atravesársela por el pecho al que duerme ahí al lado, para que nunca más despierte.»

¿Sabe usted lo que hice? Me bajé; recogí la perla; la guardé en el bolsillo; salí de aquella casa; subí á la mía; encontré á mi mujer levantada y muy desencajada; la miré, y no la ahogué; con voz tranquila la ordené que se pusiese los pendientes; saqué la perla del bolsillo... y cogiéndola entre dos dedos, la dije: «Aquí está lo que perdiste. ¿Qué tal, lo encontré pronto?»