Es cierto que al acabar me dió no sé qué arrechucho ó qué vértigo de locura; eché mano á aquellas orejas diminutas, arranqué de ellas los pendientes, y todo lo pisoteé. Por fortuna, pude dominarme en el acto... y bajar la escalera y refugiarme en el café más próximo, donde pedí cognac...

¿Que si he vuelto á ver á Lucila?... Una vez... Iba del brazo de otro, que ya no era Gonzaga. Por cierto que me fijé en que el lóbulo de la oreja izquierda lo tiene partido. Sin duda se lo rasgué yo... involuntariamente.

Un parecido

NO hay discusión más baldía que la de la hermosura. Mil veces la entablamos, en aquella especie de senadillo de gentes al par desengañadas y curiosas, donde se agitaban tantos problemas á un tiempo atractivos é insolubles; y siempre,—aunque no escaseaban las disertaciones,—quedábamos en mayor confusión. Uno sostenía que la belleza era la corrección de líneas; otro, que la armonía del color; éste, que la fusión de ambos elementos; aquél, que la juventud; el de más allá, que la salud y robustez, ó el donaire, chiste y garabato, ó el arte del tocador, ó la melodía de la voz, y hasta hubo alguno que identificó la belleza con la bondad y con la inteligencia... Y el original de Donato Abreu, que solía escuchar callando, al fin se descolgó con la sentencia siguiente:—La belleza no es nada.

Acostumbrados á sus salidas, callamos para ver cómo se desenredaba, y fué así:

—No es nada, nada absolutamente. Si nos ataca á los presentes una oftalmía, se acabaron líneas, colores, aire de salud, juventud, adorno... Todo eso estaba en nuestra retina... y en ninguna parte más.

—¡Vaya una gracia!—exclamamos.—Si empieza usted por dejarnos ciegos...

—Es que lo están ustedes ya cuando tienen por realidad lo que no existe fuera de nosotros. ¡Déjenme continuar! Yo aduciré ejemplos. Ante todo, ¿supongo que se trata de la belleza femenil?