Lo más raro de todo era que Fausto, con la fantasía, enmendaba la plana al ciego Destino. La hermosa niña que había recibido en el seno izquierdo la bala, no estaba enamorada del bárbaro y plebeyo borrachín, del perdulario soez que descansaba á su lado, y que la amarró con la faja antes de darle muerte. No: el predilecto de aquella mujer que sabía querer y morir; el que antes de asesinarla había aspirado el aliento de su boca de virgen, era Fausto, el poeta; Fausto, que por fin encontraba su ideal, y que al encontrarlo prefería dejar la tierra, sellando con el sello de lo irreparable tan magnífica pasión.
¿Quién duda que sólo Fausto, capaz de comprender el valor de la acción sublime, merecía haberla inspirado? Corrigiendo la inepcia de los hechos, despreciando la vana apariencia de lo real, Fausto recogía para sí la ardiente flor amorosa, la flor de sangre sembrada en el erial de la ronda madrileña. Él era el compañero de aquella muerta que sonreía; él era quien había apoyado el revólver sobre el impávido seno de la heroina, no sólo tranquila ante la muerte, sino prendada de la muerte que une eternamente, sin separación posible, á los que se quisieron con delirio... Y la sugestión fue tan fuerte, que Fausto arrojó las sábanas, encendió luz y empezó á emborronar papel...
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Tal fué el origen del poema Juntos, el mejor timbre de gloria de Fausto, lo que consagrará ante la posteridad su nombre, porque Juntos es (lo afirma la crítica) una maravilla de sentimiento verdadero, y se comprende que está escrito con lágrimas vivas del poeta, que corresponde á penas y goces no fingidos,—á algo que no se inventa, porque no puede inventarse.
Champagne
AL destaparse la botella de dorado casco, se obscurecieron los ojos de la compañera momentánea de Raimundo Valdés, y aquella sombra de dolor ó de recuerdo despertó la curiosidad del joven, que se propuso inquirir por qué una hembra que hacía profesión de jovialidad se permitía demostrar sentimientos tristes, lujo reservado solamente á las mujeres honradas, dueñas y señoras de su espíritu y de su corazón.
Solicitó una confidencia y, sin duda, la prógima se encontraba en uno de esos instantes en que se necesita expansión, y se le dice al primero que llega lo que más hondamente puede afectarnos, pues sin dificultades ni remilgos contestó, pasándose las manos por los ojos:
—Me conmueve siempre ver abrir una botella de Champagne, porque ese vino me costó muy caro... el día de mi boda.