—¿Pero tú te has casado alguna vez... ante un cura?—preguntó Raimundo con festiva insolencia.

—Ojalá no—repuso ella con el acento de la verdad, con franqueza impetuosa.—Por haberme casado ando como me veo.

—Vamos, ¿tu marido será algún tramposo, algún perdis?

—Nada de eso. Administra muy bien lo que tiene, y posee miles de duros... miles, sí, ó cientos de miles.

—Chica, ¡cuántos duros! En ese caso... ¿te daba mala vida? ¿Tenía líos? ¿Te pegaba?

—Ni me dió mala vida, ni me pegó, ni tuvo líos, que yo sepa... ¡Después sí que me han pegado! Lo que hay es que le faltó tiempo para darme vida mala ni buena, porque estuvimos juntos, ya casados, un par de horas nada más.

—¡Ah!—murmuró Valdés, presintiendo una aventura interesante.

—Verás lo que pasó, prenda. Mis padres fueron personas muy regulares, pero sin un céntimo. Papá tenía un empleíllo, y con el angustiado sueldo se las arreglaban. Murió mi madre; á mi padre le quitaron el destino... y como no podía mantenernos el pico á mi hermano y á mí, y era bastante guapo, se dejó camelar por una jamona muy rica, y se casó con ella en segundas. Al principio mi madrastra se portó... vamos, bien: no nos miraba á los hijastros con malos ojos. Pero así que yo fuí creciendo y haciéndome mujer, y que los hombres, dieron en decirme cosas en la calle, comprendí que en casa me cobraban ojeriza. Todo cuanto yo hacía era mal hecho, y tenía siempre detrás al juez y al alguacil... la madrastra. Mi padre se puso muy pensativo, y comprendí que le llegaba al alma que se me tratase mal. Y lo que resultó de estas trifulcas, fué que se echaron á buscarme marido para zafarse de mí. Por casualidad lo encontraron pronto, sujeto acomodado, cuarentón, formal, recomendable, seriote... En fin, mi mismo padre se dió por contento y convino en que era una excelente proporción la que se me presentaba. Así es que ellos en confianza trataron y arreglaron la boda, y un día, encontrándome yo bien descuidada... ¡á casarse! y no vale replicar.

—¿Y qué efecto te hizo la noticia? ¿Malo, eh?

—Malísimo... porque yo tenía la tontuna de estar enamorada hasta los tuétanos, como se enamora una chiquilla, pero chiquilla forrada de mujer... de uno de infantería, un teniente pobre como las ratas... y se me había metido en la cabeza que aquel había de ser mi marido apenas saliese á capitán. Las súplicas de mi padre; los consejos de las amigas; las órdenes y hasta los pescozones de mi madrastra—que no me dejaba respirar—me aturdieron de tal manera, que no me atreví á resistir. Y vengan regalos, y desclávense cajones de vestidos enviados de Madrid, y cuélguese usted los faralaes blancos, y préndase el embelequito de la corona de azahar, y á la iglesia, y ahí te suelto la bendición, y en seguida gran comilona, los amigos de la familia y la parentela del novio que brindan y me ponen la cabeza como un bombo, á mí que más ganas tenía de lloriquear que de probar bocado...