—Hija, por ahora no encuentro mucho de particular en tu historia. Casarse así, rabiando y por máquina, es bastante frecuente.

—Aguarda, aguarda—advirtió amenazándome con la mano.—Ahora entra lo ridículo, la peripecia... Pues señor, yo en mi vida había probado el tal Champagne... Me sirvieron la primera copa para que contestase á los brindis, y después de vaciarla me pareció que me sentía con más ánimos, que se me aliviaban el malestar y la negra tristeza. Bebí la segunda, y el buen efecto aumentó. La alegría se me derramaba por el cuerpo... Entonces me deslicé á tomar tres, cuatro, cinco, quizás media docena...

Los convidados bromeaban celebrando la gracia de que bebiese así, y yo bebía buscando en la especie de vértigo que causa el Champagne un olvido completo de lo que había de suceder y de lo que me estaba sucediendo ya. Sin embargo, me contuve antes de llegar á trastornarme por completo, y sólo podían notar en la mesa que reía muy alto, que me relucían los ojos, y que estaba sofocadísima.

Nos esperaba un coche á mi marido y á mí, coche que nos había de llevar á una casa de campo de él, á pasar la primer semana después de la boda.—Chiquillo, no sé si fué el movimiento del coche ó si fué el aire libre, ó buenamente que estaba yo como una uva,—pero lo cierto es que apenas me ví sola con el tal hombre y él pretendió hacerme garatusas cariñosas, se me desató la lengua, se me arrebató la sangre, y le solté de pe á pa lo del teniente, y que sólo al teniente quería, y teniente va y teniente viene, y dale con si me han casado contra mi gusto, y toma conque ya me desquitaría y le mataría á palos... Barbaridades, cosas que inspira el vino á los que no acostumbran... Y mi esposo, más pálido que un muerto, mandó que volviese atrás el coche, y en el acto me devolvió á mi casa.—Es decir, esto me lo dijeron luego, porque yo, de puro borrachina... de nada me enteré.

—¿Y nunca más te quiso recibir tu marido?

—Nunca más. Parece que le espeté atrocidades tremendas. Ya ves; quien hablaba por mi boca era el maldito espumoso...

—¿Y... en tu casa? ¿Te admitieron contentos?

—¡Quiá! Mi madrastra me insultaba horriblemente, y mi padre lloraba por los rincones... Preferí tomar la puerta, ¡qué caramba!

—¿Y... el teniente?

—¡Sí, busca teniente! Al saber mi boda se había echado otra novia, y se casó con ella poco después.