—¿Sabes que has tenido mala sombra?

—Mala por cierto... Pero creo que si todas las mujeres hablasen lo que piensan, como hice yo por culpa del Champagne, más de cuatro y más de ocho se verían peor que esta individua.

—¿Y no te da tu marido alimentos? La ley le obliga.

—¡Bah! Eso ya me lo avisó un abogadito que tuve... ¡El diablo que se meta á pleitear! ¿Voy á pedirle que me mantenga á ese, después del desengaño que le costé? Anda, ponme más Champagne... Ahora ya puedo beber lo que quiera. No se me escapará ningún secreto.

Sor Aparición

EN el convento de las Clarisas de S..., al través de la doble reja baja, ví á una monja postrada, adorando. Estaba de frente al altar mayor, pero tenía el rostro pegado al suelo, los brazos extendidos en cruz, y guardaba inmovilidad absoluta. No parecía más viva que los yacentes bultos de una reina y una infanta, cuyos mausoleos de alabastro adornaban el coro. De pronto la monja prosternada se incorporó, sin duda para respirar, y pude distinguir sus facciones. Se notaba que había debido de ser muy hermosa en sus juventudes, como se conoce que unos paredones derruídos fueron palacios espléndidos. Lo mismo podría contar la monja ochenta años que noventa: su cara, de una amarillez sepulcral, su temblorosa cabeza, su boca consumida, sus cejas blancas, revelaban ese grado sumo de la senectud en que hasta es insensible el paso del tiempo.

Lo singular de aquella cara espectral, que ya pertenecía al otro mundo, eran los ojos. Desafiando á la edad, conservaban, por caso extraño, su fuego, su intenso negror, y una violenta expresión apasionada y dramática. La mirada de tales ojos no podía olvidarse nunca. Semejantes ojos volcánicos serían inexplicables en monja que hubiese ingresado en el claustro ofreciendo á Dios un corazón inocente; delataban un pasado borrascoso; despedían la luz siniestra de algún terrible recuerdo. Sentí ardiente curiosidad, sin esperar que la suerte me deparase á alguien conocedor del secreto de la religiosa.

Sirvióme la casualidad á medida del deseo. La misma noche, en la mesa redonda de la posada, trabé conversación con un caballero machucho, muy comunicativo y más que medianamente perspicaz, de esos que gozan cuando enteran á un forastero. Halagado por mi interés, me abrió de par en par el archivo de su feliz memoria. Apenas nombré el convento de las Claras é indiqué la especial impresión que me causaba el mirar de la monja, mi guía exclamó: