—¡Ah! ¡Sor Aparición! Ya lo creo, ya lo creo... Tiene un no sé qué en los ojos... Lleva escrita allí su historia. Donde usted la ve, los dos surcos de las mejillas, que de cerca parecen canales, se los han abierto las lágrimas. ¡Llorar más de cuarenta años! Ya corre agua salada en tantos días... El caso es que el agua no le ha apagado las brasas de la mirada... ¡Pobre Sor Aparición! Le puedo descubrir á usted el quid de su vida mejor que nadie, porque mi padre la conoció moza, y hasta creo que la hizo unas miajas el amor... ¡Es que era una deidad!

Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga, ricachos de pueblo; tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde nació se llama A... Y el destino, que con las sábanas de la cuna empieza á tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta...

Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el glorioso nombre del autor del Arcángel maldito,—tal vez el más genuino representante de la fiebre romántica;—nombre que lleva en sus sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre.

—El mismo—repitió mi interlocutor—el célebre Juan de Camargo, orgullo del pueblecito de A..., que ni tiene aguas minerales, ni santo milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar á los que lo visitan, pero repite envanecido: «En esta casa de la plaza nació Camargo.»

—Vamos—interrumpí—ya comprendo; Sor Aparición... digo, Irene, se enamoró de Camargo, él la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el claustro...

—¡Chsss!—exclamó el narrador sonriendo;—¡espere usted, espere usted, que si no fuese más! De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de contarlo. No; el caso de Sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya llegaremos al fin.

De niña, Irene había visto mil veces á Juan de Camargo, sin hablarle nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo, huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía á casa de su tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A..., el estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y reparó en la muchacha, que fijaba en él los suyos... unos ojos de date preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía ahora. Refrenó Camargo el caballejo de alquiler, para recrearse en aquella soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha, encendida como una amapola, se quitó de la ventana cerrándola de golpe. Aquella misma noche, Camargo, que ya empezaba á publicar versos en periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que le había producido la vista de Irene en el momento de llegar á su pueblo... Y envolviendo en los versos una piedra, al anochecer la disparó contra la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha recogió el papel y leyó los versos, no una vez, ciento, mil: los bebió, se empapó en ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de las poesías de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro, mezcla de queja é imprecación. El poeta se dolía de que la pureza y la hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen hecho para él, que era un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena... Después del episodio de los versos, Camargo no dió señales de acordarse de que existía Irene en el mundo, y en Octubre se dirigió á Madrid. Empezaba el período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad literaria.

Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando á enfermar de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún tiempo á Badajoz, la hicieron conocer jóvenes, asistir á bailes; tuvo adoradores, oyó lisonjas... pero no mejoró de humor ni de salud.

No podía pensar sino en Camargo, á quien era aplicable lo que dice Byron de Lara: que los que le veían no le veían en vano; que su recuerdo acudía siempre á la memoria, pues hombres tales lanzan un reto al desdén y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada; juzgábase sólo víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y á todas horas veía aparecerse á Camargo, pálido, serio, el rizado pelo sombreando la pensativa frente... Los padres de Irene, al observar que su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron llevarla á la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también grandes distracciones.

Cuando Irene llegó á Madrid, era célebre Camargo. Sus versos fogosos, altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de perdidos, de bohemios desenfadados é ingeniosos, cada noche inventaban nuevas diabluras, y ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya realizaban las orgiásticas proezas á que aluden ciertas poesías blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la provinciana y cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era de allá.