Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven; notando que al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan preciosa, les acompañó, y prometió visitar á sus convecinos. Quedaron lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que de allí á pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno posible, y consintieron que menudease las visitas.

Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace... ¡No lo adivina! Irene, fascinada, trastornada como si hubiese bebido zumo de yerbas, tardó sin embargo seis meses en acceder á una entrevista á solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña fué causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de Byron y el de Camargo, inspiró á éste una apuesta, un desquite satánico, infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dió celos, fingió planes de suicidio, é hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en acudir á la peligrosa cita. Gracias á un milagro de valor y decoro, salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le enloqueció de despecho.

A la segunda cita, se agotaron las fuerzas de Irene, se obscureció su razón y fué vencida. Y cuando, confusa y trémula, yacía, cerrando los párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada, descorrió unas cortinas, é Irene vió que la devoraban los impuros ojos de ocho ó diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban irónicamente...

Irene se incorporó, dió un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y los hombros desnudos, se lanzó á la escalera y á la calle. Llegó á su morada seguida de una turba de pilluelos que la arrojaban barro y piedras. Jamás consintió decir de dónde venía, ni qué le había sucedido.—Mi padre lo averiguó, porque, casualmente, era amigo de uno de los de la apuesta de Camargo.—Irene sufrió una fiebre de septenarios en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este convento—lo más lejos posible de A...—Su penitencia ha espantado á las monjas: ayunos increíbles; mezclar el pan con ceniza; pasarse tres días sin beber; las noches de invierno descalza y de rodillas, en oración: disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo la toca, un rallo á la cintura...

Lo que más edificó á sus compañeras, que la tienen por santa, fué el continuo llorar. Cuentan—pero serán consejas—que una vez llenó de llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice á usted que de repente se le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que ha notado usted!—Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes piadosas creen que fué la señal del perdón de Dios. No obstante, Sor Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia, sigue ayunando y postrándose y usando el cilicio de cerda...

—Es que hará penitencia por dos—respondí, admirada de que en este punto fallase la penetración de mi cronista.—¿Piensa usted que Sor Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo?

¿Justicia?

SIN ser filósofo ni sabio; con sólo la viveza del natural discurso, Pablo Roldán había llegado á formarse en muchas cuestiones un criterio extraño é independiente; no digo que superior, porque no pienso que lo sea,—pero al menos distinto del de la generalidad de los mortales.—En todo tiempo habrán existido estas divergencias entre el modo de pensar colectivo y el de algunos individuos innovadores ó retrógrados con exceso, pues tanto nos separamos de nuestra época por adelantarnos como por rezagarnos.