—Porque te veo en peligro de enamorarte de Afra Reyes, y si está de Dios que ha de suceder, al menos no será sin que yo te avise y te entere de su historia. Es un servicio que los hijos de Marineda debemos á los forasteros.

—¿Pero tiene historia?—murmuré haciendo un movimiento de repugnancia; porque, aún sin amar á una mujer, me gusta su pureza, como agrada el aseo de casas donde no pensamos vivir nunca.

—En el sentido que se suele dar á la palabra historia, Afra no la tiene... Al contrario, es de las muchachas más formales y menos coquetas que se encuentran por ahí. Nadie se puede alabar de que Afra le devuelva una miradita, ó le diga una palabra de esas que dan ánimos. Y si no, haz la prueba: dedícate á ella; mírala más; ni siquiera se dignará volver la cabeza. Te aseguro que he visto á muchos que anduvieron locos y no pudieron conseguir ni una ojeada de Afra Reyes.

—Pues entonces... ¿qué?... ¿Tiene algo... en secreto? ¿Algo que manche su honra?

—Su honra, ó si se quiere, su pureza... repito que ni tiene ni tuvo. Afra, en cuanto á eso... como el cristal. Lo que hay te lo diré... pero no aquí; cuando se acabe el teatro saldremos juntos, y allá por el Espolón, donde nadie se entere... Porque se trata de cosas graves... de mayor cuantía.

Esperé con la menor impaciencia posible á que terminasen de cantar La bruja, y así que cayó el telón, Alberto y yo nos dirigimos de bracero hacia los muelles. La soledad era completa, á pesar de que la noche tibia convidaba á pasear, y la luna plateaba las aguas de la bahía, tranquila á la sazón como una balsa de aceite, y misteriosamente blanca á lo lejos.

—No creas—dijo Alberto—que te he traído aquí sólo para que no me oyese nadie contarte la historia de Afra. También es que me pareció bonito referirla en el mismo escenario del drama que esta historia encierra. ¿Ves este mar tan apacible, tan dormido, que produce ese rumor blando y sedoso contra la pared del malecón? ¡Pues sólo este mar... y Dios, que lo ha hecho, pueden alabarse de conocer la verdad entera respecto á la mujer que te ha llamado la atención en el teatro! Los demás la juzgamos por meras conjeturas... ¡y tal vez calumniamos al conjeturar! Pero hay tan fatales coincidencias; hay apariencias tan acusadoras en el mundo... que no podría disiparlas sino la voz del mismo Dios que ve los corazones y sabe distinguir al inocente del culpado.

«Afra Reyes es hija de un acaudalado comerciante; se educó algún tiempo en un colegio inglés, pero su padre tuvo quiebras, y por disminuir gastos recogió á la chica, interrumpiendo su educación. Con todo, el barniz de Inglaterra se le conocía: traía ciertos gustos de independencia y mucha afición á los ejercicios corporales. Cuando llegó la época de los baños no se habló en el pueblo sino de su destreza y vigor para nadar; una cosa sorprendente.

»Afra era amiga íntima, inseparable, de otra señorita de aquí, Flora Castillo; la intimidad de las dos muchachas continuaba la de sus familias. Se pasaban el día juntas; no salía la una si no la acompañaba la otra; vestían igual y se enseñaban, riendo, las cartas amorosas que las escribían. No tenían novio, ni siquiera demostraban predilección por nadie. Vino del Departamento cierto marino muy simpático, de hermosa presencia, primo de Flora, y empezó á decirse que el marino hacía la corte á Afra, y que Afra le correspondía con entusiasmo. Y lo notamos todos: los ojos de Afra no se apartaban del galán, y al hablarle, la emoción profunda se conocía hasta en el anhelo de la respiración y en lo velado de la voz. Cuando á los pocos meses se supo que el consabido marino realmente venía á casarse con Flora, se armó un caramillo de murmuraciones y chismes y se presumió que las dos amigas reñirían para siempre. No fue así; aunque desmejorada y triste, Afra parecía resignada, y acompañaba á Flora de tienda en tienda á escoger ropas y galas para la boda. Esto sucedía en Agosto.

»En Septiembre, poco antes de la fecha señalada para el enlace, las dos amigas fueron, como de costumbre, á bañarse juntas allí... ¿no ves? en la playita de San Wintila, donde suele haber mar brava. Generalmente las acompañaba el novio, pero aquel día sin duda tenía que hacer, pues no las acompañó.