»Amagaba tormenta; la mar estaba picadísima; las gaviotas chillaban lúgubremente, y la criada que custodiaba las ropas y ayudaba á vestirse á las señoritas, refirió después que Flora, la rubia y tímida Flora, sintió miedo al ver el aspecto amenazador de las grandes olas verdes que rompían contra el arenal. Pero Afra, intrépida, ceñido ya su traje marinero, de sarga azul obscura, animó con chanzas á su amiga. Metiéronse mar adentro cogidas de la mano, y pronto se las vió nadar, agarradas también, envueltas en la espuma del oleaje.

»Poco más de un cuarto de hora después salió á la playa Afra sola, desgreñada, ronca, lívida, gritando, pidiendo socorro, sollozando que á Flora la había arrastrado el mar...

»Y tan de verdad la había arrastrado, que de la linda rubia sólo reapareció, al otro día, un cadáver desfigurado, herido en la frente... El relato que de la desgracia hizo Afra entre gemidos y desmayos, fué que Flora, rendida de nadar y sin fuerzas, gritó «me ahogo»; que ella, Afra, al oirlo, se lanzó á sostenerla y salvarla; que Flora, al forcejear para no irse á fondo, se llevaba á Afra al abismo; pero que, aun así, hubiesen logrado quizá salir á tierra, si la fatalidad no las empuja hacia un trasatlántico fondeado en bahía desde por la mañana. Al chocar con la quilla, Flora se hizo la herida horrible, y Afra recibió también los arañazos y magulladuras que se notaban en sus manos y rostro...

»¿Que si creo que Afra...?

»Sólo añadiré que al marino, novio de Flora, no volvió á versele por aquí; y Afra, desde entonces, no ha sonreído nunca...

»Por lo demás, acuérdate de lo que dice la Sabiduría: el corazón del hombre... selva obscura. ¡Figúrate el de la mujer!»

Cuento soñado

HABÍA una princesa á quien su padre, un rey muy fosco, caviloso y cejijunto, obligaba á vivir reclusa en sombría fortaleza, sin permitirla salir del más alto torreón, á cuyo pie vigilaban noche y día centinelas armados de punta en blanco y dispuestos á ensartar en sus lanzones ó traspasar con sus venablos agudos á quien osase aproximarse. La princesa era muy linda; tenía la tez color de luz de luna, el pelo de hebras de oro, los ojos como las ondas del mar sereno, y su silueta prolongada y grácil recordaba la de los lirios blancos cuando la frescura del agua los enhiesta. En la comarca no se hablaba sino de la princesa cautiva y de su rara beldad, y de lo muchísimo que se aburriría entre las cuatro recias paredes de la torre, sin ver desde las ventanas alma viviente, más que á los guardias inmóviles, semejantes á estatuas de hierro.