Apasionados cazadores los tres, nos íbamos semanas enteras á las dehesas y cotos que los Mayoral poseían en la Mancha y Extremadura, donde hay de cuanta alimaña Dios crió, desde perdices y conejos hasta corzos, venados, jabalís, ginetas y gatos monteses.

Con buen refuerzo de escopetas negras y una jauría de excelentes podencos, hacíamos cada ojeo y cada batida, que eran el asombro de la comarca. De estas excursiones resolvimos una cierto día de San Leoncio; no cabe olvidar la fecha. Nos había convidado juntos una tía de los de Mayoral, señora discretísima y madre de una muchacha encantadora, por quien Santiago bebía los vientos: sutilizando mucho, creo que esta pasión de Santiago tuvo su parte de culpa en la desgracia que sucedió: ya diré por qué.

Ello es que nos reunimos en la casa, donde, con motivo de la fiesta, había otros varios convidados: amiguitas de la niña, señores formales, íntimos de la mamá... Y yo, que jamás contaba entonces los comensales, al pasar al comedor, involuntariamente, me fijo en los platos... ¡Eramos trece, trece justos!

Ni se me ocurrió chistar: por otra parte, no sentía aprensión. Estaríamos á la mitad de la comida, cuando lo advirtió el ama de la casa, y dijo riéndose:—«¡Hola! ¡Pues con el resfriado de Julia, que la impidió venir, nos hemos quedado en la docena del fraile! No asustarse, señores; que aquí nadie ha cumplido los sesenta más que yo, y en todo caso seré la escogida.»—¿Qué habíamos de hacer? Lo echamos á broma también, y brindamos alegremente por que se desmintiese el augurio. Y había allí un señor que, presumiendo de gracioso, dijo con sorna:—«Es muy malo comer trece... cuando sólo hay comida para doce».

A la madrugada siguiente tomamos el tren y salimos hacia el cazadero. La expedición se presentaba magnífica; la temperatura era, como de mediados de Septiembre, templada y deliciosa; cada tarde los zurrones volvían atestados de piezas, y para mayor satisfacción, nos habían anunciado que andaban reses por el monte, y que el primer ojeo nos prometía rico botín. Decidimos que este ojeo principiase un miércoles por la mañana, y apenas despachadas las migas y el chocolate, salimos á cabalgar nuestros jacos, que nos esperaban á la puerta, entre el tropel de las escopetas negras y la gresca y alborozo de los perros. Como tengo tan presentes las menores circunstancias de aquel día, recuerdo que me extrañó mucho la furia con que los animales ladraban, y al asomarme fuera, ví, apoyada en uno de los postes del emparrado que sombreaba la puerta, á una gitana atezada, escuálida, andrajosa.

Podría tener sus veinte años, y si la suciedad, la descalcez y las greñas no la afeasen, no carecería de cierto salvaje atractivo, porque los ojos brillaban en su faz cetrina como negros diamantes, los dientes eran piñones mondados y el talle un junco airoso. Los pingajos de su falda apenas cubrían sus desnudos y delgados tobillos, y al cuello tenía una sarta de vidrio, mezclada con no sé qué amuletos. Dije que sus ojos brillaban, y era cierto; brillaban de un modo raro, que no supe definir; los tenía clavados en Santiago—que, lo repito, era un muchacho arrogante, rubio y blanco, y en aquel instante, subido al poyo de montar y con un pie en el estribo, con su sombrero de alas anchas, su bizarro capote hecho de una manta zamorana, de vuelto cuello de terciopelo verde, y sus altos zajones de caza, que marcaban la derechura de la pierna, aún parecía más apuesto y gallardo.—Y á Santiago fué á quien dirigió sus letanías la egipcia, soltándole esos requiebros raros que gastan ellas, y ofreciéndose á decirle la buenaventura. En aquel momento, Santiago, de seguro, pensaba en el dulce rostro de su novia, y el contraste con el de la gitana debió de causarle una impresión de repugnancia hacia ésta; porque era galante con todas las mujeres, y sin embargo, soltó una frase dura y hasta cruel, una frase fatal... yo así lo creo...

—¿Qué buenaventura vas á darme tú?—exclamó Santiago.—¡Para ti la quisieras! ¡Si tuvieses ventura, no serías tan fea y tan negra, chiquilla!

La gitana no se inmutó en apariencia, pero yo noté en sus ojos algo que parecía la sombra de un abismo; y fijándolos de nuevo en Santiago, que estaba á caballo ya, articuló despacio, con indiferencia atroz y en voz ronca:

—¿No quieres buenaventuras, jermoso? Pues toma mardisiones... Premita Dios... Premita Dios... ¡que vayas montao y vuelvas tendío!

Yo no sé con qué tono pudo decirlo la malvada, que nos quedamos de hielo. Leoncio, en especial, como adoraba en su hermano, se demudó un poco y avanzó hacia la gitana en actitud amenazadora; los perros, que conocen tan perfectamente las intenciones de sus amos, se abalanzaron ladrando con furia; uno de ellos hincó los dientes en la pierna desnuda de la mujer, que dió un chillido. Esto bastó para que Leoncio y yo, y todos, incluso Santiago, nos distrajésemos de la maldición y pensásemos únicamente en salvar á la bruja moza, en riesgo inminente de ser destrozada por la jauría. Contenidos los perros, cuando volvimos la cabeza, la gitana ya no parecía por allí; sin duda se había puesto en cobro, aunque nadie supo por donde.