—Lo que á mí me preocupó mucho entonces—prosiguió la señora—fué averiguar cómo se las había compuesto la lagarta para hacer presa en don Mariano. Su móvil era patente: una venganza que eriza el pelo... Pero, ¿de qué medios se había valido? Cuando fué expulsada del baile, don Mariano sólo la conocía de vista y por su lamentable reputación... Excitada mi curiosidad, en que entraba tanto interés por la pobre niña, pude averiguar algo... ¡Algo que también va usted á decir que es muy humano, amigo Nozales, porque conozco su escuela de usted!... Parece que la Bicha se presentó en casa de don Mariano días después de la expulsión, y bañada en lágrimas, y con hartos desmayos y suspiros, le pidió reparación del ultraje; reparación... ¿cómo diré yo?, una reparación privada, una palabra benévola, una excusa, algo que la consolase, porque desde aquel episodio se sentía enferma, abatida y á punto de muerte... «De otra persona, mire usted, no me hubiese importado; pero de usted... vamos, de usted... un señor tan digno, un señor tan virtuoso...», dicen que silbaba la Culebra, empezando insensiblemente á enroscarse... De aquí al vasito de agua, á contar una larga historia, á ser escuchada y compadecida, visitada después, á enlazar con el primer anillo, á deslizarse, á abrazar ya con las roscas flexibles el pecho, la cabeza y el cuerpo todo... el camino ni es largo ni difícil, y en cuatro meses y medio lo anduvo la Bicha... hasta llegar á la iglesia.—Al año siguiente, la noche del lunes de Carnaval, don Mariano y su señora ocupaban el palco fronterizo al mío... Fué la primera vez que aparecieron juntos en público. Después, ya nunca vimos solo á don Mariano; á ella, sí. Contaban que su mujer le mandaba de tal suerte, que, al salir de casa, le dejaba encerrado...

—¿Y la niña?—preguntó Nozales con afán triste.

—¡Ah!—suspiró la señora.—La niña... me han escrito de allá que murió tísica!...

Sangre del brazo

EL lunes de Pascua de Resurrección, con un sol esplendente y un aire tibio y perfumado, que provocaba impaciencias y fervorines primaverales en los retoños frescos de los árboles y en los senderos que deseaban florecer y donde á las últimas violetas descoloridas hacían competencia las primeras campánulas blancas y las margaritas de rosado cerco,—unieron sus destinos en la capilla del restaurado castillo señorial la linda heredera de la noble casa y estados de Abencerraje, con el apuesto y galán marquesito de Alcalá de los Hidalgos.

Todo sonreía en aquella boda, lo mismo la naturaleza que el porvenir de los desposados. Al cuadro de su juventud, del amor del novio, que revelaban mil finezas y extremos, y á la cándida belleza de la novia, servían de marco de oro y rosas la cuantiosa hacienda, la ilustre cuna, el respeto y cariño de la buena gente campesina, y hasta la venturosa circunstancia de verse enlazadas por ella, ante el cielo y ante el mundo, las dos casas más ricas y nobles de la provincia, las que la representaban en la historia nacional.

A la puerta de la capilla aguardaba el coche familiar que había de conducir á los esposos á la estación del camino de hierro. Iban á emprender uno de esos viajes que son la realidad de un sueño divino: Italia y sus ciudades-museos; Suiza y sus lagos, trozos de la bóveda azul del firmamento caídos sobre la nieve; Alemania con sus ríos, en que las ondinas nadan al rayo de la luna; después el Oriente, Grecia, Constantinopla, y, por último, el invierno en París, entre los prestigios del lujo y la magia de la refinadísima civilización; París con sus fiestas y sus elegancias exquisitas, sus nidos de coquetería y de molicie para la dicha renovada... La perspectiva de tantos días risueños y venturosos; más que todo la del amor puro, noble, legítimo, constante regocijo y secreta y dulce efusión del alma, hacía latir de gozo el corazón de la novia, de la rubia y tierna María de las Azucenas, cuando el coche arrancó al trote largo de los cuatro fogosos caballos que lo arrastraban, llevándosela á ella, al que ya era su dueño, y á la doncella, Luisilla, aldeana viva y fiel, elegida y designada para, acompañar y servir á María durante el viaje...

Por espacio de algunos meses fueron llegando al castillo faustas nuevas de los novios. Aun cuando la escondida aldea de Abencerraje distaba tanto de esas lejanas tierras por donde ellos paseaban la ufanía de su felicidad, por mil no sospechados conductos—cartas, sueltos de periódicos, referencias de otros viajeros, de cónsules, de amigos, de desconocidos quizás—en Abencerraje se sabía confusamente que el viaje era feliz, alegre, fecundo en incidentes gratos, y que marido y mujer disfrutaban de salud y contento. Corrió así el verano, pasóse el otoño, y se averiguó que, cumpliendo estrictamente el programa, se encontraban ya en la capital de la república francesa los marqueses, divertidos, festejados, girando en el torbellino del placer. Hacia Febrero ó Marzo se habló de que la recién casada sufría una grave enfermedad, pero casi se supo al mismo tiempo el mal y la mejoría. Y pocas semanas después, el lunes de Pascua de Resurrección, á la caída de una tarde admirable por lo serena, cuando las últimas violetas descoloridas exhalaban su delicado aroma y los árboles desabrochaban su flor de primavera, el país vió asombrado que el coche familiar regresaba de la estación con mucho repique de cascabeles, y las gentes, que se asomaban curiosas á las puertas de las cabañas, no divisaron dentro del coche más que á María de las Azucenas, tan descolorida como las últimas violetas de los senderos, y á Luisilla, sentada á su lado, también desmejorada y amarillenta, sosteniendo en el hombro la fatigada cabeza de su señora; ambas mudas, ambas tristes, ambas con la huella del padecimiento en el rostro.—Y ni aquel día, ni los siguientes, ni nunca más, asomó el Marqués de Alcalá en el castillo de su mujer, ni por la comarca siquiera, y María y Luisilla vivieron solas, siempre juntas, más que como ama y criada, como hermanas amantísimas é inseparables.