Repicaron las lenguas, y se fantasearon historias de ilícitas pasiones y desvaríos del Marqués, tragedias horribles, duelos, conatos de envenenamiento, y otras mil invenciones novelescas que prueban la ardorosa imaginación de los naturales de Abencerraje. La verdad no se supo hasta que corrieron algunos años, cuando el Marqués de Alcalá comisionó á un sacerdote para lograr de su esposa que le perdonase y consintiese en vivir á su lado. Habiendo fracasado por completo la diplomacia del sacerdote, en los primeros momentos de contrariedad éste se espontaneó con el párroco de Abencerraje, éste con el boticario, éste con el médico, el notario, el Alcalde... y así llegó á conocer la comarca la siguiente aventura.

Después de un viaje que fué un idilio, llegaron á París los enamorados esposos en busca de alguna quietud, pues la reclamaba el estado interesante de María, expuesta á percances en fondas y trenes. A pesar del cuidado y del método que observó la Marquesa, hacia el sexto mes del embarazo cayó en cama, con síntomas de parto prematuro. Acaeció la temida desgracia, y fué lo peor que una hemorragia violenta puso en peligro inminente la vida de la señora. «Se desangra, se nos va», había dicho el médico, un español ilustre, después de ensayar los recursos de su ciencia, luchando denodadamente con la muerte que se aproximaba silenciosa. Y entonces el marido, que veía á su esposa desfallecer en síncope mortal, blanca como la almohada donde apoyaba su frente de cera, preguntó al doctor:

—¿Pero no hay algún medio de salvarla? ¿No hay alguno?

—Hay uno todavía—respondió el médico.—Si se encuentra una persona sana, robusta, joven y que quiera lo bastante á esta señora para dar sangre de las venas de su brazo... verificaremos la transfusión y verá usted á la enferma resucitar.

Al hablar así, el doctor miraba afanosamente al Marqués, clavándole en el rostro, y mejor aún en el espíritu, sus ojos interrogadores y desengañados de hombre que ha presenciado en este pícaro mundo muchas miserias; y al notar que el Marqués no contestaba y se volvía tan pálido como si ya le estuviesen extrayendo de las venas la sangre que le pedía de limosna el amor, el médico se encogió de hombros murmurando vagamente:

—Pero es difícil... muy difícil. Hay que renunciar á esa esperanza.

En aquel punto mismo se levantó una mujer que permanecía acurrucada á los pies del lecho de la moribunda, y sencillamente, presentando su brazo izquierdo desnudo, blanco, grueso, surcado de venas azules, exclamó:

—Ahí tiene, señor... ahí tiene... Sangre no me falta, y sana estoy como las propias manzanas en el árbol... Ahí tiene, y ojalá que la sangre de una pobre aldeana sirva para resucitar á la señora.

Ni un minuto tardó el doctor en aceptar la oferta de Luisilla. Aplicando la cánula, sangró copiosamente el recio brazo, pues se necesitaba mucha, mucha sangre, setecientos gramos, para reparar las pérdidas sufridas. La muchacha, sonriente, no pestañeaba, repitiendo á cada paso:

—Saque, señor; tengo yo la mar de sangre buena que ofrecer á mi ama.