El Marqués había huído de la habitación. Cuando la sutil jeringuilla empezó á inyectar el precioso licor en el cuerpo de la agonizante, y ésta á notar el calor delicioso que de las venas pasaba al corazón reanimándolo; cuando su rostro de mármol se coloreó y sus ojos se abrieron lentamente, lo primero que buscaron fué al amado, á la mitad de su ser, pues había comprendido al revivir que alguien la daba su sangre en compensación de la que había perdido, y creía que sólo podía ser él, el esposo, el compañero, el adorado, el ídolo de su alma. Y al no encontrarle; al ver á Luisa, á quien vendaban y á quien hacían beber, para reanimarla del desfallecimiento, café puro, la esposa comprendió, y volvió á cerrar los ojos, como si aspirase al desmayo del cual solo se despierta en los brazos de la muerte...

Apenas pudo ponerse en camino, María partió sin más compañera que la aldeanita, cuya humilde sangre llevaba en las venas y á quien debía el existir. Todas las gestiones del Marqués de Alcalá se estrellaron contra la invencible repugnancia, ó más bien el horror de su mujer. Demasiado altiva para buscar consuelo de aquel desengaño, vivió con Luisilla, haciendo caridades y llorando á solas muchas veces,—sobre todo en Pascua de Resurrección, cuando la implacable naturaleza reflorecía.

Consuelo

TEODORO iba á casarse perdidamente enamorado. Su novia y él aprovechaban hasta los segundos para tortolear y apurar esa dulce comunicación que exalta el amor por medio de la esperanza próxima á realizarse. La boda sería en Mayo, si no se atravesaba ningún obstáculo en el camino de la felicidad de los novios. Pero al acercarse la concertada fecha se atravesó uno terrible: Teodoro entró en sorteo de oficiales, y la suerte le fué adversa: le reclamaba la patria.

Ya se sabe lo que ocurre en semejantes ocasiones. La novia sufrió síncopes y ataques de nervios; derramó lágrimas que corrían por sus mejillas frescas, pálidas como hojas de magnolia, ó empapaban el pañolito de encaje; y en los últimos días que Teodoro pudo pasar al lado de su amada, trocáronse juramentos de constancia y se aplazó la dicha para el regreso. Tales fueron los extremos de la novia, que Teodoro marchó con el alma menos triste, regocijado casi por momentos, pues era animoso y no rehuía, ni aun de pensamiento, la aceptación del deber.

Escribió siempre que pudo, y no le faltaron cartas amantes y fervorosas, en contestación á las suyas algo lacónicas, redactadas después de una jornada de horrible fatiga, robando tiempo al descanso, y evitando referir las molestias y las privaciones de la cruel campaña, por no angustiar á la niña ausente. Un amigo á prueba, comisionado para espiar á la novia de Teodoro—no hay hombre que no caiga en estas puerilidades, si se va muy lejos y ama de veras—mandaba noticias de que la muchacha vivía en retraimiento, como una viuda. Al saberlo, Teodoro sentía un gozo que le hacía olvidarse de la ardiente sed, del sol que abrasa, de la fiebre que flota en el aire y de las espinas que desgarran las epidermis.

Cierto día, de espeso matorral salieron algunos disparos al paso de la columna que Teodoro mandaba. Teodoro cerró los ojos y osciló sobre el caballo: le recogieron y trataron de curarle, mientras huía cobardemente el invisible enemigo. Trasladado el herido al hospital, se vió que tenía destrozado el hueso de la pierna,—fractura complicada, gravísima.—El médico dió su fallo: para salvar la vida había que practicar urgentemente la amputación por más arriba de la rótula, advirtiendo que consideraba peligroso dar cloroformo al paciente. Teodoro resistió la operación con los ojos abiertos, y vió cómo el bisturí incindía su piel y resecaba sus músculos, cómo la sierra mordía en el hueso hasta llegar al tuétano, y cómo su pierna derecha, ensangrentada, muerta ya, era llevada á que la enterrasen... Y no exhaló un grito ni un gemido: tan sólo, en el paroxismo del dolor, tronzó con los dientes el cigarro que chupaba.

Según el cirujano, la operación había salido divinamente. No hubo inflamación ni gangrena; cicatrizó bien y pronto, y Teodoro no tardó en ensayar su pierna de palo, una pata vulgar, mientras no podía encargar á Alemania otra, hecha con arreglo á los últimos adelantos...