Al escribir á su novia desde el hospital sólo había hablado de herida, y herida leve. No quería afligirla ni espantarla. Así y todo, lo de la herida alarmó á la muchacha tanto, que sus cartas eran gritos de terror y efusiones de cariño. ¿Por qué no estaba ella allí para asistirle, y acompañarle y endulzar sus torturas? ¿Cómo iba á resistir hasta la carta siguiente, donde él participase su mejoría?
Aquellas páginas tiernas y sencillas, que debían consolar á Teodoro, le causaron, por el contrario, una inquietud profunda. Pensaba á cada instante que iba á regresar, á ver á su adorada, y que ella le vería también... ¡pero cómo! ¡Qué diferencial Ya no era el gallardo oficial de esbelta silueta y andar resuelto y brioso. Era un inválido, un pobrecito inválido, un infeliz inútil. Adiós las marchas, adiós los fogosos caballos, adiós el vals que embriaga, adiós la esgrima que fortalece: tendría que vivir sentado, que pudrirse en la inacción, y que recibir una limosna de amor ó de lástima, otorgada por caridad á su desventura. Y Teodoro, al dar sus primeros pasos apoyado en la muleta, presentía la impresión de su novia cuando él llegase así, cojo y mutilado,—él, el apuesto novio que antes envidiaban las amigas.—Ver la luz de la compasión en unos ojos adorados... ¡qué triste sería, qué triste! Miróse al espejo y comprobó en su rostro las huellas del sufrimiento, y pensó en el ruido seco de la pata de palo sobre las escaleras de la casa de su futura... Con el revés de la mano se arrancó una lágrima de rabia que surgía al canto del lagrimal: pidió papel y pluma, y escribió una breve carta de rompimiento y despedida eterna.
Dos años pasaron. Teodoro había vuelto á la Península, aunque no á la ciudad donde amó y esperó. Por necesidad tuvo que ir á ella pocos días, y aunque evitaba salir á la calle, una tarde encontró de improviso á la que fué su novia y,—sofocado, tembloroso,—se detuvo y la dejó pasar. Iba ella del brazo de un hombre—su marido.—El amputado, repuesto, firme ya sobre su pata hábilmente fabricada en Berlín, maravilla de ortopedia, que disimulaba la cojera y terminaba en brillante bota, notó que el esposo de su amada era ridículamente conformado, muy patituerto, de rodillas huesudas é innoble pie... y una sonrisa de melancólica burla jugó en su semblante grave y varonil.
La novela de Raimundo
¿SUPONÉIS que no hay en mis recuerdos nada dramático, nada que despierte interés, una novela tremenda?—nos dijo casi ofendido el apacible Raimundo Ariza, á quien considerábamos el muchacho más formal de cuantos remojábamos la persona en aquella tranquila playa y nos reuníamos por las tardes á jugar á tanto módico en el Casino.—No pudimos menos de mirar á Raimundo con sorpresa y algo de incredulidad. Sin embargo, Raimundo no era feo: tenía estatura proporcionada, correctas facciones, ojos garzos y dulces, sonrisa simpática y blanca tez; pero su bonita figura destilaba sosería; no había nacido fascinador; parecía formado por la naturaleza para ser á los cuarenta buen padre de familia, y Alcalde de su pueblo.
—Dudamos de tu novela romántica—exclamó al cabo uno de nosotros.
—Pues es de las de patente...—replicó Raimundo.—Hay dos clases de novelas, señores escépticos: las voluntarias y las involuntarias. Las primeras, las buscan por la mano sus héroes. Las otras... se vienen á las manos. De estas fué la mía. A ciertas personas suele decirse que «les sucede todo;» y es porque ellas andan á caza de sucesos... A fe que si se estuviesen quietecitos, las mujeres no se precipitarían á echarles memoriales.
En mi pueblo, como sabéis, no suele haber grandes emociones, y cualquier cosa se vuelve acontecimiento. Todo constituye distracción, rompiendo la monotonía de aquel vivir.—Hará cosa de tres años, en primavera, nos alborotó la llegada de una tribu errante de gitanos ó zíngaros. Plantaron sus negruzcas tiendas y amarraron sus trasijadas monturas en cierto campillo árido, cercano á uno de los barrios en construcción, y formamos costumbre de ir por las tardes á curiosear las fisonomías y los hábitos de tan extraña gente.