El pintor que quisiese trazar una personificación de la dicha pudo tomar á Martina por modelo en aquella época deliciosa en que creía sentir que su sangre circulaba como río de néctar y su corazón se iluminaba como ardiente rubí en la perpetua fiesta de sus esperanzas divinas.
Al ocupar Lorenzo la silla libre al lado de la muchacha, ésta se ponía alternativamente roja y pálida: sus oídos zumbaban, brillaban sus ojos, enfriábanse sus manos de emoción; y á las primeras palabras del capitán, un gozo embriagador fijaba en la boca de Martina una sonrisa como de éxtasis.
Rara vez dejan de provocar envidia estas felicidades, y más cuando no se ocultan, como no ocultaba la suya Martina, que no veía razón para esconder un sentimiento puro y legítimo. Si no fué la envidia, fué la curiosidad la que escudriñó el pasado de Mendoza, como se registra una casa para encontrar un arma oculta y herir con ella. Y averiguóse sin gran esfuerzo—porque casi todo se sabe, aunque se sepa truncado y sin ilación lógica,—que Mendoza, al venirse, había cortado una de esas historias pasionales, borrascosas, largas, complicadas, un imposible adorado y funesto, de esos lazos que obligan á huir á los confines del mundo y que, elásticos á medida de la ausencia, no siempre se rompen por mucho que se estiren. Con la falta de penetración que caracteriza al vulgo, opinaban los curiosos de Marineda que Mendoza habría olvidado inmediatamente á su tirana, la cual, sobre costarle desazones y amarguras sin cuento, ni era niña ni hermosa. Al lado de aquel capullo, de aquella Martina cándida y radiante como un amanecer y que llevaba en sus lindas manos un caudal, ¿qué podía echar de menos el bizarro capitán de artillería?
Así y todo, almas caritativas se deleitaron en enterar de la historia vieja al padre de Martina, seguros de que él, solícito é inquieto, á su hija se lo había de contar. No se equivocaban: una noche, en el paseo del terraplén, á la hora en que la salitrosa brisa del mar refresca el rostro y vigoriza el ánimo, y en que la música militar, sonora y vibrante, cubre la voz y sólo permite el cuchicheo íntimo y dulce de los enamorados, Martina preguntó lealmente, y Lorenzo contestó turbado y sombrío... ¿Quién se lo había dicho?... Tonterías. Eran cosas pasadas, bien pasadas; muertas y bien muertas. Mendoza no comprendía ni por qué las recordaba nadie ni á santo de qué las sacaba á relucir Martina... Y ella, alzando los ojos llenos de lágrimas y relucientes de pasión, sonriendo de aquel modo extático, olvidando el lugar donde se encontraba, murmuró hondamente: «No me he de casar con otro sino contigo, y me parece justo saber si hay algo que lo estorbe». Conmovido, sin darse cuenta de lo que hacía, Mendoza se inclinó, y buscando disimuladamente la mano de la muchacha, y estrechándola con apretón furtivo entre el remolino de los paseantes, que encubre tales expansiones, la murmuró al oído:
—Pues no hay nada... y por mí que sea prontito... ¡Te quiero!
Al acabar la frase Mendoza, Martina se volvió hacia su padre, que venía detrás, exclamando:
—No estoy bien... Llévame á sentarme... ¡El brazo!
Pronto se repuso, porque la alegría puede trastornar, pero hace daño rara vez: y de allí á dos semanas, la boda de Martina y de Mendoza era noticia oficial, y se sabía el encargo del equipo y galas, y se discutía el mobiliario y alojamiento de los novios.
Se fijó la ceremonia para fines de Septiembre. ¿Qué falta hacía esperar? El amor que está en sazón debe cogerse, como la fruta madura. Iban llegando cajones con ropa blanca, trajes de seda, capotitas, estuches de joyas: en la sala de los padres de Martina servía de escaparate ancha mesa; amigas y amigos venían, contemplaban, aprobaban, censuraban y salían contentos, displicentes ó taciturnos, según su carácter más ó menos generoso. Martina, todas las mañanas, arrancaba triunfalmente una hoja del calendario, cortado ya por la fecha de la boda. ¡Qué pocas hojas faltan! ¡Diez... ocho... una semanita no más! Este domingo es el último de soltera... Cuatro días... Mañana... Sí, mañana á las ocho; ahí están el vestido blanco, los guantes blancos, el abanico, el azahar que llegó de Valencia y que embalsama el ambiente. Lorenzo venía por las noches á hacer tertulia á su novia y se mostraba galán, aunque siempre grave.
La víspera de la boda, Martina le esperaba, como de costumbre, en el gabinetillo. La madre, que vigilaba sus coloquios, no creyó que aquella noche fuese preciso hacer centinela: ocupada en quehaceres múltiples, dejó sola á su hija. Y Martina, en vez de alegrarse, sintió de pronto una pena agobiadora, inmensa, una desolación sin límites, un miedo horrible á algo que no se explicaba, ni se fundaba en nada racional. Tardaba ya Mendoza. Sonó la campanilla, y por instinto Martina se lanzó á la escalera. El criado la presentó una carta que acababa de traer «el asistente del señorito». ¡Una carta! Las piernas de Martina parecían de algodón: creyó que nunca podría andar el trecho que separaba la antesala del gabinete. Se acercó á la lámpara, rompió el sobre, leyó... Antes que sus ojos la había leído su corazón, fiel zahorí.